La fe recobrada o como Saulo camino de Damasco


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La fe recobrada o como Saulo camino de Damasco
Lo bueno que tiene escribir para amiguetes y no para el gran público, (aunque las más de 2.000 páginas leídas empiezan a cargarme de responsabilidad literaria), es que hay muchas cosas que uno no precisa aclarar puesto que su público de colegas (en el sentido más popular, porque pocos galenos se tragarían mis escritos) ya comprende que se trata de figuras literarias implícitas.
En el de hoy, por ejemplo, no necesito explicar que “la fe recobrada” no puede ser otra cosa que una herramienta de enriquecimiento narrativo, puesto que no puede recobrarse lo que nunca se ha tenido. Me refiero a un “nunca” adulto, claro, porque los 11 añitos de colegio capuchino dejaron cierta impronta católica, más por atrezzo que por convicción. Pero, en el supuesto caso de que eso haya ocurrido, una vez llegada la madurez, la cosa teológica no pasó del tamiz empírico, y allí se quedó sedimentada inhilo tempore.
Por tanto, si lo de la “fe”, no trata de los problemas del más allá, se puede deducir a la manera presocrática, que ha de ser del más acá.
¿Qué hay en el más acá que pueda o merezca ser recobrado? Pues algo que se ha perdido. Elemental.
Antes de que el lector pierda la paciencia enredado en disquisiciones pseudiofilosóficas, aclaro que no se trata de la juventud, que suponiendo que la haya perdido, difícilmente se puede recobrar, y cuando se intenta, las secuelas en forma de agujetas, resaca o indigestión nos lo recuerdan inmisericordemente. Tampoco he perdido la fe en el sistema financiero, porque mi primer crédito iba al 15,25% y 20 años después estamos en la misma línea y suponiendo que te lo den, por tanto, poca fe he podido perder cuando no la tenía. En los políticos tenía cierta fe, que no he perdido del todo, pero que cada vez me lo ponen más difícil; y encima si lo dices en alto te acribillan. Desde luego, no he perdido ninguno de los valores que conforman mi núcleo duro, mi karma o mi kernel: mi rebeldía, mi inconformismo, mi ambición, mi madridismo, mi heterosexualidad…He de reconocer que en lo futbolístico mi fe en la selección iba decayendo con el paso de los años, pero ya veis como estamos ahora, que no hay quien nos tosa. En el 86 salimos a Cibeles porque llegamos a cuartos (4 goles del buitre en el 5-1 a Dinamarca); Si ahora nos quedamos en cuartos, mandamos a Del Bosque a Salamanca en Autores.
En realidad, lo de la fe recobrada me ha venido a la cabeza tras la concesión del Planeta a Lorenzo Silva. Lo cual no deja de ser en sí mismo una gran pérdida de fe, porque debería ser lo normal que a un gran escritor le otorguen un gran premio. Pero hay que reconocer que últimamente la cosa no iba muy fina. Le han concedido grandes premios literarios a obras cuya característica común es la terracota. ¡Vaya ladrillacos infumables y tostones!
En cambio, Lorenzo Silva tiene una serie de características personales y literarias que le hacen acreedor a este y a cualquiera de los premios literarios que se otorguen. Se trata de un tipo en la mejor época de la vida, con una edad extraordinaria desde el punto de vista físico, psíquico e intelectual. Más me vale, porque es casi de mi quinta. Un pelín más joven, pero eso se arregla con los años. Escribe habitualmente en prensa seleccionando cartas de los lectores, con mucho criterio.
Sus libros abarcan los géneros más dispares, desde la novela policíaca que le ha hecho más conocido por el gran público (Especialmente la serie de Bevilaqua y Chamorro), pasando por epopeyas modernas, como “El angel oculto”, a caballo entre El Llanero Solitario y Cómo vivir sin blanca en París y Londres (una novela de George Orwell de 1933 que con la bendita crisis ha pasado a estar de plena actualidad) y delirantes comedias surrealistas como “La flaqueza del Bolchevique”, pasando por relatos juveniles y libros de difícil clasificación.
Particularmente tengo especial predilección por dos novelas policíacas (como no), con grandes diferencias y grandes similitudes. La primera de ellas, (Noviembre sin violetas) que también es la más antigua y la primera de este autor que cayó en mis manos, es cuestionada por su calidad literaria, en primer lugar por su propio autor. Pero el relato de un vencido que se levanta para intentar compensar su traición personal a un amigo, a riesgo de su propia vida, y lo que es peor, a riesgo de ser arrastrado a la perdición por una “femme fatale”, es emocionante desde el principio hasta el fin de la misma. A lo mejor no es tan buena como otras, pero es una de mis preferidas.
La segunda (La Niebla y la doncella), tiene en común con la primera que el protagonista también es arrastrado a la perdición, pues no hay mayor castigo que traicionarse a sí mismo, con el lógico resultado de arrastrar una severa penitencia hasta el fin de sus días.A diferencia de la anterior, es de una factura impecable, con una trama policíaca muy actual y muy bien desarrollada, con un final impactante y lógico.
Silva nos avisa en ambas obras del peligro aterrador que las mujeres pueden suponer para el hombre corriente, conocimiento del que únicamente uno tiene constancia cuando es padre de una chiquilla. Hasta entonces, solo ha conocido el amor de su madre, absoluto, desinteresado e impagable, y empieza poco a poco a percatarse del amor de su pareja, medido, matizado y duro (salvo en mi caso, que soy enormemente afortunado, por si lo leyera quien ella sabe). Solo cuando se tiene una hija uno se da cuenta de la magnitud de las conexiones neuronales de las féminas, tanto en calidad como en cantidad, y de la infinita capacidad que demuestran para alcanzar el lícito propósito que las trajo a nuestro mundo, que no es otro que el de hacer su santa voluntad desde que se levantan hasta que se acuestan, utilizando la totalidad de armas a su alcance.
Ellas son plenamente capaces de colocar en la termomix la dosis justa de presión (chantaje, vamos), temperatura (lo que viene siendo mala leche), y tiempo (esperan lo que sea necesario con una paciencia que deseperaría a Job) para obtener el máximo rendimiento de cocción (nos reblandecen quería decir)
Cuando observo a mi hija comenzar sus tareas de aproximación, bien sea con las bombas lacrimógenas (venir a ver a papá llorando a moco tendido por vaya vd. a saber qué agravio) o con las de racimo (cabreada en ráfags con el mumdo, profesores, su hermano o Mourinho porque no saca a su idolatrado besugo), doy gracias al cielo por tener una edad en la que estoy preparado para activar a tiempo el escudo antimisiles, infalible en estos casos, que llevo en la cartera del pantalón y que se llama según la época del mes, VISA o American Express.
Es verdad que dicho escudo a veces se tambalea, pero siempre puedo hacer más guardias. Es preferible.
 Y me acuerdo de Lorenzo Silva, cuando escribió “El déspota adolescente”. Un genio.

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