Un candado en el alma

Hay una cita de Borges que me ha servido como estímulo en aquellas ocasiones en que mi natural pereza me orienta hacia el ocio (la madre de todos los vicios), en lugar de tentarme hacia cosas más productivas, ya sea material o espiritualmente, un suponer que existan. La reseña en cuestión, traducida impecablemente del francés, obviamente no por parte de una servidora, dice lo siguiente: “no busco los temas, los temas me buscan, yo intento detenerlos pero al final ellos me encuentran, entonces hay que escribir para quedarse tranquilo”
Por si no fuera poco, hay algunas ocasiones en las que personas que se supone me aprecian, aportan temas terriblemente interesantes, impactantes y cautivadores, que horadan con facilidad mi tibia disposición hacia el asueto, procurando inmisericordemente la productividad “literaria” a la que antes aludía. Mi numantina resistencia al ridículo de la que he hablado en otras ocasiones, procura plantear diques a tan tentadoras propuestas pero, como ya anticipa Borges, al final hay que escribir para quedarse tranquilo.
Así estaba yo, más tranquilo que Amancio Ortega pagando con VISA, cuando un tema irrumpió como elefante en cacharrería para agitar mi cimentada timidez literaria y obligarme sin piedad a bosquejar una nueva entrada de blog, una nueva oportunidad para la exposición pública.
Pero es que era inevitable. La historia es tan bonita que lo único que podía evitar escribirla es el miedo a no poder o saber estar a la altura de la misma. Pero la natural indulgencia del extraordinario protagonista de la historia y de los lectores de antoniadis9.blogspot.com, me tranquilizan enormemente. Así que, cuidadito con las críticas que soy muy sensible.
Cuando escuché el relato, aderezado por la emoción, pero suavizado por el tiempo, solo podía pensar en la novedosa costumbre de colocar candados en los puentes, por parte de las parejas de enamorados. 

A veces con frases amorosas, otras desnudos. Al parecer, la costumbre proviene de la novela de Federico Moccia “Tengo ganas de ti”, donde el protagonista se inventa la leyenda de que los enamorados colocan un candado y arrojan la llave al Río Tiber. Lo cierto es que la costumbre ha arraigado y se pueden observar candados colocados en los puentes de muchas ciudades del mundo, perdurando en muchas ocasiones por encima de los sentimientos que allí los situaron.

