El Consultor De Filosofía

Sucedió uno de estos días en los que no tienes nada especial en lo que pensar, y buscas la máxima superficialidad posible para gastar los segundos libres, aquellos que echamos en falta las más de las veces. Me eché en brazos de los navegadores, y dejé que me mecieran suavemente al vaivén de las olas cibernéticas. Es curioso este proceso de búsqueda en internet: Crees que buscas algo y lo hallas por tus propios medios, cuando en realidad, los buscadores te arrastran como un remolino hacia los lugares que aportan unos cuantos dólares o que contribuyen con su actividad alocada y numerosa a la propia perpetuación del sistema.

El proceso de búsqueda fue el siguiente: Cosas que hacer en Madrid>Ocio y Diversión>Cines>Teatros>Exposiciones>Conferencias. Dentro de las conferencias estaba prevista en el Centro de Reconversión del Espíritu, sito en una recóndita calle del Madrid más castizo, a pocos pasos de la Puerta de Toledo y a tiro de piedra del Rastro, la Charla-Coloquio del Profesor Titular de la Facultad de Filosofía y Letras, Don Alfredo López-Müller.

Al parecer, la conferencia versaba sobre “la aplicabilidad de la Filosofía como respuesta ante las perturbaciones del hombre moderno”. Desde luego, el planteamiento resultaba apasionante como plan base para una tarde de ocio y asueto. No se me ocurrió nada mucho más divertido, y siempre me quedaban un par de docenas de tabernas en la zona para celebrar o mitigar el dolor de la pérdida de tiempo.

La calle, la localicé fácilmente. El número, el portal, todo perfecto. La sala un poco más. Había que franquear todo el portal, localizar una escalerita recóndita, protegida por una barandilla de hierro forjado, y peldaños que deberíamos calificar como trapezoidales y anti espías. Sólo con la amenaza de posar la suela de mis deportivas, un profundo, agudo y lastimoso lamento era proferido por el primer tramo de escaleras. Opté por un tránsito rápido y necesariamente ruidoso, para descender hasta el semisótano donde aparentemente se iba a celebrar la conferencia.

Supuse que había dado con el sitio, en virtud del numeroso aforo que allí me aguardaba. Contando conmigo bien podríamos ser seis personas, que llenábamos hasta la bandera la sala de conferencias.

Me recibió la que debía ser la Presidenta del Centro de Reconversión del Espíritu, aunque se presentó a sí misma como Assumpta, marcando bien todas las consonantes. Me agradeció mi presencia y se disculpó porque el inesperado éxito de la charla-coloquio había desbordado las expectativas, y no habría sillas para todos, pero la oportuna colocación de un futón en primera línea, permitió que algunos de nosotros pudiésemos atender a la conferencia desde una posición de máximo confort.

Había llegado pronto y me puse a curiosear por la sala. Había tablones de anuncios en los que se exponía la oferta completa de las actividades del Centro de Reconversión del Espíritu. Sin duda, los objetivos del Centro, que no dudo que fueran otros que los anunciados en su nombre, podrían ser alcanzados fácilmente a través de los grupos de senderismo, meditación, yoga, tai-chi, reiki y chi kung, que constituían el núcleo de las actividades del Centro. Si así no se reconvierte el espíritu, no se me ocurren mejores formas.

Estuve conversando mínimamente con otra de las asistentes, una mujer en torno a los sesenta años, que me preguntó si era la primera vez que iba a esa charla. Se lo confirmé. Yo creo que mis vaqueros Lacoste, las deportivas Nike y la sudadera Adidas, bien pudieron darle una pista. Viendo la estética del Centro y sus asistentes, me da que no había sido muy certero al elegir vestimenta. Quizás un pañuelo palestino con sandalias de esparto y camisa cuello mao, me hubiesen mimetizado mejor. Tarde.

El conferenciante acudió con exquisita puntualidad, treinta y cinco minutos después de la hora prevista. Nadie pareció ponerse nervioso en la espera, y yo estaba lo suficientemente alucinado con la fauna y la flora locales como para darme cuenta del retraso. Saludó a Assumpta y a muchos de los asistentes, con bastante familiaridad, y colocó su silla de tijera por detrás de la mesa de camping que hacía de atril, sacó una botella de agua de una especie de zurrón que portaba, y dió comienzo a la charla.

