Escribir con las tripas

Un grandísimo amigo y lector impenitente me comentaba hace unos días que el problema de algunos autores era que pretendían marcar estilo, dejar su sello o impronta personal en sus escritos. Para ilustrar su meditada opinión, fruto de absorber todo lo que cae en sus manos, especialmente la novela histórica y la serie negra más hematoide, y de escudriñar semanalmente todos los puestos de la Cuesta del Moyano, para leer un poco más y autoconfirmar su teoría, me ponía dos ejemplos ilustrativos de su teoría: James Ellroy y Philip Kerr
Del primero realza como claro valor literario el hecho de que no tiene ni puta idea de escribir, por lo que sus libros son puro sentimiento y transferencia de biorritmos internos.
Creo que a mi gran amigo voy a mantenerle ignorante de que en realidad a Ellroy le obligaron a reducir su libro L.A. Confidential desde  900 a 600 páginas, por lo que en sus propias palabras, le obligó a quitar las conjunciones y crear el estilo ultradirecto que le ha hecho famoso.
Algo así como transmitirle a tu amada las epístolas de Cyrano de Bergerac en un sms o Whatsapp: “al ppo nnamore dtu jeta y lgo dtu alma”
El segundo es para él la definitiva consagración del escritor total, por el ritmo, la sensibilidad, el repaso histórico riguroso y la crítica costumbrista que refleja en su serie dedicada al detective Bernie Gunther, la conocida como trilogía-tetralogía de Berlín. En este caso, comparto con él muchos de los elogios, aunque de ahí al Nobel, aún le que da un ratillo a Mr. Kerr.
Y todo esto viene al hilo de que cuando me comentaba esta teoría, no pude evitar pensar que esa era la respuesta a muchas de las dudas que me asaltan desde hace tiempo. La idea central es: déjate de convencionalismos, y pon encima de la mesa, y a la vista de todo y de todos, lo que en realidad llevas dentro, los sentimientos más profundos y dolorosos, las pasiones menos reconocidas, las dudas esenciales, y arriésgate a ser querido y odiado, criticado y elogiado, o a lo peor, pasar desapercibido.
Esa revelación, como casi siempre que se me ocurre una nueva genialidad, me produjo el habitual sentimiento de euforia, que me ha permitido pasar los malos momentos, impulsado por una especie de revelación divina omnipotente. Cuando aparece, me encuentro capaz de solventar todas los contratiempos, dificultades y dudas que se me plantean, porque lo veo claro, aunque esté más oscuro que la prima de riesgo española.
Por lo tanto, he decidido comenzar con ese nuevo rumbo, con carácter inmediato.
E inmediatamente he llegado a la conclusión que ni de coña, que eso es muy complicado, que pisaré muchos callos, que tendré que dar muchas explicaciones, que puedo hacer sufrir a los que me quieren, y que probablemente la sinceridad es una virtud sobrevalorada, como ya escribía Oscar Wilde “Un poco de sinceridad es cosa peligrosa; mucha sinceridad es absolutamente fatal”
Así, que en adelante, y si acaso, me sinceraré en este blog de cuando en cuando y utilizando los subterfugios literarios necesarios para que no se me note demasiado.
Y a Ellroy, que le den
  

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One Comment

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  1. Hay cosas que no entiendo. En mi supina ignorancia, siempre me he resistido a calificar el estilo de un autor extranjero al escribir. Si leía sus novelas traducidas, seguramente el ritmo, el lenguaje y la sintaxis estarían absolutamente contaminadas por las manos del traductor. Yo entiendo este tipo de lectura, única y exclusivamente como divertimento o pasatiempo. El tema o el trasfondo del libro puede ser interesante o aburrido, pero si está bien o mal escrito, creo que corresponde sólo a los que son capaces de leerlos en su lengua vernácula los que tienen que juzgarlo. Y como ejemplo: rodaban por mi casa las obras completas de Dostoievski, insigne y prolífico escritor; pues he empezado siete u ocho novelas de él, y la farragosa y alambicada traducción me ha echado hacia atrás en todos los intentos. Por ello y para perfeccionar un poco mi español me decidí, en diferentes etapas de la vida, por leer a escritores en castellano. Empezando por los españoles y continuando con los del otro lado del Atlántico. Reconozco que algunas novelas también tuve que renunciar a su lectura tras el entusiasmo inicial, y siguen siendo mi asignatura pendiente. Lo siento, Cortázar pero tu Rayuela me resulta insoportable, soy un inculto, lo asumo.
    En definitiva, me han divertido las novelas de Stieg Larsson, pero no entro a valorar su estilo, no sé nada de sueco (aunque a veces lo hablo en la intimidad), me lo he pasado bien leyendo a Simenon y su comisario Maigret, y por supuesto he disfrutado con algunas de las novelas de Paul Auster. Creo que son entretenidas, sin más. Y Murakami se me va atascando un poco, tanta flor de loto… No sé. Y llamadme clásico o comodón, pero siempre preferí la Casa del Libro en la Gran Vía a la Cuesta de Moyano, de dudosa reputación en los años 50. De la que se contaba aquella anécdota de que un hombre había ido a calmar sus instintos más bajos a oscuras detrás de las casetas y en plena faena reprochaba a la supuesta compañera alquilada “ay, hija mía, qué manos más ásperas tienes” a lo que la aludida contestaba “sí, señorito es que soy un albañil”

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