Rosas y Letras

De entre todas las camareras del local era la más solicitada. Siempre pensó que la mayoría de los clientes masculinos debían ser masoquistas, puesto que había poco margen para endurecer su comportamiento hacia ellos. Poseía una capacidad fuera de lo común para aplastar a la gente con esa mezcla de indiferencia y desdén universales, de aplicación masiva e indiscriminada; La ejercía y la entrenaba. Formaba parte inseparable de ese atrezzo especial que se colocan las mujeres que se hallan en misión oficial. Y la de Sara lo era. Encomienda especial para la aniquilación sistemática de la autoestima masculina.

En su campo, podría considerarse la mejor. Y esa es una de las clasificaciones más difíciles de armonizar. Todos los varones que hemos pisado un local nocturno y hemos intentado realizar un approach a las camareras hemos salido trasquilados en nuestro objetivo y aún más en nuestro amor propio. Y no me resultaba nada fácil preparar un estudio de campo metódico y serio.

Decidí optar por el viejo método de la encuesta. Pregunté a mis amigos: “Y a vosotros, ¿qué camarera os ha humillado más cuando habéis intentado entrarla?” Yo no creo que la pregunta fuese tan compleja. El problema es que las experiencias se acumulaban en barriles, cajas, cajones y estanterías, y armonizar todo eso es difícil tarea. Opté por una correcta homogeneización de experiencias: “Otra  pregunta: ¿Habéis estado en Babel, el garito próximo al Corte Inglés? En caso afirmativo La camarera rubia con ojos azules, minifalda perpetúa, naricilla respingona, que atiende por Sara, ¿Podría ser considerada como una de ellas?”

Este pequeño giro en el estudio resultó estadísticamente significativo: 8 de cada 10 contestaron afirmativamente a la pregunta y otros dos se echaron a llorar al recordarla. Para mí es suficiente.

Dada la particular idiosincrasia de nuestra protagonista, decidí ignorar su existencia y provocarla lo menos posible, por lo que entablé amistad con una de sus compañeras, con el noble propósito de que me atendiera algo más rápido que al resto de los asistentes, sin albergar excesivas esperanzas. Tuve suerte y aporté suficientes propinas para conseguir mi objetivo, y empecé a encontrarme muy cómodo en la esquina de la barra contraria a la de Sara, desde donde podía contemplar su inmisericorde desplante y desprecio al ingenuo cervatillo que osaba aproximarse a su sector de la barra.

Su compañera Lourdes, receptora de mis propinas, poco a poco fue compartiendo conmigo algunos inofensivos chafardeos de trabajo. Poca cosa. Algún trapicheo  de poca monta, las sospechas de apropiación indebida de algún camarero, las botellas con exceso de alcohol metílico, en fin, esas pequeñas cositas que suielen darse en estos nobles establecimientos. La rutina de mi visita, mis saludos a Lourdes, los cotilleos, me hacían sentir bastante integrado en el local, y poco a poco iba siendo considerado uno de ellos. Con excepción de ella, naturalmente.

Una de esas noches, noté a Lourdes especialmente excitada, en el momento de mi aproximación a la barra. No supe interpretarlo muy bien, pero su gesto rotatorio con el índice derecho, venía a informarme de que posteriormente me contaría algo más jugoso de lo habitual.

Nunca imaginé que estaría en relación con la intocable, con esa esfinge hierática que presidía el muro de las lamentaciones nocturno. Me costó asimilarlo, pero el pormenorizado relato de Lourdes consiguió convencerme poco a poco y me introduje por completo en su desarrollo.

“Parece ser que la rubia-así la llamaban sus colegas de barra-, ha estado recibiendo unos misteriosos mensajes desde hace algún tiempo, así nos lo ha dicho a las más antiguas. Hemos pensado inmediatamente en un whatsapp o email, pero, agárrate, son cartas manuscritas. Nosotras no nos lo acabábamos de creer, ya sabes como es , pero ayer noche nos enseñó alguna en el vestuario. Son de papel, imagina, y es un papel muy grueso, con cierta coloración sepia, casi enrollado, y para que alucines, están escritas con algo llamado “estilográfica”, que no sé lo que es pero que debe ser muy antiguo”

Omití comentario alguno sobre lo de la estilográfrica, para qué iba a predicar en el desierto, pero ciertamente me sorprendió que la bruja Sara recibiese pergaminos manuscritos que no contuviesen decididas amenazas de muerte o grandes torturas, pero ante mi estupor, Lourdes abrió sus enormes ojos marrones todo lo que daban de sí, y dijo “Y son de amoooooor”

Como mi sonrisa debió acomodarse de medio lado, Lourdes casi se ofendió y cortó la conversación en seco. “Si no te lo crees es problema tuyo” Se acabó la noche, las copas y el misterio. Recibí una tarjeta intensamente amarilla y me dirigí al banquillo. Con la cabeza gacha y la incredulidad intacta.