La idea central de su discurso era la excesiva dependencia de ayuda externa que precisaban  los individuos de nuestra época para poder resolver, superar o controlar los problemas que nos acechan en nuestros días. Como ejemplos de todo ello proponía las redes sociales, los psiquiatras, los psicólogos, los medicamentos ansiolíticos y antidepresivos, los reality show y el Sálvame. No podía quitarle la razón, salvo en lo que se refiere a la medicación, por razones de supervivencia profesional. Si me quitan las pirulas, a ver cómo me hago con los cientos de depresivos que recibo en consulta.

La verdad es que el tipo era una especie de sabio embaucador, puesto que los argumentos que utilizaba, bien podrían ser al menos debatidos; Pero él los asociaba a una especie de conocimiento universal extremadamente contrastado; Aún así, un muy buen orador y una charla muy amena. Cuando llegó al final de la exposición, venía el turno del coloquio.

Inauguró el turno de preguntas la sesentona con la que había estado departiendo, y no tardó en poder el dedo en la llaga:

-“De acuerdo, y entonces cómo cree vd. que el individuo puede resolver sus problemas? Qué herramientas le quedan?”

-“Bueno, dado que las preocupaciones materiales deberían ser superfluas, puesto que están vinculadas a un estilo de vida libremente elegido, el individuo puede resolverlas cambiando ese estilo de vida, modificando la elección que realizó, por otra mucho más sostenible. En cuanto a las necesidades del alma, del espíritu, de la vivencia diaria, tiene a su disposición al mejor equipo de consultores nunca visto: Los filósofos. Conocen ustedes a un coach más preparado, certero y barato que Platón?”

Inicié una sonora carcajada, en la rotunda convicción de que sería unánime y sincronizada, pero cuando las miradas de los asistentes focalizaron en mi persona, comprendí que aquello iba en serio. No olvidaré las siguientes palabras del ponente:

-“Veo que hay una persona que no coincide con mi teoría. Porqué no hacemos una prueba empírica? Usted, todos ustedes, me plantean un problema personal y yo les hago llegar las respuestas de la filosofía ante él. Después conversamos al respecto de la idoneidad de la solución”

Afortunadamente para mí, otro asistente le cogió la palabra y le planteó un problema personal: Tenía una malísima relación con su madre, especialmente desde la adolescencia. Aparentemente, no obedecía a un motivo concreto, ni había sucedido nada extraordinario. Guardamos silencio y escuchamos la propuesta del orador:

-“La mayor parte de los problemas de relación madre-hija parten de un problema de convencionalismos sociales: La posición de dominancia de la madre, como la figura más poderosa de la infancia. Al llegar a la adolescencia, la hija busca su propia identidad, y debe separarse de su ideal femenino hasta entonces, la madre. La función de la madre para Platón, se circunscribía a la etapa del embarazo y los tres años posteriores al mismo. A partir de ahí, nodrizas y pedagogos asumen la responsabilidad de la educación de la hija. Es decir, que la figura fuerte y poderosa de la madre es un simple convencionalismo social, y la ruptura o ausencia de ella, debería poder ser un hecho irrelevante en el desarrollo personal de la hija. Siempre está la teoría del Complejo de Edipo de Freud, pero está más que comprobado en estudios realizados entre los gorilas , la ausencia de deseo sexual hacia los miembros de la propia familia, por lo que me quedo con lo que dice Platón. La madre hizo su papel, y en adelante, salvo el vínculo sentimental, no es una figura relevante en nuestro desarrollo personal, por lo que si te llevas mal con ella, no tiene la más mínima importancia en el devenir de tu existencia. Es un hecho irrelevante”

Primer aplauso de la tarde. Se conoce que el problema tiene cierto grado de extensión entre las asistentes. Y si la solución es pasar ampliamente de la madre, y encima recomendado por Platón, pues se va uno a casa deseando encontrarse con su madre para mandarla a hacer puñetas. Y si protesta, que vaya a ver a Platón.

La respuesta al primer problema planteado debió arrojar un cierto grado de esperanza sobre los (las) asistentes, puesto que la gente comenzó a animarse y perder la vergüenza. Prueba de ello la siguiente pregunta:

-Yo tengo un gran problema con las relaciones sexuales: Cuando termino, independientemente de con quién o cómo se han desarrollado, tengo una sensación terrible de culpa, como si hubiese hecho algo malo, algo éticamente reprobable, y no se cuál es la razón ni cómo superarlo.

