London Calling (part two)

Llevaba muchas semanas pensando lo que haría cuando pudiese disfrutar de ese día libre londinense. Podría decirse que el plan estaba bien fundamentado y su ejecución no era extremadamente complicada. Claro que para no faltar a la costumbre, la vida en sí misma o los pequeños eslabones de acontecimientos y circunstancias que la conforman, se fueron engarzando poco a poco para conseguir que ese día, que tan bien planificado estaba, se fuese complicando, no tanto en la agenda sino en el ánimo y en la atención.
Y lo que podría haber sido el día del turista liberado, se convirtió en un paseo triste y errático, porque mi alma y yo nos encontrábamos en otro escenario, en otra atmósfera vital a años luz  de allí, con el ánimo encogido y rebosante de responsabilidad, confiado y angustiado a la vez. Porque ya no creo lo suficiente en la justicia de la vida ni en la congruencia de los actos, ni mucho menos en la fortuna, por azar entendida.
La verdad es que ya solo creo en ciertos acontecimientos cotidianos, sencillos, básicos, estructurales podría decirse. Unicamente creo en los cimientos, dudo de las paredes y desconfío totalmente de los tabiques, ventanas y demás vías de escape más o menos oficiales.
Acepto las gateras, porque no te engañan, sabes que toda la carga no puede pasar por un orificio tan estrecho. Al menos lo estás intentando. De acuerdo, sin éxito, porque no puede tenerlo. Pero en esos momentos te sientes liberado, solo durante el tiempo que dura la intención. No es poco. No parece poco al que sufre la presión de la vida.
Finalmente, esa visita a Londres, tan confusa y solitaria, bien pudo suponer una válvula de escape improvisada a tanta estenosis reflexiva. Y así hubo que enfocarlo. No había otra forma; Pensé en mantener la ruta prevista, sin ilusión, sin entusiasmo, pero con resignación pragmática.
Había que estar, por tanto; lo único sensato que cabía proponer era desplazar temporalmente los sentimientos, como esos diques que los niños construyen en la playa, con diminutas palas y rastrillos. Sabes que aguantarán la primera ola si no es muy grande, pero en breve se producirá la progresiva disolución o lo que es peor, la inundación completa. Pero entretanto, aportan cierto grado de pasajera esperanza.
De un modo inconsciente, decidí iniciar el recorrido visitando la Tate Modern, en la orilla sur del Támesis, a corta distancia del London Eye. Se trata de un barrio en reconversión, donde los grandes edificios de oficinas conviven en desconcertante armonía con impersonales construcciones suburbiales, de caduco destino. La orilla intemporal del río adquiere un ¿involuntario? aspecto parisino, encontrando estatuas vivientes, magos, vendedores callejeros, retratistas y hasta flores.
La propia Tate recuerda al Pompidou de Paris, rebosa el espacio y fluye la luz. Los niños juegan en sus galerías, ajenos a la pomposidad y protocolo museístico. Se trata de un Museo atípico, o a mí siempre me lo ha parecido. Atípico es lo que se me ocurre a vuelapluma. Extravagante o exótico podrían ser términos afeados por los entendidos, entre los cuales no deben buscarme.
De hecho, esa…fuente de contrastes es la razón de que mi primera parada fuese allí. Sabía que en su interior encontraría la calma, en sus extraordinarias vistas desde la sexta planta. La admiración infinita, en los cuadros de Kandinsky y Picasso. Y la hilaridad extrema en algunas de las piezas exhibidas en la segunda planta. Yo creo que la concepción de arte que tenemos los ignorantes y la que tienen los expertos puede ser asemejada a la que tienen los críticos de cine que premian a las películas iraníes que ninguno de nosotros, nuestros amigos, familia y ni siquiera los del Facebook, iríamos a ver ni gratis.
La obra estrella de ese sector de la exposición la conforman  la yuxtaposición en el eje de abscisas de una estructura de chapa compuesta por diversas subestructuras tubulares, en lo que el autor/a probablemente consideraría como una metáfora vital de nuestra visión poligonal de la vida; A mí personalmente me pareció un fancoil de aire acondicionado de los de toda la vida, eso sí impecablemente alineado con la horizontal del suelo.

