Wiwichu 2014

A pesar de que se trata de un escrito navideño en toda su pureza, no tengo intención de aburriros mucho más con mi reconocida Christmas-Filia, de la que ya he hablado en multitud de ocasiones. He reconocido sin pudor alguno que me gusta la Navidad, que disfruto enormemente de estas fechas y que mi espíritu no puede ser más afable y generoso. Por supuesto hasta Epifanía del Señor. Una vez que se marchen SSMM y sus vehículos mono-joroba, ya no respondo.
Y todo esto a pesar de que hay pequeños detalles que me irritan temporalmente, pero a los que estoy sobreviviendo con esta levitación emocional a la que me acojo estos días.
Por ejemplo, la ausencia de christmas-celulosa y la proliferación de christmas-gift. Si es que no es lo mismo. A mí, que me ha tocado escribir unos cuantos cienes, con la correspondiente tendinitis, me gustaba muchísimo establecer categorías subliminales entre los receptores.
Los amigos: Caligrafía generosa, ininteligible. La mía de toda la vida. Con todas las recetas a su espalda, con millones de páginas de apuntes. O sea irradiando antoniadis desde el corazón, desde los músculos, los tendones y el alma. Con mensajes personales, con bromas particulares. Arriesgados, porque los amigos nos lo perdonamos todo
Los aspirantes a clientes: Mayúsculas. Formalidad. Mensaje estandarizado. Que se vea que somos gente seria. Nada de bromas, ni riesgos. Nada de fútbol ni de mujeres ni obviamente de política. Rápidos pero insulsos.
Los clientes: Cálidos. Agradecidos. Pelotas, con falsa camaradería. Con deseos de continuar muchos años más (Normal: más años, más beneficios)
En cambio, actualmente se reciben christmas por email, por whatsapp, por MMS. Memos, fotografías, poster, todos ellos creados por personas ajenas a nosotros y con una gran cantidad de tiempo libre, por lo que se ve. Es decir, que solo transmitimos en boca de otros. Usurpamos emociones de otros, o al menos existe una sospechosa coincidencia entre las suyas y las nuestras.
Es verdad que no todos tenemos esa capacidad para encontrar esa graciosa combinación de imágenes y lemas o eslogans. No es fácil . Pero desde luego, prefiero la imperfección de un amigo a la precisión de un desconocido.
También me ha fastidiado observar en la Plaza Mayor y aledaños,  la presencia de elementos o iconos que no tienen ninguna relación con la Navidad. Simpsons, Spidermans, mimos manostijeras, etc. No me parecía mal la presencia de Donalds o Minnies, hasta que ví cómo los entrevistaban por Telemadrid y contestaban con un inequívoco acento sudamericano. Hombre, un poco de rigor. A Donald no se le entiende, por definición, y Minnie no habla. Se gira con un aire coqueta, hace como que se ruboriza, incluso besa a Mickie, pero no habla.Un respeto.
En la propia Plaza Mayor, es decepcionante observar el enorme deterioro a la que ha sido sometido el antaño zoco navideño. Todas las casetas más o menos ordenadas y todas más o menos vendiendo lo mismo, y a los mismos desorbitados precios. Solo un detalle. En la parte superior, donde se iza la persiana que tapa el kiosco, una vez recogida, observé la presencia de un pequeño polipasto, colocado con el fin de evitar esfuerzos al colocar la persiana. Como lo escucháis. Ya no es necesario los palos y la ayuda de 3 personas para izarla. No se dónde vamos a ir a parar.
¿Y qué me decís del cambio de Rey en el Mensaje navideño?. A mí, me descoloca. Escuchar al Rey Juan Carlos, mientras que se va colocando la mesa, es una tradición ancestral que se ha perdido definitivamente. Podían haberle dejado como Rey honorario solo para Navidad. La profundidad del mensaje, su salero y soltura ante las cámaras son insustituibles. Y nos colocan al Rey Felipe, recién llegado, y con ganas de agradar. Dios nos asista.Como diga algo en serio, a ver qué hacemos con los langostinos.
En fin, en esas cosas iba pensando cuando descendía los peldaños de los sótanos de la Plaza de las Descalzas Reales, camino de la tienda de discos usados de La Metralleta. Probablemente hacía 30 años que no iba. Pero en esta ocasión iba acompañado o escoltado, según se mire. Mi hija había manifestado su interés por  este ancestral establecimiento, tras un reportaje de TV, y por fin podía acompañarla.
Mis sensaciones fueron poco más menos las mismas de siempre. Deseos de llevarme la tienda entera, emoción ante ese LP de Ramones, ante ese sencillo de Roxy Music, ante ese destartalado vinilo de Siniestro Total. Mi hija se quejó de la extraordinaria abundancia de discos y su imposibilidad de elegir entre todos. Si es que me ha salido rockera. Y papá, paga. Y encantado. estamos en Navidad

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