Micro

Al final siempre estaban los mismos. La pareja de jubilados, manos entrelazadas y mirada orgullosa. El que nunca será un ejecutivo exitoso por falta de agresividad. El marido de la frutera, con el cigarro a un lado y los ojos vivos para las juvencitas. El que ya no podemos llamar niño, por razones endocrinas. Y él. Sin ella.
Podrían ser 13 los años. Cada nochebuena, previo a la Misa del Gallo. El futuro no precisa aclaración: como éste, si acaso. Parece que habiendo perdido todo, nada puede ir peor. O no. Sin ella, nada puede mejorar.
El paseo vespertino, la aproximación al parque, el alborozo por casi nada. Las caricias injustificadas, la alegría al llegar. Qué poquito parecía, y cuánto lo extraño ahora. Solo, sin esperanza. En Navidad.

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