Bipolar

No son pocas las veces que me he reído interior y exteriormente de las frases pedantes, rimbombantes y probablemente carentes de contenido con las que nos suelen deleitar algunas de las rutilantes estrellas del firmamento literario (he picado, mira que ha quedado pedante)
De entre ellas, mi preferida es “me encontraba en un  vacío creativo…que duró n lustros…”
Siempre he reflexionado acerca de esos vacíos creativos, y siempre he llegado a la conclusión de que el vacío era más de ganas que de inspiración, y más de actitud que de creatividad.
Y en estas que yo mismo me encuentro en un …socavón creativo de agárrate y no te menees, y pensando “mira que si fuese cierto lo del vacío creativo”, y planteándome seriamente pedir disculpas a distancias a los ofendidos, cuando una sencilla conversación con una experta profesional socio-sanitaria, me sacó de dicho barranco imaginativo.
En dicha conversación, se destacaba la importancia de la creatividad, la riqueza de vocablos y la empatía a la hora de afrontar las evidentes diferencias semánticas y gramaticales que se producen entre los profesionales y los usuarios de las nobles artes sanitarias.
No es la primera vez que los duelos gramaticales entre profesionales y los que esgrimen la tarjeta sanitaria son motivo o inspiración para uno de mis escritos (véase “El derrape cerebral”), pero no podía por menos que compartir con los lectores de antoniadis9, todos ellos ávidos de información sanitaria rigurosa y veraz, los pequeños desencuentros semánticos enfermero-enfermado, con el inocente fin de confeccionar paulatinamente un modesto diccionario español-paciente, paciente-español.
La usuaria en cuestión, perpleja antes las oscilaciones aparentemente injustificadas de su tensión arterial, decidió que su particular situación debía merecer alguno de esos términos extraños con los que los sanitarios suelen clasificar a casi todas las cosas que le pasan a uno.
Descartado que ella pudiese ser “hipertensa”, porque sus 84 años anteriores tenía la máxima en 9,5, y mucho menos eso de la hipertensión esencial, porque en su caso, no era “esencial”, sino más bien anecdótica, decidió que el término médico que mejor le encajaba era “bipolar”, ya que unos días tenía la tensión normal, y otras la tenía alta.
Bipolar me he quedado yo cuando mi fuente me ha contado el episodio, porque no sabía si echarme a reír o salir corriendo a escribirlo, no se me fuese a olvidar. Y no ha sido el único equívoco, el otro me lo dejo para otra entrada.
Luego he pensado que la paciente podía tener algo de razón, ya que los factores emocionales influyen en las cifras tensionales, y si uno se encuentra en posición de “polo negativo”, igual la tiene más alta y a la inversa. A ver si se refería a eso, aunque lo veo poco probable.
Lo cierto es que esa “bipolaridad” ha conseguido sacarme del abismo creativo, y hete aquí que me encuentro aporreando la tecla, con una agilidad y entusiasmo que no tenía hace unas semanas. Así que mi respeto y agradecimiento a la paciente y mi gratitud literaria y mi corazón al completo, con sus aurículas, sus ventrículos y el resto de sus cosillas, a mi fuente. Y que me cuente muchos más.
Y yo, probablemente bipolar desde hace algunas semanas, me he enganchado definitivamente al polo positivo, reconociendo que el otro tiene fuerza suficiente para llevarme al lado oscuro en cualquier momento. En parte será por los que me rodean, que me merecen aún más positivo. En parte por el deseo de ser y estar positivo, en parte por las sorpresas auxiliares de la vida, bipolares normalmente, y muy probablemente por las fechas navideñas a las que nos aproximamos y que, en contra de la corriente general, a mí me arrastran definitivamente al tradicional optimismo que últimamente estaba perdiendo. Es que veo el espumillón y no se si liarlo o inhalarlo, pero me eleva a los ochomiles de un único empujón. (véase “wiwichu”)
Otro día os cuento la otra perla idiomática, que no tiene desperdicio. Ahora me pongo a preparar el tradicional viaje navideño a Londres, que como sabéis “En Londres no hay nada seguro excepto el gasto”, (William Shenstone)

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