También destaca por su originalidad una columna policromática de estructura hormigonada con recubrimiento de escayola, en donde se engarzan sabiamente un pie de lámpara y una zapatilla de running, cuyo tallaje no pude determinar correctamente, en parte porque la posición de la zapatilla lo dificultaba, en parte porque el tallaje británico aún no lo domino. Incuestionablemente, el conjunto escultórico en cuestión representaba una crítica social extraordinaria a nuestra actual way of life. No cabe duda: El hormigón representa a las ciudades modernas, el pie de lámpara es una alegoría de nuestro sedentarismo de salón y la zapatilla viene a ser una descarnada reprobación de la sociedad capitalista.

Como el lector podrá imaginar, cuando uno observa estas obras maestras, espera contemplar a su alrededor algún tipo de sonrisa de complicidad con el resto de los espectadores, una especie de lenguaje no verbal que transmita la mutua incredulidad ante el hecho de que algunos metros cuadrados (o inches cuadradas) del museo vengan a estar ocupadas por elementos que podríamos encontrar fácilmente en el punto limpio de cualquier ciudad española. Lamentablemente, esto no ocurrió. La gente avanzaba estoica entre las obras expuestas, con rictus serio y concentrado. Yo creo que estos ingleses no solo son educados hasta la médula, deben tener un termostato natural que regule las emociones de todo tipo. Como no había ningún latino alrededor, no pude comprobar esta teoría. Un italiano no aguanta sin descojonarse la visión de la escultura de la zapatilla. Fijo.
Obviamente mucho más relajado me dirigí en dirección este, siempre a lo largo de la orilla sur hacia Borough Market,  contemplando de fondo el imponente y sobrecogedor London Bridge. Ya había tenido oportunidad de verlo interiormente en otra ocasión, lo que no quita para que impresione incluso más en la distancia.
La llegada a Borough Market, una zona situada bajo los arcos del tren, supone un cierto contraste entre el Londres moderno, financiero, severo e impersonal y el Londres decimonónico, Dickensiano, triste y oscuro en el que los mercados venían a ser un punto de encuentro entre la necesidad, la pillería, la desgracia y la opulencia.
En Borough Market ya no encontramos la respuesta a la necesidad diaria, que puede ser satisfecha en Sainsburyś, en Marks and Spencer o en cualquier mini colmado atendido por dependientes multirraciales en permanente expresión de fastidio. En su sección gourmet podemos encontrar cualquier tipo de alimento, desde los más calóricos dulces a las más seleccionadas hortalizas, a precios coherentes a su excelencia.Se trata más bien de esa compra especial, ese detalle con el que nos obsequiamos tras una dura semana de trabajo; O la excusa que utilizamos para ser absueltos de nuestros pecados veniales por nuestro compañero de trabajo o nuestra pareja.
En poco más de 20 metros, el escenario es idéntico en continente, pero muy diferente en contenido. Decenas de ejecutivos o menos ejecutivos disfrutan de cuatro ondas de Ultravioleta que pasaban por allí, pero que ellos celebran como si fuera La Carihuela o Benidorm. No deja de sorprenderme esa costumbre británica de comer en la calle con recipientes de plástico o cartón, aunque sobre la marcha reflexiono que en Madrid ya no es tan raro. Cierto que en Borough puedes elegir entre todo tipo de comidas, a cual menos apetitosa. Me abalanzo sobre un bar de tapas, como si fuese un oasis sahariano, cuando observo el precio del equivalente al pincho de tortilla y me doy media vuelta. Y en pounds.
(continuará)

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2 Comments

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  1. ¡Me encantan tus análisis artísticos, Antonio!

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