Los mejores momentos del día

Ni siquiera sé cómo ha podido ocurrir. Decir que no lo busqué es innecesario. Todos sabéis que no lo hice,. No va con mi carácter, con mi posición, con mi educación. De hecho, no se me ocurre mayor violación de mis posiciones, de mis principios, de mi objetivos e incluso de mis anhelos.
Y yo estaba tranquila. No lo busqué. No lo favorecí, no lo consentí. O al menos eso creo.
Pero sucedió. Y no lo he lamentado ni un segundo. De hecho, no concibo el resto de mi vida sin evocar esos momentos. Esa es la fuerza que me permitirá seguir sin que nadie sepa nunca cómo abandoné todo lo que era.
La lejanía del momento me permite verlo todo más claro, más nítido y más objetivo. Como corresponde. Como se suponía que debía ser. Como nunca más podrá. Yo diría que se alinearon los planetas o sus estelas, o sus estrellas.
Yo estaba en lo de todos los días: los listados, los correos, mi agenda y la de los niños. Las citas con el dentista y las reuniones con el ministro. Y él estaba en lo de todos los días: los cascos, la mochila y el libro del día. Creo que ese día tocaba Nietzsche. En su descargo, su obra más conocida, Zaratrusta. Igual lo leía por gusto, igual por necesidades académicas. Lo cierto es que me fijé en la portada, y mi expresión facial debió ser tan aparatosa que miró por encima de sus lentes John Lennon y dijo: “Sí, un auténtico ladrillo. Pero diferente”
En efecto. Eso mismo pensé yo. Diferente. Este joven es diferente de los de su edad. Es diferente de mis hijos, de los amigos de mis hijos, de otros chicos. No por el físico, que también. Quizá no era el típico chico “mono” No me pareció tampoco que estuviese especialmente musculado. Ni sus ojos…Bueno, ahí me engaño. Sus ojos eran …translúcidos, no, no es esa la palabra. Pero transparentes tampoco. Felinos. Sí pero no. No era un leopardo esperando a una débil gacelilla. De ser algo, sería la débil gacelilla, pero desde luego, no se dejaría comer.
Está bien, en dos palabras no sale. Pero su mirada te marcaba LA línea, la que debería seguirse si querías estar a su lado, suponiendo que te dejase.
Yo supe en ese mismo instante que quería estar a su lado. Pero lo de la línea era excesivo. Yo era la profesional de éxito, la que lo tenía todo. La que se arriesgaba. La línea la debo marcar yo.
Pero él no cedió ni un ápice. Seguramente apreciaba en mí mis mejores cualidades, las que saltaban a la vista y alguna de las ocultas, pero eso no era suficiente. LA línea o nada. Y además, quién te ha invitado. Tienes clase, eres inteligente, seguramente de éxito, pero yo no te he invitado. Has venido porque has querido. Y no te acerques mucho, porque no es lo que yo deseo.
Nuevamente mi expresión me delató. El me dijo ” Puedes dejarme salir? Voy a cambiarme de asiento” Se movió hacia la ventana. Creo que podía observarme desde el reflejo de la misma. Pero no creo que lo hiciera.
Hubiera dejado mi portátil, mi libro, mi agenda y cualquier otra cosa que me hubiera lastrado en la única razón de mi existencia a partir de aquel momento: Seguir LA línea, tan próxima o alejada como él me hubiese tolerado. Pero él no apartó la vista de la ventana.

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