El Sistema Métrico Vital

Una vez asimilado con deportividad que hace unos pocos días me cayeron los 50 (véase Cincuentones), y habiéndome resistido a realizar un balance global de la ingente cantidad de meses por las que uno ha pasado, muy probablemente por el pánico que me produce, he decidido proponer un sistema de valoración personal e intransferible, y que tiene como truco la enorme subjetividad e imperfección del mismo, terrenos en los que me muevo como pez en el agua.
Simultáneamente he tomado la irreversible decisión de abandonar  para esta entrada del blog ese deje irónico-sarcástico-que pretende ser un poco Larra, pero que no se acerca ni de lejos, para abordar el tema con enorme seriedad y trascendencia. Pero como uno se debe a su público, que estoy seguro de que no me quieren ver sufrir escribiendo cosas trascendentales, pues he decidido revertir la irreversible decisión. Es lo bueno de tener un blog, que escribes lo que te da la gana y te contradices de la misma manera. Ya lo decía Ortega, «Yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo» Por tanto, “circunstancialmente”, voy a pasar de mí mismo y hacer caso a los lectores. De nada.
En realidad, este sistema que propongo, no es estrictamente novedoso. De hecho, la historia de una civilización, de un país, de un colectivo, de una ciudad, puede estudiarse de muchas maneras, todas ellas válidas, esencialmente porque no hay manera de enterarse qué pasó en realidad. Desde muy pequeño, siempre he intentado llegar a la esencia de una realidad histórica, preguntando a mi padre quiénes eran los buenos y quiénes los malos, y observando las enormes dificultades que suponían  contestar a una pregunta aparentemente sencilla. En el último libro que estoy leyendo “1914, el año de la catástrofe”, que trata sobre la 1ª Guerra Mundial, ofrece un sistema de análisis que encuentro muy interesante. Independientemente del rigor técnico con el que aborda el problema, es capaz de apuntalar las tesis con muestras de correspondencia personales de gentes de a pie, artículos periodísticos y por supuesto con documentos oficiales.
A través de este sistema, encontramos dos formas diferentes de entender un/unos sucesos; De un lado, la perspectiva individual de cada uno de los afectados, que las más de las veces nos permite observar puntos de vista totalmente discrepantes sobre unos hechos aparentemente objetivos. Por otro lado, la utilización de escritos que reflejan sentimientos personales, y por tanto, válidos en aquel momento y en aquella hora, nos permite vislumbrar la cuasi certeza de que las cosas, los hechos, los sentimientos y las valoraciones, son terriblemente subjetivas y enormemente cambiantes, según el día , la hora y el minuto en el que nos encontremos sumergidos.
Aprovechando esta lectura, cuyo objetivo es revivir experiencias humanas, y desde ahí , intentar reconstruir la historia, es cuando me he permitido exponer un método alternativo de valoración de experiencias, al que modestamente he denominado el Sistema Métrico Vital.
Podía haber elegido como nombre el Sistema Anglosajón Vital, pero si en el caso de las medidas o la circulación de vehículos, es tan profundamente equivocado, me ha parecido un riesgo innecesario aplicarlo a la vida de un individuo, por razones de fácil comprensión: la vida es lo suficientemente compleja como para llevarla por el lado izquierdo.
¿En qué consiste este sistema?  Muy sencillo. Digamos que alguien tiene que realizar una valoración sobre un periodo de su vida, unas vacaciones, la vida universitaria, el tiempo de convivencia conyugal…Cuál sería el método de valoración previo al “Sistema Métrico Vital ” (en adelante SMV) Pues podríamos considerar que la mayoría de las personas tenderían a considerar ese bloque temporal como un conjunto de experiencias vitales, de las que al final de su análisis obtendrían una valoración cualitativa y global. Por ejemplo: “Las vacaciones de Semana Santa han sido un coñazo, porque ha hecho muy mal tiempo y casi no hemos pisado la playa”
Obsérvese las ventajas e inconvenientes de este método; La ventaja del mismo es su facilidad de comprensión para un tercero, que con la mejor intención nos pregunta sobre nuestro tiempo de asueto, con la lógica esperanza de que nos contesten algo muy agradable que nos permita un clima de favorable entendimiento, algo de especial importancia si hablamos, por ejemplo, con nuestro jefe directo o con el compañero con el que conviviremos la jornada laboral. A partir de aquí, podemos saber que no es el día de pedir un cambio al compañero o un aumento al jefe. Ciertamente es una ventaja.
