El sentido del ridículo

No se si a vosotros os ha pasado alguna vez. Es verdad que se dice de nosotros, los celtíberos residentes en la antaño conocida como “piel de toro”, que poseemos un acusado y probablemente excesivo sentido del ridículo. Quizá sea eso.
Yo lo paso fatal. Cuando das un paso al frente y decides quedarte en paños menores, exponiendo pequeñas parcelas de tu cuore, de tu alma, y te das cuenta que el receptor no solo no se percata de tan difícil proeza, sino que parece aceptarla como un evento cotidiano más, te dan ganas de meterte en el volcán islandés que iniciaba el famoso “Viaje al Centro de la Tierra”, y quedarte por el medio o volver a asomar la cabeza en las Antípodas.
Eso me pasa con determinados lectores de mi blog, que tras haber pasado sus pupilas por el papel, de forma semejante a los folletos del Carrefour, son perfectamente capaces de continuar con sus vidas como si nada hubiese pasado.
No digo yo que por el simple hecho de desgarrar tus entrañas en unas ciberlíneas a la vista de propios y extraños, amigos y lo contrario, desconocidos y muy conocidos, haya que colocarme la alfombra roja cuando vayamos a tomar café, o que se me adjudique algún título nobiliario. Si a todos los bloggeros que hablan de sí mismos hubiera que nobilizarlos, la heráldica sería infinita.
A veces me gustaría hacer caso a los amigos que de forma tan negligente me empujan a trasladar estas líneas a formatos más literariamente convencionales, hasta que analizo sus motivaciones para semejante estímulo, y llego a las siguientes conclusiones:
a/Algunos lo hacen por halagarme, y aunque les estoy eternamente agradecido, bien es sabido que el halago…mola, pero debilita. Estos son los que tiene más nobles motivos, y por tanto, quedan exentos de cualquier tipo de reproche, como es lógico
b/Los que lo hacen para tenerme entretenido en una tarea infinita y sin probabilidades de éxito, con el obvio propósito que entretanto no les de por saco. A éstos, cólera infinita. El problema es distinguirlos de los anteriores, porque los muy ladinos no clarifican sus viles motivaciones, sino que las envuelven en una vistosa aunque perversa capa de coloridos envoltorios.
c/Los que lo hacen por si una carambola del destino me llevase a un insospechado éxito literario o televisivo, que para el caso es lo mismo. Así podrán decir: Yo me bebía con éste hasta el agua de los floreros y podría contar todos sus trapos sucios…a cambio de una exclusiva. A estos últimos, solo se les puede dedicar una tierna e indulgente sonrisa, porque lo llevan claro. Y además es mucho más considerado que los incluidos en el bloque anterior (verdaderos malvados)
En cualquier caso, como ninguno de los incluidos en los anteriores grupos va a tener éxito, básicamente porque me da mucha pereza y porque tengo un acusado sentido del ridículo (véase párrafo 2), sospecho que el trabajo de un novelista, aunque intenso y complejo, puede enmascarar los verdaderos sentimientos de éste, mientras que el bloggero que habla de sí mismo, consciente o inconscientemente, siempre deja a la intemperie parte de su esencia y por tanto, queda en enorme desventaja frente al novelista, que siempre puede escudarse en la consabida fórmula “es simple ficción, no hay nada de mí en el personaje”
Yo lo tengo más difícil. Pero cuando un amigo de los de toda la vida te dice que te lee, las endorfinas rezuman por todos los poros de tu piel, y rentabilizas con creces tu manifiesta vulnerabilidad.
Y el sentido del ridículo sigue estando ahí, pero lo mantienes controlado durante un momentillo. Breve, pero intenso.
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