Vacaciones en el mar

Jugando una vez más con la equívoca dualidad del título, he de decir que no me refiero (en esta ocasión) a la mítica serie setentera (acojona pensar que la haya visto, y aún más que la recuerde con este detalle) protagonizada por el gran actor Gavin McLeod, o Capitán Merrill Stubing, como probablemente pasará a la historia, a pesar de haber participado en películas tan importantes y conocidas como “El guateque” o la menos conocida pero enormemente entretenida “Operación Pacífico”
En este caso se trata de que unos amigos me han pedido asesoramiento para elegir un crucerito veraniego,  y aquí me encuentro en la necesidad de actualizar mis conocimientos al respecto, considerando que mi última experiencia al respecto es de septiembre de 2011, y dado que voy a tener que explicarles con cierto detalle los pormenores de la cosa marítima, pues he pensado que casi lo escribo para el blog y mato dos pájaros de un tiro: Por un lado cumplo con los lectores, proporcionando una objetiva y pormenorizada descripción de estos viajes, por si alguno se apunta, y por otro que en vez de contárselo a esta buena gente, pues se lo imprimo y me ahorro la perorata.
Como alguno sabéis, mi experiencia con los buques (vamos a ir introduciendo conceptos técnicos), se remonta a 1996, cuando comencé a prestar mis servicios profesionales en una afamada compañía naviera nacional, que me contrató para intentar que alguno de sus trabajadores de flota (porque en un buque de esa época, había de todo, camareros, barman, cocineros,…incluso marineros) tuviera a bien embarcar en algún momento, entre periodo de baja médica y fiestas patronales, cuando les viniese bien hacer un huequecillo. Por aquello de que son marinos y cobraban, más que nada.
Mi debut no pudo ser más afortunado, porque a las 2 horas de ser presentado en la sociedad marineril, me cité a la salida con uno de los sindicalistas más moderados de la sala, como comprobé unos añitos después. Y todo porque me daba la impresión de que igual no era una gran idea que pudiesen beber a bordo cuanto les diese la real gana; también es cierto que en cuanto se veía a uno ligeramente sobrepasado por los efluvios enólicos, se les sancionaba severamente a ir a su camarote a dormirla.
Fue en esa época cuando pude ir captando que lo de la vida a bordo del barco tenía su encanto, y hasta llegué a ser oficialmente médico del buque Juan J. Sister durante una travesía Cádiz-Canarias. Allí me enseñaron que lo que pasa en el barco, allí se queda y nadie lo cuenta, como una regla inamovible y tradicional desde Magallanes por lo menos. Y allí también me informé que en realidad eran un hatajo de trileros, mentirosos y porteras, y cascaban todo lo que pudiera tener un mínimo interés morboso, probablemente porque a Magallanes no parecía que fuera a importarle en exceso.
Claro que de mis periplos laborales en los buques, a la experiencia lúdica cruceril, hay un abismo, se mire como se mire, y puedo decir honradamente que la actual explosión del crucero como lugar de vacaciones es una lógica consecuencia de la transmisión de las excelentes sensaciones con las que uno regresa a puerto tras haber pasado una semanita embarcado.
Se puede decir (sin tener la sensación de estar exagerando en exceso), que es una de las formas cuasi-garantizadas de disfrutar y tener la sensación de estar utilizando correctamente la pasta que te dejas, porque dejártela, te la dejas, que ya se encargan ellos de eso de una forma enormemente profesional y sigilosa.
Desde luego que animo a estos amigos y a todos los que me pregunten a disfrutar de la experiencia, si es que queda alguien que no haya ido todavía, que parece que muchos no son. Se trata de una industria que está diseñada y concebida con el único propósito de que uno se lo pase bien, y a fe que lo consiguen.
Solo hay una forma segura de embarcar en un crucero y ser capaz de no pasártelo en grande desde el primer día hasta el último: Ir “de intelectual”
El primero de los cruceros en los que embarcamos salía desde Atenas, por lo que ya en el avión desde Madrid podías ir confraternizando con los futuros compañeros cruceristas.
Gracias a la capacidad empática imbatible de mi hijo Pablo, pudimos ir relacionándonos con un encantador matrimonio valenciano, con el que trabamos cierta relación. Parece que él venía de una negativa experiencia laboral con invitación a la jubilación, tras más de 25 años en la misma compañía.
Yo diría que a este buen señor, le apetecía ir a un crucero más menos como a mí pasar la noche en un tablao flamenco, pero las presiones familiares le colocaron en el buque como le podían haber colocado en un alojamiento rural de las Alpujarras granadinas.
Lo cierto es que la enorme riqueza cultural y recreativa del crucero consiguió relajarle e integrarle en el lúdico concepto del viaje. Y así, de entre todas las opciones de diversión que presentaba el buque, con esa noble inquietud cultural que es inherente a muchos jubilados que no han tenido tiempo para cultivarse culturalmente por su intensa actividad laboral y familiar, decidió hacer focus (como dicen los pijos tras pasar por el MBA o leerse el Expansión) en la rica variedad coctelera que se ofertaba en el bar de la piscina. Resumiendo, que se tomó el primer mojito y ya no frenó hasta llegar a Venecia. Como encima era barra libre, el hombre invitaba con denuedo a acompañarle en su exploración coctelera internacional.
Yo siempre aconsejo a los amiguetes que se plantean subir al crucero, que el método idóneo para hacerlo es llevar la boina bien enroscada. Que toca bingo, pues a marcar los cartones como si fueras James Bond en el Casino de Montecarlo. ¿Aerobic en la cubierta? Pues mallas fosforito y a sudar como un campeón. ¿Espectáculo nocturno? Pues a primera fila y a aplaudir hasta llegar al límite de la fractura. ¿Que te saca el humorista al escenario y te vacila? Pues te destornillas ostensiblemente y listo.
Lo que no se puede hacer en estos viajes es andar con el sentido del ridículo desplegado, porque para eso te vas a la Opera. Estos viajes son para pasarlo bien porque ellos se encargan de eso, mientras que tú no se lo pongas difícil.
Y ya que pagas, no te empeñes en aguarte la fiesta a tí mismo con agua salada.
Y el que lo prueba, repite seguro

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