Microrrelato: El Tilo

La tarde amenzaba tormenta, aunque en el cielo se dibujaban encajes blancos de nube sobre la colcha azulada. No sos vos, soy yo. La borrasca tronaba en mi interior, con relámpagos flanqueando y el trueno sujeto a duras penas. No dejé de probarlo todo, lo natural, lo artificial y lo esotérico, sin éxito alguno. De tormenta pasaría a tornado, y de éste a huracán.

Y escapé. Hacia allí, hacia el monte, hacia nada, sin saber, sin pensar, sin planes y sin rumbo. Posiblemente una maniobra defensiva, para proteger a los que me rodean de la onda expansiva que a buen seguro se estaba originando en mi interior. Sin razones, sin motivo, sin causa, sin control, porque sí, o por la confluencia de todos los porque no.

La huida solo trasladó el problema, varió la localización pero se mantenía la amenaza: el rumor interior in crescendo, los miles de agujas que atravesaban el cuore, buscaban nuevas vías de dañar, como si no quisieran mi muerte inmediata, sino mi sufrimiento eterno.

Llegué antes a la sombra que al árbol, yo diría topado, no encontrado. Atravesé el círculo concéntrico oscuro y casi por gravedad me derrumbé en la zona norte de sus raíces. O perdí el conocimiento o pedí tiempo muerto. Fue en el despertar o en la consciencia cuando percibí una sensación de calor interior, que iba progresivamente sustituyéndose por una circulación de electrones en sentido inverso, desde las extremidades al cráneo. Extrañado en grado sumo, me iba chequeando por regiones, las piernas, la pelvis, el abdomen…, y comprobando por sorpresa que la tormenta iba amainando.

La extrañeza dio paso a la alegría, o pudo ser a la inversa, pero mi cuerpo se acoplaba a las raíces del tilo como el bebe se adapta al vientre materno, con seguridad, confianza y calidez. Y poco a poco, una sensación de irradiación emergía en sentido centrípeto, algo así como el hallazgo de una balsa neumática en el más proceloso de los océanos; Te da esperanza, pero no confianza. Una luz en la más completa opacidad.

La experiencia se acumuló, se aparcó y se reservó…hasta la siguiente tormenta. Entonces enfilé el camino , acelerando hacia el tronco que ya conocía, y nuevamente, paso a estado de trance, recuperación de la consciencia y contra-tormenta interior. No eran imaginaciones, se había repetido el suceso, en circunstancias similares, por lo que el azar era una explicación menos plausible. Existía una especie de manto invisible y etéreo que envolvía el área del tilo y corregía las energías negativas que tanto me agobiaban.

Traté de hallar una explicación científica, lógica y reflexiva: microclima, irradiación de sustancias sedantes, sustancias adormideras, qué se yo. Lei, pregunté y aprendí, pero no supe o no pude hallar la solución. Entre vergüenza y egoísmo, decidí preservar el lugar y su magia, de la mirada de criaturas impuras que no podrían  apreciar su valor como yo.

Solo tuve un desliz. Quizá con quien menos debía. En una de mis crisis, mi madre debió observar un cierto grado de control y serenidad, hasta entonces imposibles. Y me preguntó, y se lo conté . “He descubierto un lugar maravilloso, donde percibo una magia sin igual, sin explicación y sin datos, solo se que me traslada a un lugar de máxima placidez y sosiego”

“¿ Y qué lugar es ese?”, Y se lo dije, al final del camino del cementerio, donde escarpa la montaña, donde frena el sendero, te vuelves hacia la alameda, y de repente te encuentras…” “El tilo” Boquiabierto le pregunté: “¿Pero lo conoces?” Con la carcajada en el alma, pero la sonrisa en la boca, solo me dijo: “Cuando eras bebé y te ponías a llorar, cogíamos el carro y volábamos al tilo. Tú llegabas y caías rendido. Luego despertabas hambriento, pero anestesiado. No dejamos de ir hasta que te fuiste haciendo mayor, y tus tormentas fueron cesando”

No pude añadir, discutir ni matizar. Solo aceptación tácita y confort interior. No sería eso, pero con eso me valía.

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