El inconveniente principal es que no podemos acercarnos tanto a la verdad como nos podría interesar. Supongamos que tenemos un interés real y no crematístico o laboral. Vamos a plantear la hipótesis de que en realidad nos mueve un verdadero deseo de que a nuestro interlocutor le hayan ido bien esos días de asueto. Vale, no es frecuente, pero esto no es más que una hipótesis, y por tanto, no vale discutirla. Si en lugar de una valoración subjetiva global(“Las vacaciones de Semana Santa han sido un coñazo…”), nos aportase datos más objetivos y numerosos, podríamos aceptar sin reservas su aseveración, discutirla hasta la saciedad o al menos matizarla.
Este nicho de mercado es el que pretende cubrir mi propuesta, el novedoso SMV. Se basa en una profunda división de la vida en pequeñas unidades temporales llamadas días, de a 24 horas cada uno, y concentrar la valoración de las experiencias vitales en cada uno de los días, y no a mogollón, como se suele hacer hasta la fecha. Ya se que parece poco innovador (“Que tenga un buen día”, “¿Has tenido un buen día?”, “Vaya día de mierda”, etc), pero en realidad no son más que fórmulas de cortesía bajo las que subyacen claros intereses materiales: “Vuelva mañana y suelte 2€ por un café que a mí me cuesta 0,10€”, “Si ha sido bueno, aprovecha tu energía positiva para arreglar la lavadora”, “No me vuelvas a repetir otra vez que el mes que viene tu madre va a pasar 15 días en casa”
En mi caso, el único objetivo del SMV es conseguir aproximarnos a la realidad de las experiencias personales, su impacto, su influencia, su influjo, con el fin de poder aportar datos empíricos que puedan ayudar a mejorar la percepción que las personas a las que queremos tienen de su propia vida, o alternativamente poder ofrecerles experiencias pasadas aisladamente consideradas que puedan ayudarle a tomar decisiones o a sobrellevar mejor los inevitables disgustos cotidianos.
Aunque no he abandonado la posibilidad de numerizar debidamente cada unos de los días vividos, me encuentro en un callejón sin salida cuando pretendo comparar sucesos o hechos de gran heterogeneidad. Por ejemplo, si a mi querido amigo llamémosle A, se le presenta delante de sus narices un billete de 100€, cualquier observador objetivo diría que sin duda es un paso adelante para considerarlo como un día 10/14 (he puesto 14 para ver si me voy enterando con lo de la selectividad. Pero que si no os gusta, lo cambiamos y listo) En el caso de mi amigo A, habría que matizar mucho ese dato, porque si 4 días después le duele la espalda,  es perfectamente capaz de echarle la culpa del dolor a los 100 pavos, y a ver qué hacemos ¿puntos negativos? Para el mismo caso A, cualquier padecimiento lumbar es perfectamente irrelevante si el Atleti gana a un 3ª división. No os cuento si se hace con la Champions. Levita, fijo.
Por tanto, es claramente un sistema imperfecto, pero con posibilidades. A mí me sirve de mucho. Al final, casi todos mis días aportan algo positivo que me permiten empatar o ganar a los desastres cotidianos. A veces es la música, a veces vosotros que me léeis, otras veces las sorpresas, alguna vez un paciente y constantemente los niños. Cuando voy por debajo en el marcador, nunca me fallan.

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