No estoy seguro de cuál fue la razón exacta que me hizo pensar en los candados, pudo ser la ubicación geográfica de parte de la historia, o quizá el uso alternativo reparador que a veces se puede hacer de los candados, incluso la posibilidad de que el candado abra o cierre sentimientos en función del giro de la llave. Lo cierto es que mientras escuchaba al narrador, yo estaba pensaba en los candados; y siguiendo el símil, voy a tornar la llave y abrir la historia, tal y como a mí me la contó uno de los protagonistas.
“Aunque tú y yo no nos conocemos desde hace tanto tiempo, estoy seguro de que al igual que me pasa a mí, percibes una inequívoca senda de comunicación entre ambos. Nuestros países y nuestras culturas no son tan diferentes. Tenemos más o menos la misma edad y una visión del mundo parecida. Creo no equivocarme si te digo que tú puedes comprender mejor que otros cómo esta historia marcó el resto de mi vida.
Creo que tendría 38-39 años por entonces. ¡Qué te voy a contar! Una edad propicia para la reflexión, el repaso, el afloramiento de inseguridades y la necesidad de autoafirmación juvenil. Seguramente fue esto último lo que me llevó a emprender un viaje a tu país, del que nunca podría haber sospechado que condicionara mi vida. El planteamiento no podría haber sido más inofensivo. Unos amigos, unas mochilas, unas birras, unas risas, otras gentes, quizá otras chicas, pero sin especiales complicaciones.
De hecho todo funcionaba a la perfección: quizá las birras más de las pensadas y las chicas menos de las previstas. En fin, sin grandes estropicios ni grandes festejos. Probablemente por eso, inicialmente no me di ni cuenta; estaría anestesiado… no, no, quizá más apropiado decir sedado, consciente pero cognitivamente a medio gas. Es decir, me daba cuenta de su presencia, pero no percibía su avance.
Claro, como para no notar su presencia. Estatura ibérica, cabellos marrones rizados, piel de 18 años mal contados. Como casi siempre, no me avergüenza reconocerlo, recuerdo que comencé el escaneo en dirección caudo-craneal. O sea, de abajo arriba. Tú me entiendes. Y más con una niña de 18. Si luego el rostro la acompaña, pues a  más a más.
Sin duda ese fue el error. Que me atreví a enfocarla directamente pupila a pupila. Sin protección, a ojos desnudos. Y el resultado ya lo puedes imaginar. No recuerdo donde sucedió, ni cuando, ni si fue en esta u otra dimensión. Por supuesto, nada de eso tuvo la menor importancia posteriormente, pero a fe mía que la bruja divina que residía por detrás del ámbar de sus ojos, debió de aprovechar algún descuido mío para derramar un bebedizo mágico en la lata de cerveza. Eso pudo ocurrir.
Pues el puñetero brebaje, fuera el que fuese, demostró una vida media verdaderamente prolongada, puesto que los efectos, lejos de amortiguarse con el tiempo, fueron potenciándose de forma exponencial. De tal forma que olvidé los colegas, las mochilas, las chicas y las birras, probablemente en ese mismo orden. Lo único que tenía importancia era ella. Yo sentía que se adueñaba de mi presencia, de mi ser y de mi alma.
Mientras el itinerario se iba consumiendo, mi felicidad iba in crescendo, pero a un ritmo menor que el de mi preocupación:
  1. Cómo me puedo explicar a mí mismo que estoy colado hasta el tuétano por una niña de 18 años que vive a unos 2.000 km. En millas algo menos, eso sí. Seamos positivos
  2. En el supuesto caso de que me reúna conmigo mismo y lleguemos los dos a algún tipo de conclusión…¿Esto cómo se hace?
  3. Aún suponiendo que de mi reunión se deduzca cómo se hace…¿Cómo se lo explico a ella?
  4. Y cuando se lo explique y me mande a hacer puñetas, porque es el único resultado posible…¿Cómo voy a poder sobrevivir?
Pues así iban pasando los días. Dichoso por el día y hundido por la noche. Progresivamente dejé de pensar en ello y asumí como inevitable el único de los finales posibles de esta historia. Claro que manejaba la posibilidad de un milagro, algún hecho o reflexión que me permitiese resolver el acertijo. Solo yo podía hacerlo, porque hay cosas que debemos resolver los hombres. Así de idiotas somos a veces. Pensamos que podemos organizar una tremolina vital y sentimental, y que eso puede tener arreglo de forma mágica, aplicando el sentido común, cuándo la única forma en que podría haber una solución sería precisamente olvidarse de cualquier reflexión lógica y aplicar la anarquía del cuore.
Esta última idea consiguió abrirse paso en mi mente, de la misma forma que Moisés abrió las aguas del Nilo. A lo bestia, quería decir. Sin reflexión ni análisis. Probablemente él tuviese alguna ventajilla por el enchufe con el de arriba. Pero a bruto no iba a ganarme. Eso seguro.
Y ya, llegado el momento, decidí explicarle mi genial plan. Sencillo, sólido y directo. Ella se venía conmigo, retomaba sus estudios en mi país, se venía a mi casa y yo la mantendría. Se lo explicamos a mis padres, a los suyos, y como somos mayores de edad, pues problema ninguno. Quizá algo de jaleíllo, pero todo resoluble, ya que estábamos enamorados.
No se si me dejó terminar por pena o por vergüenza ajena. Pero su expresión al finalizar la exposición era una mezcla de reproche y ternura infinita. Ahí me dí cuenta de que el plan pudiere no ser tan perfecto.
Ella expuso todas las alegaciones lógicas y alguna más juvenil. Pero todas ellas demoledoras. Aquello de la distancia, las familias, su juventud, mi madurez. También aquello de los aspectos más prácticos, idioma, culturas, carrera profesional, dinero, estudios. Y los de fondo. Esos sí que me dejaron tocado. Me quería como a nadie, pero a nadie había querido. Cómo podría estar segura. 
