Reencuentro XXV Aniversario (1983-1989)

Aunque nunca he sido un gran aficionado, un gruppie o un frikie de las películas de ciencia ficción, tengo un vago recuerdo de que alguna de ellas planteaba la posibilidad de enfrentar al protagonista con su “yo” pasado o futuro. Como es lógico, no discuto la posibilidad teórica de que los avances científicos puedan colocarnos en todo tipo de diatribas psicológicas, sean más inofensivas o más sádicas. Solo espero de que la ciencia avance mucho en direcciones más benévolas con el ser humano, porque solo de pensar en reencontrarme con mi yo pasado o futuro, se me ponen los pelos como escarpias. Me refiero a los que tenía mi yo pasado, y que seguramente no tendrá mi yo futuro, puesto que en mi yo presente escasean sensiblemente.
Y es muy posible que la ciencia no progrese mucho en esa dirección, porque no hay mucho que sacar por ahí. La gente no quiere verse deteriorada en un futuro, y no creo que quiera observar las diferencias con un pasado, en el que uno siempre se recuerda pletórico, inteligente, guapo y brillante, rebosando energía por los cuatro costados.
Pero hete aquí que en la vida, como en el ajedrez clásico, podemos plantearnos una partida estratégica, planificando aperturas, medio juego y hasta los finales, porque todo está estudiado y escrito, y siempre ha estado a nuestro alcance. Desde el mítico Ajedrez Elemental de Panov, mi libro de cabecera en la infancia y adolescencia, uno podía encontrar la respuesta a cualquier duda o encrucijada ,siempre que no existieran celadas. Ahí se acababa la teoría.
Y aún así, las celadas más astutas e inesperadas podían ser previstas, porque como ya se las habían colado a otros, podías evitar que te cazaran a tí, estando muy atento o habiéndolas estudiado previamente.
Cuando recibí ese email, o no había estudiado (fijo) o no estuve muy atento. Porque me pareció original, fresco, atractivo y juvenil. El hecho de que no recordase al remitente de nada en absoluto no me llamó la atención. Y era todo un datos, hay que reconocerlo. Un aviso claro.
Pero no lo vi. Me dejé llevar por el envoltorio, por los oropeles y neones, sin analizar la esencia, sin darme cuenta de la terrible celada en la que me veía envuelto.
Mi natural pereza, desidia y falta de planificación, pudieron haberme ahorrado el disgusto. Solo tenía que escucharlas. Siempre lo hago, y no me ha ido tan mal. O sí.
Pero como siempre se dice, los accidentes suelen ser multifactoriales; Además de la riqueza estética de la propuesta, la ruptura de mis tradicionales principios de dejarlo todo para última hora o aún más tarde, debió asociarse algún tipo de disturbio neuroquímico categorizado o no. No encuentro explicación alternativa.
El hecho es que la fecha se iba aproximando y yo me iba dejando llevar, sin remar ni pedalear, simplemente contemplando la corriente natural de los acontecimientos, sin pretender abrazarlos ni alterarlos. Solo tolerancia y respeto.
Pero como casi siempre, uno ha de tomar partido, y yo lo hice por la traición. Abandoné mis principios y actué. Hice lo contrario de lo que esperaba de mí mismo. O sea que hice lo de casi siempre, me temo. Me comprometí en el sentido literal y figurado. No había vuelta atrás.
Tenía excusas y de las buenas, de las pata negra. Cansancio de la semana, esfuerzos laborales máximos, permanecer con la familia, etc. Aún pensaba en ello, cómo podía apartarme de esa segura celada con una maniobra elegante y prudente, cuando de repente mi carroza se detuvo ante palacio. Ahí me vino a la memoria ese punto de no retorno, ese momento en el que no existe marcha atrás porque las consecuencias son irreparables.
Según iba avanzando por las escalinatas, una pequeña luz me alumbraba de forma tenue y difusa. No veía carteles ni rótulos ni los neones de la convocatoria. A ver si esto se había desconvocado y podía huir de forma apresurada y justificada.
Pero no.
“Hombre, pero ¿cómo estás?” Primera prueba, primer dardo doloroso y cruel. Alguien me recordaba. Si alguna vez pretendí pasar desapercibido, estaba claro que no iba a aconseguirlo. Balbuceo mutuo casi tan afectuoso, y primera prueba de fuego.
“Pero éste cómo se llamaba? Estaba resignado a quedar de pena con mi interlocutor, en el que reconocía haber tenido una relación cordial aunque no íntima. Finalmente, apareció aquel original nombre en mi mente, y de repente pude respetarle y halagarle con el reconocimiento. No ocurrió exactamente lo mismo con las siguientes apariciones, pero no estaba tan mal, recordaba a una de cada tres personas. Defendible.
Los siguientes minutos los recuerdo como de transición, felicitaciones a la organizadora, loas a la originalidad de la idea, asombros mutuos por reconocernos tan fácilmente y brevísimos intercambios de información profesional.
Desgraciadamente la fase de transición se prolongó de forma ostensible y las conversaciones triviales se iban agotando en intensidad, calidad y sobre todo duración. Cuando aparecía alguien nuevo en la sala, se presentaba una  nueva oportunidad de fracaso clamoroso o éxito rotundo, y yo procuré ir alternando con gallardía ambos escenarios.
Afortunadamente, había reconocido en la lista de asistentes a varios de mis amigos y compañeros más próximos; aquellos con los que compartías tristezas, rabias e impotencias, risas, carcajadas y juegos. Y con la prudencia y el respeto que te imponen los años, los 25 años de distancia, de separación, de experiencias terribles, maravillosas y únicas, detectas que sigues pisando terreno firme, que la esencia de tu conexión permanece, y que solo ha pasado el tiempo.
Me sorprendió profundamente la ausencia de sorpresa. Todo sucedió como debía suceder, como en mi fuero interno sabía, de forma natural y espontánea. La prevención, la vergüenza y la ausencia fueron barridas por los recuerdos, el cariño y la esencia.
¿Y qué pasó a continuación? Lo que tenía que pasar. Lo que hubiese ocurrido un día cualquiera de un mes cualquiera de aquellos tardíos 80, a la entrada de clase, a la salida de clase o en medio de clase. Que las coincidencias superaban con creces a las diferencias y que lo vivido conjuntamente se imponía a las experiencias individuales.
Y conjuntamente superamos nuevas pruebas, la exposición pública a nuestra prematura vejez o muy tardía adolescencia, explicando modestamente tus éxitos o dulcificando los fracasos. Reconociendo la máxima de que las personas no cambian, que aquellos a los que apreciabas te daban motivos para haberlo hecho; Los que aborrecías te aclaraban fácilmente porqué. Y los indiferentes debían seguir recibiendo la legislación vigente.
Echamos de menos a muchos, añoramos los “pinchos con mao” y hasta el Ron Tropicana. Nosotros estuvimos con él, y él con nosotros. No se si hubiera venido el primero, lo hubiera organizado, no hubiera ido ni de cachondeo, o se hubiese dejado arrastrar. Todas esas opciones me hubiesen parecido posibles, propias y válidas en él. Y ninguna de ellas me hubiera provocado la más mínima crítica. No pudo ser.
Y el colofón, el fin de fiesta, en el santuario de los cincuentones madrileños. La elección fue accidental pero metafórica. XXV años después volvimos a sentirnos jóvenes, sin rubor alguno, porque nuestra llegada rebajó la media de edad del local, o al menos eso quiero creer.
Finalizamos en un antiguo cine, y vivimos una gran película; Al menos por esa noche, tuvo un final muy digno.

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