La preguntita se las traía. Pensé que el conferenciante daría una larga cambiada, apelando a la intimidad del sexo o algo así, pero decidió afrontar el dilema con total claridad:

-“Probablemente el amigo Nietzsche nos podría ayudar. Nietzsche cree que hay un paralelismo evidente entre conciencia y religión, conciencia y culpabilidad. Está de acuerdo con Freud en que la culpabilidad proviene del hecho religioso. Por tanto, propone eliminar el concepto de pecado y de culpa, proponiendo una visión desacralizada de la religión, algo así como una corriente ética o filosófica. De esta manera, las propuestas de la religión, no dejarían de ser opiniones de un grupo de creyentes, sin ese barniz mágico que tradicionalmente le es consustancial. Es decir, que si el concepto de pecado no existe, no somos pecadores, y por lo tanto, nos regiríamos por nuestras propias convicciones morales. Incluyendo el sexo. Es tu educación religiosa la que te hace sentirte culpable, pero tú misma te puedes redimir, ya que no hay pecado que confesar.

Segundo aplauso de la noche. Es lógico: A la primera consulta, la solución es mandar a la porra a tu madre. Y a la segunda, le recomienda relaciones sexuales inmisericordes. No me extraña que salga a hombros.

Tal y como se encontraba la tarde, desde luego mucho más entretenida de lo que había previsto, decidí rematarla a lo grande, con una pregunta que contribuyese al jolgorio generalizado, y de paso pudiese poner en un apuro al ponente.

-“Perdone, pero tengo un problema en relación con mi novia. Simplemente, no soy capaz de entenderla en muchas ocasiones. Parece decir una cosa, pero luego…”

Me frenó en seco.

-“Discúlpeme, creo que la filosofía puede aportar una solución para la mayoría de los problemas de este mundo, pero hay algunos misterios que son totalmente irresolubles, o al menos los filósofos más conocidos de la historia no han podido plantear una solución asumible. No obstante, puedo plantearle algún tipo de estrategia, no original ni filosófica, pero sumamente efectiva. Según Oscar Wilde, a las mujeres uno no puede comprenderlas, solo puede amarlas. Oiga, y no aspire usted a superar a Wilde en cuanto a sensibilidad femenina. No se puede. Déjeme que comparta con usted la estrategia propuesta por el mayor genio militar de todos los tiempos, Napoleón Bonaparte: Las batallas contra las mujeres son las únicas que se ganan huyendo. Si a usted le parece una propuesta cobarde, puede que esté en lo cierto, pero recuerde que no es mía, sino de Napoleón”

Hombre, una solución como tal, pues no me lo pareció. Pero que el tío es un sabio, pocas dudas quedan. Lo más curioso es que las asistentes al acto asumieron sus argumentos como propios, y ninguna le acusó de machista. Entre ellas comentaban la veracidad de sus afirmaciones, y puedo asegurar que lo hacían con orgullo.

Al finalizar el acto, saludé a Assumpta, al orador y a la sexagenaria, y previo a los vinos que iban a ser necesarios para reponerme del impacto, pasé por una librería y me llevé “La República” de Platón, y una recopilación de Nieztsche. Miré a ver si nuestro orador tenía algo publicado. No recordaba el nombre, por lo que eché mano al bolsillo para leerlo de la tarjeta que había dejado para los asistentes. Al darle la vuelta, esperando un mini relato de sus méritos académicos, solo figuraba un cargo o profesión: “Consultor de Filosofía”

Y de los buenos, pensé.

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17 Comments

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  1. Me ha recordado a “Más Platón y menos Prozac”, que es cuanto menos, curioso.
    ¿Y te he dicho ya que tienes una forma de escribir que me encanta? Si te lo he dicho ya, olvídalo, que no quiero que me tomes por pelota. Si no, tómalo como un sincero cumplido sin ánimo de peloteo:) un saludo!

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    • Coincido con tu opinión, es un libro agradable de leer y muy entretenido. Sí, claro que es la inspiración. ¿Pero no crees que ser Consultor de Filosofía debe ser una profesión maravillosa?
      Bueno, creo que no me lo habías dicho, pero como no te veo peloteando indiscriminadamente, entiendo que es sincero, y me alegro. Ya sabes que es una opinión recíproca, me gusta mucho tu(s) estilo (s)
      Gracias por comentarlo, por ser un comentario tan agradable, y sobre todo por leerme.

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  2. No había leído esta entrada, como otras muchas, reconozco, pero como hay una segunda parte, aquí estoy para ver de qué va…
    Tal como la cuentas, el conferenciante era un sabio, sabía dar a los asistentes lo que ellos querían y para tu pregunta, la respuesta de todos los hombres, “que a las mujeres no hay quien nos entienda”. Yo creo que no es para tanto ¿o sí?
    Un abrazo, Antonio.

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  3. Ya sabemos que pasa cuando no se puede amarlas entonces.

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