El Principio de la Conservación de la Energía

El Principio de la Conservación de la Energía dice que “la Energía ni se crea ni se destruye, sólo se transforma”.

Independientemente de que no tengo suficiente formación técnica para rebatir tan profunda afirmación, quiero manifestar formalmente mi solemne apoyo a la formulación en todos sus términos.

Obviamente, la línea editorial de antoniadis9 no está evolucionando hacia el contraste de hipótesis científicas, ni siquiera hacia la humanización de las mismas a través de artículos divulgativos. Digamos que ocasionalmente, la física, o las ciencias en su conjunto, proporcionan cobertura (o coartada) a determinados hechos o sentimientos vitales, que normalmente podríamos considerar muy particulares,  o al menos de dudosa certificación.

En este caso, el Principio de la Conservación de la Energía, proporciona una completa respuesta a lo que a nivel de calle, de pueblo raso, denominamos “cambios de humor”

En efecto, la hipótesis de este escrito se basa en la observación empírica de lo que nos sucede en determinadas circunstancias cotidianas, en la que observamos cómo presentamos al exterior un determinado estado de ánimo cambiante, aparentemente no sujeto a razones concretas.

Allá va: “El ser humano parte de una cantidad acumulada de energía, que recoge en el nacimiento, y que va transformando durante toda su existencia, aunque a ritmos muy diferenciados de unos individuos a otros”

Es posible que en una primera lectura superficial, el lector pueda percibir diferentes sensibilidades, desde la incredulidad al desacuerdo, pasando por una total aceptación y coincidencia. Esto último seguramente se presentará en aquellos lectores con una visión más amplia y flexible de nuestra existencia, con mayor sensibilidad a lo desconocido. Los lectores más clásicos, rígidos y descreídos quizá puedan sacarle más pegas. No importa, este hecho también es explicado por la teoría, pueden quedarse tranquilos.

Como ejemplos (más bien diría pruebas irrefutables) del cumplimiento de la teoría, convengamos en algunas de las situaciones más frecuentes en nuestro día a día. Supongamos que tenemos un mal día en el trabajo. Esto es debido, casi seguro, a que no se ha reducido debidamente el nivel de energía acumulada que correspondía a la fecha en curso. Por tanto, en aplicación de la hipótesis, liberamos la energía necesaria para igualar los niveles adecuados para el día, y procedemos a transformar esa energía liberada, en otras formas de presentación (aquí no se pierde nada, obviamente. Solo se transforma) ¿De qué manera? Pues gritando, sancionando, regañando o despidiendo a algún colaborador; También se puede ir al gimnasio y atizarle al saco, jugar al padel y meter cuatro o cinco remates (entren o no), comiendo compulsivamente en el buffet de ensaladas, etc.

En el caso de que el exceso de energía acumulada se iguale con la energía transformada (Exceso de Energía-Energía Transformada=0), nuestro estado de ánimo procede a normalizarse, puesto que ya no existe exceso de energía acumulada.

Esta hipótesis, en el caso de ser cierta (que lo es, fijo), abre ante nosotros un enorme abanico de posibilidades a la hora de corregir los excesos energéticos. Basta con establecer una escala estandarizada de superavit de energía, para saber qué volumen de actuaciones consumidoras requiere el momentum.Sin excesos ni defectos. Y así, estaríamos en un plácido nivel de ánimo permanentemente.

Es cierto que lo de las escalas estandarizadas puede llegar a ser un tanto complicado, pero yo propondría un método sencillo aunque inexacto, basado en modelos empíricos. He podido entrevistar a una muestra suficientemente representativa de individuos, que presentan en común una excelente y sencilla manera de compensar el exceso de energía. Abofetear al Jefe. No parece que hayan podido aplicarlo en la práctica, por cierto tabúes sociales que deberíamos ir aprendiendo a erradicar. Si abofetear al Jefe es una buena manera, eficiente y sencilla de igualar el diferencial de energía, el Jefe no debería molestarse por ello. Está ayudando a mejorar el estado de ánimo del trabajador, lo que a buen seguro redundará en la máxima eficiencia de éste, por lo que todos salen ganando.

Yo, de momento, voy utilizando una escala musical que me permite valorar el grado de exceso energético. Coloco una lista de temas musicales, y elijo sin reflexión previa. Anoto los resultados en una tabla de doble entrada, fecha-tema, y en columa independiente anoto la sensación subjetiva de exceso de energía que presento en ese momento, del 1 al 10. Al final de año, podré correlacionar los niveles subjetivos con los temas elegidos, y obtendré una primera opción terapéutica. Si el nivel de energía en exceso se valora como 6 (salvo que perfeccionemos lo de las bofetadas al Jefe, claro), pues le aplico una dosis de Electric Light Orchestra. ¿Un 3? Valgan Eagles o Jackson Browne. ¿Un 10? Pues terapia de choque, Ramones.

No se si funcionará, pero al menos consigo elevar un poquito el grado de conocimiento musical de este país, antes de que las nuevas tendencias políticas declaren que el estado es aconfesional en materia musical y nos torturen con salsa y merengue venezolano.

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