Tras ese episodio, tardé mucho en volver al garito, aunque fuí condescendientemente perdonado. Todo estaba más o menos igual, a excepción de una cosa. Sara.

La antaño reina de la displicencia atendía a los clientes con una sonrisa adorable, salutaciones poco protocolarias, carcajadas desproporcionadas a la calidad de los chistes y cierto grado de proximidad física, profundidad de escote incluida. Debí poner mi cara oficial de perplejidad profunda, puesto que Lourdes se echó a reír y procedió a sacarme de mi confusión.

“Ahora, además de las cartas, siempre con el mismo papel apergaminado, ha empezado a recibir pequeños ramos de rosas rojas, siempre con un número impar, para mantener la perfecta simetría, y siempre envueltas en el mismo papel apergaminado, con un pequeño toque de papel engomado de colores. Siempre está a la hora de la apertura, y aunque me consta que ella ha venido antes en varias ocasiones, nunca ha podido pillar al secreto admirador. Ahora sólo le queda ser adorable, a ver si así el admirador se anima a identificarse.

Aún así, está pasando por un momento horroroso. Solo se confía a nosotras, y tiene un pensamiento recurrente: Puede que el amor de su vida le esté esperando y su terrible forma de tratar a los hombres evite que ella llegue a conocerle. Hasta tal punto que nos ha permitido sacar una foto a alguno de los manuscritos, para ver si a nosotras se nos ocurre algo.

Echa un vistazo. Es una de esas cartas:

“Mi Adorada Sara:

Nunca vas a saber mi nombre, porque tu desprecio acabaría conmigo y no puedo arriesgarme. La penitencia a mi cobardía será la certeza de saber que no podré posar mis labios en los tuyos en toda mi existencia. La tuya, la certeza de que no podrás conocer a la persona que te hubiera hecho feliz.

Somos, por tanto, dos seres desgraciados. Yo ya lo era por la seguridad de tu desprecio y tú lo serás por la incertidumbre de saber que has podido perder el amor verdadero para siempre.

Quédate con las rosas, que es tu flor: La más bella, la más esquiva y la más efímera

Tuyo”

Tengo que reconocer que se me anegó el alma. No podía ser capaz de concebir tanta desdicha. Tener la oportunidad de conocer el amor de tu vida y que se te escape entre los dedos como la lluvia norteña. La posibilidad de conocer qué clase de sentimiento es la felicidad y se volatilice en milésimas de segundo. Y no poder recuperarlo jamás.

No tuve más remedio que solidarizarme con ella, sentirla, apoyarla, quererla y compadecerla. Tenía el castigo de la infelicidad eterna. Nada podría ser peor. Noche tras noche mirando a su izquierda, a su derecha y hacia la puerta. Detectando gestos, miradas, ausencias y presencias. Intentando relacionar días y fechas, cumpleaños, onomásticas, buscando al misterioso escritor, al gran amor desconocido, a la razón de su existencia.

Con el tiempo dejé de ir al local. La vida, la edad, la profesión, y la pena. El recuerdo permanente de que nuestro paso es efímero y se escapa en un segundo, en un detalle, en una sombra.

Nunca le encontró, ni él a ella. El momento se evadió, la felicidad se fué y la vida atacó. De la manera más dolorosa: Amaneciendo todos los días.

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11 Comments

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  1. Muchas gracias. Es una pequeña venganza en nombre de todos los XY hacia el gremio de las camareras buenorras. Con cierto retraso, todo hay que decirlo

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  2. Enhorabuena 😤
    Quién no se ha enamorado de la chica de la barra del …?
    Si esa barra está a reventar será por algo. Seremos primitivos pero, sabemos lo que nos gusta.

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    • Desde luego, la camarera siempre fue el icónico destino de nuestros primitivos deseos. De forma platónica, dada la evidente inaccesibilidad del gremio para el varón ibérico.
      Sabemos lo que nos gusta, eso es cierto. Básicamente todo lo bello, delicioso y pecaminoso, más algún otro vicio menor.
      Muchas gracias por el comentario, querido amigo.
      Un abrazo

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  3. Que bonito relato Antonio!

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  4. Me ha encantado.Hay personas con una coraza que no dejan pasar el amor.Cuando se la quitan puede ser tarde y vivir un amor imaginario porque el real no llega.Esta claro que el amor suaviza caracteres.Y en cuanto al gremio de camareros,han sido,son y serán blanco de intentar amor,jajaja

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