De aquellas catas, estos caldos

Estimulado por la explosiva mezcla de mi optimismo incurable, y los matices navideños que suelen presidir mis actos y pensamientos, propuse incorporar a los habituales ritos de estas fechas una nueva conmemoración, con la respetable esperanza de que pasase a ser considerada una nueva tradición familiar.

Por supuesto he contemplado una amplia gama de posibles opciones, desde el puenting hasta el balconing, pasando por el piercing y el relaxing cup of cafe con leche. Descartadas unas opciones por canguelo (puenting y balconing), por edad (piercing) y por el sentido del ridículo (el relaxing lo que sea), fui afianzando mi propuesta hacia áreas de conocimiento más útiles e innovadoras, como la ecología. Perdón, quería decir la enología. Es igual, nadie me hubiese creído.

No voy a aprovechar estas líneas para hacer una apología del vino, primero porque no hace falta y segundo porque no estoy tan versado en dicha materia. Sí que me ha sorprendido saber que la primera borrachera documentada de la historia se produjo en 8.000 AC, máxime si consideramos que fue el propio fabricante el que se pilló la cogorza con su propio vino. Parece que ese episodio histórico se produjo en el Monte Ararat; Hay que darse cuenta que la colina esa tiene más de 5.000 metros de altura y que debe hacer una rasca notable, lo que podría justificar que uno se plimpe su vino, y cualquier otra cosa.

De hecho, ya que ese primer fabricante vitivinícola parece que fue el propio Noé, el del arca (que en aquel entonces no estaba perdida), puede explicarse mucho más fácilmente el hecho de que se dedicara a emparejar animalitos. No te digo lo que hubiese podido hacer con un peta.
En fin, una vez tomada la decisión de elegir un festivo acto de cata vitivinícola como aspirante a nueva tradición navideña, procedo a comunicárselo a los elegidos, y propongo que de ese democrático Tribunal, se decidan los caldos que se ofertarán en la mesa navideña. Como se decide entre varios, las críticas pueden repartirse de forma alícuota lineal y no cronológica, con lo que salgo ganando de calle.

Una vez realizada la convocatoria formal, pasa a debatirse al respecto del lugar seleccionado para la cata, y por abrumadora mayoría se decide una comarca y municipio, de histórica tradición vitivinícola como Alcobendas. ¡ Qué mejor ubicación!
En cuanto a la taberna en cuestión, podemos describirla fácilmente diciendo que se parece a la bodega de la que hablaba en Molina, como un huevo a una castaña. Se trata de un honrado establecimiento de unos 6 meses de antigüedad tirando por lo alto, y con extraordinarias vistas a …nada.

El mesonero jefe, un corpulento treintañero, con impecable delantal y camisa fúnebres. La concurrencia, escasa. Y todo ello un viernes a la hora de comer. Añadamos que las dos terceras partes del jurado habían comenzado bebiendo coca cola (la división de seguridad) y una Heineken (El área comercial), y la previsión de desastre absoluto de la nueva iniciativa navideña, planeaba en vuelo rasante por encima de nuestras cabezas.

Una vez que me incorporo al mesón, procedo a dar por iniciado el concurso, solicitando del sumiller (y camarero y lavaplatos y contable y lo que sea), sendas copas de vino para los miembros del jurado, donde yo asumía el área sanitaria, por razones obvias y porque de vinos, entiendo lo justito.

En honor a la verdad, sabíamos que había vino porque lo anunciaba en internet, pero botellas se veían poquitas. El mesonero nos miró un poco extrañado y tras reiterar nuestra petición, se atrevió a proponer el primero de los caldos objeto de cata, recayendo la elección en un vino titulado Garnachas de España, y con una emotiva historia sobre la defensa a ultranza de unas vides centenarias riojanas, que iban a ser objeto de troceado para asar chuletas u otro noble destino similar.

Al ser el primero, y nosotros generosos cristianos, y también que el vino estaba bueno de narices ( y de paladar y de gusto en boca y de todo), inmediatamente decidimos incorporarlo a la zona de pre-envasado más próxima es decir, en la barra, y a nuestra vera. Estaba un pelín solitario y solicitamos otra unidad que le sirviese de escolta.

Aquí se produjo el primer resbalón de la cata, porque el mesonero, al ver que sus propuestas se aceptaban por unanimidad y con mucho entusiasmo, se vino arriba, se apalancó en el cuadrante G3 de la barra (o sea el nuestro), y procedió a realizar una defensa beligerante de los Vinos de Toro frente a la popular creencia de que son unos vinos recios, para hombres y que deben ser servidos con cuchillo y tenedor, lo que dicho sea de paso es una verdad como un templo. Le escuchamos cortesmente, nos plimpamos la copa, para que no se dijera y porque a eso íbamos, y le pedimos otra copa, sin invitar a la botella a pasar al área de expedición.

Lo cierto es que ese pequeño resbalón no consiguió entristecer al sumiller, que decidió pasar a una ofensiva total exponiendo a un par de excelentes caldos, Eñe y El buen ebanista, a la durísima crítica del Jurado, que todo sea dicho , fue debidamente sobornado por un Queso extraordinario y unas sardinillas de la Pobla do Caramiñal, que pudieron haber suavizado su reconocido espíritu crítico.

Imprescindible mencionar la notable diferencia entre el envejecimiento en barrica de roble francés y americano. No me enteré muy bien de los aspectos técnicos, pero parece ser que el roble francés es mucho más caro con lo cual, entre que es francés y que es caro, parece obvio que la próxima barrica será americana, y será en otra vida.

Como decía Laín Entralgo, el que solo sabe de Medicina, ni de Medicina sabe. Y completamos la jornada docente con unos relevantes conocimientos geográfico-geológicos, al respecto del Moncayo y de la influencia de la composición del terreno en las características del vino. Considerando que yo del Moncayo solo sabía que debe hacer un frío importante, parecido al de la colina de Noé, ampliamos de forma inesperada mis conocimientos de EGB.

Lo demás, es muy previsible; El sumiller a punto de cantar el Asturias Patria Querida, sin llegar a probar una copa, y ya un amigo para toda la vida. La VISA encantada de ser aireada

y el Jurado, sobornado pero contento. En cuanto a los caldos, prestos a ser degustados con el fun fun fun, que ese será otro relato.

Lo cierto es que para ser una iniciativa espontánea y novedosa, no digo yo que no seamos capaces de repetirla el año que viene, puesto que la experiencia fue cálida, agradable y aceptablemente cara. Vale que hay tradiciones y tradiciones, y que esta no es muy religiosa (más bien pagana), pero mejor que el Halloween, fijo.

Y lo pasamos de coña, que es lo más importante.

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One Comment

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  1. Este jurado compuesto por Dr. Mengele, Rigoberto Picaporte y el Duque de Ahumada no lo veo muy versado en mostos fermentados, aunque seguramente acabó “muy puesto”. La próxima ocasión avisad a un experto en caldos rojos cuyo padre decía que “el vino no le gustaba; le encataba”

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