London

“En Londres no hay nada seguro excepto el gasto”, (William Shenstone)

No se  trata que de repente la línea editorial de antoniadis9 se haya decantado por los derroteros de la tradicional guía turística, y tampoco es pretensión del autor enumerar la ingente cantidad de atractivos que puede tener una de las ciudades más interesantes del mundo. Simplemente, se trata de una recopilación de impresiones que en caso de retrasar su transcripción a negro sobre blanco, probablemente perdiera riqueza en el detalle y la vivencia.
Es una ciudad interesante, completa y compleja, aunque es de justicia reconocer que tras su visita siempre queda un regusto agradable, muy similar a estas pequeñas fichas técnicas que podemos apreciar en las etiquetas de los mejores, y a veces en los peores vinos ya sabéis, éstas que al comprar un vino peleón de los que no hubiesen podido competir con el Don Simón de brik, todavía tienes que leer que “se trata de un vino en el que se aprecian los finos sabores del envejecimiento en barrica de roble de primera calidad, con un suave sabor atrufado y con olor de madera en nariz”, cuando lo primero que uno piensa es quién coño tiene la botella de La Casera.
En cambio con London, el último sabor que te queda siempre es agradable, especialmente si no piensas en la pasta que te has gastado. Cuando te preguntan los amigos, lo primero que te viene a la cabeza es un “Bien”, claro, nítido y rotundo, porque realmente lo has pasado bien. A poquitín que te esmeres, es una ciudad en la que pasar unos cuantos días agradables, es el resultado más probable del viaje. Hay que venir muy revenido para volver a casa con mal sabor de boca, aunque siempre existen cosas que a uno le puede molestar en cualquier ciudad del mundo.
En este caso, es perfectamente comprensible que a alguien pueda molestarle la peculiar manera con la que los ingleses torturan un idioma que para cualquier integrante de mi generación etaria española, la que va desde siempre hasta hace unos pocos años, no tenía ningún secreto para cualquiera de nosotros, porque el sistema de aprendizaje que seguimos era poco menos que infalible. Tan es así que muchos colegios ni siquiera se molestaban en enseñarlo, y concentraban sus esfuerzos académicos en el muy complejo idioma (y país, y gente, y todo) francés, con la impecable videncia que todos hemos podido comprobar, la absoluta marginalidad del inglés, idioma residual donde los haya, especialmente tal y como lo destrozan los británicos.
Es especialmente lamentable cómo son incapaces de entender expresiones pronunciadas con la máxima corrección fonética y semántica y extrema riqueza de vocablos, para encima poner expresión de perplejidad y/o de molestia cuando se les envuelve con la bandera de la exquisita corrección gramatical.
Supongo que cada uno podrá aportar su explicación, pero es aún más lamentable que esta manía de destrozar el idioma inglés original de impecable aprendizaje en BUP, se extiende a las generaciones más jóvenes, a las que día sí y día también, debemos invertir ingentes cantidades de tiempo en corregir pronunciaciones y traducciones.
En fin, yo creo que esto tiene poco remedio, y habrá que dejar a los ingleses con sus problemas idiomáticos, porque son excesivamente orgullosos para dejarse ayudar. Lo bueno que tiene Londres es que te apañas muy bien con 2 ó 3 expresiones sencillitas (sorry y excuse me, pronunciése sorry, marcando bien las 2 erres, y “escúseme”, prácticamente como en español, con “ese” en vez de “x”, incluido el acento para que ellos os entiendan fácil, que son muy torpes como os decía) Luego sólo se trata de contestar a la pregunta “card o cash?”, que te permite elegir la forma en la que vas a ser desplumado.
En cambio, es muy loable la costumbre que tienen  de conducir por el lado correcto de la calle, que obviamente es el izquierdo. Bueno, no es un análisis urbanístico ni de seguridad vial, para mí es una simple, sencilla económica y diabólica de evitar los problemas de emigración. Extranjero que llega, extranjero que se llevan por delante en el semáforo inmisericordemente, porque éste, lógicamente como forastero que es, se empeña en buscar el coche asesino justo al otro lado.
Y si no te han atropellado físicamente, te rematan con la pound. La pound en realidad no vale 1,25€, sino que están a la par. Lo que pasa es que si te lo dicen, pues empiezas a echar cuentas y no gastas, porque te percatas que por un café en vaso de cartón te quieren extraer 4 ó 5€. Muy listos. Te bajan el prize y picas como un oriental. Encima te permiten usar la tarjeta hasta para comprar un sugus, por lo que no hay escapatoria alguna.
Aún así, de estas pequeñas artimañas made in UK, mi preferida es lo que llamo el “Trick or Treat museístico” Esta es genial. Resulta que te colocan dos museos normalitos en dos edificios que te mueres, y uno de ellos en pleno Trafalgar Square, lo que viene a ser Sol, pero sin Tio Pepe. Entonces tú entras pensando “verás que sablazo me van a meter” y resulta que es “gratis” Solo cuando llegas a España te das cuenta de la malévola estrategia: Primero, le quitan a todo quisqui los mejores pedruscos y/o vasijas y/o cuadros,…y te hacen ir a verlos allí. Luego te tratan con una deferencia extraordinaria y te hacen pasar por unas magníficas tiendecitas donde cualquier cosita que venden te la llevarías a casa ipso-facto. Luego te meten el hachazo con una amabilidad exquisita y luego la preguntilla a la que hacía referencia “card o cash?” Es fabuloso. Pagar no pagas…a la entrada. El autor, siguiendo los instintos masocas que le acompañan desde pequeñito, ha ido en total 4 veces a cada uno. Y los cabrones renuevan las cositas de las tiendas. Bandidos.
En lo que nos superan ampliamente es en la oferta gastronómica y culinaria. En lugar de acometer los extraordinarios gastos de infraestructura y formación de personal especializado que requiere el noble arte de la hostelería, han encontrado una forma sencilla y cómoda de resolver tamaño problema. Simplemente, en Londres no se puede comer.
Algún purista podría amagar con algún pequeño matiz, “hombre, no es así en todos los sitios”, “encontré una pizzeria en el Soho que no estaba mal”, y cosas así. Pero vamos, apelando al espíritu de síntesis latino, que no se come y punto.
Esto no es tan terrible. Se puede encontrar fácilmente el lado positivo. por ejemplo, adelgazas. O ahorras. O es más sano.
A lo primero, no, una cosa es que no se pueda comer y otra que no haya que nutrirse de alguna forma, y al final lo que te ofrecen no es precisamente hipocalórico.
A lo segundo, ni de coña, recordad los múltiples subterfugios recaudatorios de los que os hablaba antes.
A lo tercero, ni me molesto.
Como comenzaba mi exposición, a la vuelta de London, siempre te queda un regusto agradable. Y a la vista de algunos pequeños matices que he podido comentar, que no criticar, alguien podría pensar que no es así. Nada más lejos de la realidad. Cada vez que voy a Londres vengo más contento que la vez anterior. En parte porque he ido haciendo una labor de proselitismo lingüístico que ha conseguido que poco a poco vayan pronunciando mejor y se adapten progresivamente a mi refinado y exacto acento inglés. Me ha costado, pero vamos progresando. En parte porque como no se por donde van a venir los coches, pues miro a los dos lados y listo. En parte, porque llevo más pasta y me disgusto menos. Y porque no me molesto en intentar comer.
Quizás pueda influir el hecho de que cada vez veo menos lejano el momento en que para los de mi generación, el trayecto Madrid-algún sitio distinto de Madrid pueda empezar a ser algo menos desconocido que hasta ahora. Por desgracia o por suerte.

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