Como única alternativa me dejaba el premio de consolación. Nos vamos cada uno a nuestras vidas y nos mantenemos en contacto, y luego Dios dirá.
Seguramente me impactó más su seguridad y su sentido común que la propia decisión, que era la única posible como yo bien sabía. Y no tuve más remedio que claudicar. Y seguir con mi vida.
Por supuesto que mantuve el contacto, fui a verla y utilicé todos los medios para convencerla. Regalos, poesías, besos y mimos. Y todos fueron aceptados. Pero no sirvieron para conseguir mi salvación. De hecho es posible que el objetivo final no fuese únicamente pasar cada minuto de mi vida con ella. Probablemente quería salvar cada minuto de la mía, al darle un objetivo y propósito.
Aunque nunca dejé de intentarlo, mis recordatorios o felicitaciones (navidades, acontecimientos lúdicos o relevantes), no he tenido más remedio que reorientar mi existencia. Sin duda se trata de una segunda vida, que no es la que hubiese deseado, probablemente es una dimensión paralela. Pero una vez asumido este hecho, lo cierto es que no está tan mal. Me acompañan, me quieren. El escenario geográfico no es el previsto, nada más distinto. Ella tampoco se parece. La una te hipnotiza con sus ojazos y la otra te deslumbra con su palidez. Otra belleza. Más serena o crepuscular, según el punto de vista. Yo, más sereno o crepuscular. O maduro. O senil, según el punto de vista.
Y por ahí andaba yo, asumiendo mi existencia deportivamente, cuando me llegó el bombazo. Supongo que la sensación podría ser asimilable a que te toque la lotería, pero el décimo haya caducado. Te das de cabezazos, te deprime no poder disfrutar del premio pero en realidad, la lotería te tocó. 
Algo así, elevado al enésimo factorial, debí de percibir cuando hace pocas fechas recibo una carta con sello de mi país, remitida por mi gran amigo. La abrí sin grandes precauciones y con una sonrisa en la boca. Mi amigo siempre me ponía al día de nuestras cosas comunes y se había erigido en el cronista de lo que pasaba en mi país, al estar yo tan distanciado.
Al desenvolver la primera capa, detecté que algo no iba bien. Una escueta nota en nuestro común idioma daba paso a un segundo sobre, con un sello mucho más desconocido. La caligrafía del mismo se anunciaba en alguna recóndita neurona. Era de ella.
Y si era de ella, nada bueno podría presagiar. Algún problema de salud, fallecimiento familiar, qué se yo. Cualquier cosa menos lo que leí a continuación.
“Caro:
Lo he pensado mucho antes de escribir estas letras. Probablemente sea muy egoísta, ya que al hacerlo he conseguido ponerme en paz conmigo misma, pero desconozco cuál puede ser el efecto que cause en tí.
Aún así, creo que tienes derecho a saber que te he querido durante todos estos años, y que en mi vida alternativa, no ha podido más que afianzarse diariamente esa convicción.
Solo la existencia de mis hijos ha impedido que tomase el avión en múltiples ocasiones. De hecho, cuando aún no estaban conmigo, lo hice.
Tú no lo sabes pero estuve en tu barrio y en tu calle. Mi maleta y yo, iba bien acompañada. Y decidida. 
Pero en el último momento, mi maleta y yo salimos de tu calle y de tu barrio y volvimos al aeropuerto.
Solo quiero que lo sepas. Lo que pudo haber sido y no quise que fuera. Por miedo. No hubo otra razón. 
Si te lo cuento ahora es porque se que no corro riesgos. Nada puede cambiar ya. 
Tuya”
Hay personas que nunca han conocido la tristeza, por unas u otras razones. O han utilizado la palabra de forma inapropiada. Solo debería emplearse ese término cuando una persona cabal, como por ejemplo yo, percibe que el mundo deja de existir porque no hay razones para ello. Eso es la tristeza. Solo estás tú y tu dolor.
Lo que ella no sabe es que lejos de su falsa sensación de seguridad, corrió verdadero peligro. No estuve tan lejos de liquidar mi existencia cotidiana, preparar una mochila como entonces, y reemprender el camino de vuelta al Nilo, con o sin Moisés.
Pero además de las múltiples alegaciones lógicas y prácticas, estaban las de fondo. Que me dejaron tocado.  
La razón de fondo era que el que tenía miedo era yo. Miedo de perder mi seguridad y mi tranquilidad. Miedo de volver a sufrir. Miedo al propio miedo.
Entonces rescaté el plan alternativo. Mantendríamos el contacto, felicitaciones lúdicas y sociales. Quizá alguna foto o video. Y muchas millas de por medio.”

Cuando terminó de contarme la historia me preguntó si había sido cobarde. Creo que nadie podría alegar falta de valentía ni de arrojo. Sobre todo si son de mi edad, que ya estamos para pocos experimentos.
Es lo que se suele decir en ocasiones. “Ha sido una pena” Y después, a cerrar el candado y a seguir viviendo. Eso sí que requiere valentía.

Regreso al futuro II
—Es cierto Doc, 12 de noviembre de 1955. 
—Increíble, podría significar esto, que el punto en el tiempo contiene intrínsecamente el significado cósmico de algún tipo. Casi como si fueran el punto de empalme para a quien corresponda su espacio-tiempo. Por otro lado, puede ser una coincidencia asombrosa. 

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6 Comments

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  1. ese Federico no sabe cuantas fuentes ha arruinado…o si? Supongo que el no tiene la culpa del sentido literal de sus palabras, o si?

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  2. deja deseos de saber mas de la historia muy buen desarrollo que te atrapa hasta el final , me gusto particularmente, muy buena

    Le gusta a 1 persona

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