Huelga De Bares

A mí me cogió de improviso. En honor a la verdad, no hubo preaviso alguno. Simplemente sucedió. Yo me acosté siguiendo el procedimiento habitual. Primero la cena; Después esa serie americana de argumento fijo y personajes variables. Después primera cabezada. Primer aviso. Breve acceso al ordenador, revisión de redes sociales y directamente a dormir. Me indigna, porque si fuese algo más anárquico quizás hubiese podido estar atento y hacer algo al respecto. ¿Qué hubiera podido hacer? Hombre, no lo sé, pero alguien hubiese debido hacer algo. Todos somos contingentes, pero tú eres necesario, como decían en “Amanece que no es poco”

El despertar no me reveló ningún cambio, eso también me lo critico. Ante suceso semejante, un tipo de mi inteligencia y percepción debía haber detectado una situación de caos, como el que desgraciadamente se produjo. Ya, no hubiera servido de mucho, pero al menos evitar el shock.

Por tanto, salí a la calle completamente ignorante de lo que me esperaba, con ese bostezo consustancial, con ese atontamiento natural con el que convivo hasta la primera cafeína. Con los recuerdos de esa actividad onírica que me atormenta cual Pepito Grillo, y que me recuerda inmisericorde mi bellaquía de antaño. Yo no hago más que repetírselo a mi inconsciente, pero debe tener una hipoacusia severa. Le explico las circunstancias, el momentum, el entorno, la inmadurez, la inconsciencia y la ignorancia de entonces, y aún así, se mantiene impertérrito, inalterable, rayando en una definitiva intolerancia a los errores. Ya me he acostumbrado, qué remedio me queda. Me he convertido en ese Juan Galba de “Noviembre Sin Violetas”, que vive una vida de mantenimiento, al ralentí, mientras espera la desgracia a la vuelta de cualquier hoja de calendario, sabiendo que el balance aún no está cuadrado, que en el pasivo le espera una penitencia desproporcionada, que acabará con él tarde o temprano, y dará por finalizado ese purgatorio en vigilia que ahora le acompaña.

Afortunadamente, mi inconsciente y yo, solo nos hablamos en ese early morning, en esa mínima fase en la que puedo hacerme con él, ya se desquitará en la noche. Peleo fuerte unos minutos y le remato con el café mañanero. Y aquí fue donde se produjo la tragedia.

Al doblar la esquina de la calle que da a la plaza de los bares, ya me agachaba a pasar por debajo del cierre de persiana de “Casa Felipe”, mi destino habitual. Llego después que Felipe, pero antes que los clientes, por lo que siempre me toca abusar de confianza y franquear la entrada antes de la apertura oficial. En este caso, ni agachado ni en bipedestación. El cierre estaba echado y el candado puesto.

Aguanté unos minutos, aceptando la inevitabilidad de los retrasos por tráfico, pinchazos, o despertadores de los que todos podemos ser objeto en algún momento. No le iba a guardar rencor por eso, claro está. Me había salvado la vida muchos días. Rectifico, me la salvaba todos los días. Pero sin cafeína tendría que permanecer todo el día siendo consciente de mi miserable existencia, y eso no era muy conveniente.

Con un evidente y natural sentimiento de traición, como cuando pasas por la puerta de tu colmado habitual con una bolsa de Carrefour, o sonríes a la mejor amiga de tu novia, no tuve más remedio que enfilar en angulo recto la cafetería de …ni idea, no se como se llama, pero se que tiene café. Parece una de esas franquicias de nombre exótico, croissanes precongelados y horneados, y precios injustos.

Aquí no hay cierre, es una especie de chaleco antibalas que abrocha la totalidad de la fachada. Pero permanecía abrochado. Y yo sin balas. Esto comenzó a alertarme. Aunque no abría en la madrugada, como Felipe, a esas horas ya tendría que estar accesible. Me acerqué, buscando pistas del retraso, y observé la nota, Arial 12, donde se suponía que darían explicación a su inasistencia.

Tuve que darme de alta en varias redes sociales, apretar algunos “me gusta”(cuando en realidad quería asesinarlos),  para poder acceder al texto completo del mensaje que explicaba esa falta de decoro para con el cliente. Tras aceptar spam para el resto de mi existencia, puede averiguar el problema: Se había convocado (y con evidente éxito de crítica y público, vive Dios), Huelga General Nacional de Bares.

Aunque en estos tiempos ya no me extraña casi nada, sí que lo hizo la convocatoria. De momento, la palabra Nacional, ya casi no se usa. Debía decir “Europea” Claro que hemos de tener en cuenta que en Europa no hay bares, por lo que el Sindicato de Bares Español debería ser mayoritario, y por tanto, la huelga sí que era europea. Si se declarase huelga de pelotaris vascos, no habría competición en Wisconsin, eso podemos darlo por hecho. Me estaba liando; Claro, sin cafeína, yo no era más que un palet de neuronas sin orden ni concierto.

Ante este tipo de situaciones, es mucho mejor no dejarse arrastrar por el pánico, para poder analizar y evaluar el problema en su justo término:

  • Hecho número1: Los bares están cerrados. Consecuencia número1: No podía tomar café en los bares
  • Hecho número2: La duración de las huelgas puede ser variable. Consecuencia número 2: No podría tomar café en los bares durante un número de días variable
  • Hecho número3: Sin cafeína, yo era un despojo humano. Consecuencia número 3: Estaba verdaderamente jodido

Cuando analicé la consecuencia número 3, me dejé arrastrar por el pánico, pero ahora ya, con toda la razón. Tras sosegado y pormenorizado análisis, la perspectiva era aterradora. Tesis: No hay café. Antítesis: Café no hay. Síntesis: Estaba jodido. Hasta Hegel me lo decía.

Es en esos momentos de pánico, en los preparativos del armaggedón, cuando aparece ese “yo de repuesto”, que toma las riendas de la situación, y desglosa alternativas, más o menos imaginativas, para resolver, o al menos paliar los devastadores efectos de un problema. Se analiza, se trocea, se resuelve cada trozo por separado, y finalmente se ensamblan las soluciones.

La primera parte del problema centrábase en la obtención de una cafetera. Una máquina que enchufada a la red eléctrica o al fuego del gas ciudad, pudiese conseguir la presión suficiente para que el granulado de café se mezcle con el agua y obtenga la infusión. Considerando que eran las seis de la mañana, eso iba a ser un tanto complicado, al igual que comprar el grano y molerlo. La consecuencia número 3 se mantenía vigente.

No podía despertar a un vecino, no podía ir a otros bares, porque estaban de huelga. Se me encendió la luz. Podía ir a algún sitio público, con el fin de mendigar un café a un policía, a un médico, qué se yo. Fue imposible. Llegué a un hospital, y el vigilante de seguridad me impidió la entrada. Le expliqué que era una emergencia, pero se quedó mirándome y, usurpando las funciones de los facultativos, decidió por su cuenta y riesgo que no había urgencia alguna. Le demandaré, claro, pero ahora tenía otros problemas.

Me acerqué al antaño refugio para nuestras copas after hours, el tanatorio de la M30. Me pasó más o menos lo mismo, aunque aquí insistí un poco menos, todo hay que decirlo. Hay sitios en los que conviene estar poquito, salvo que sea inevitable.

Ya en el taxi, quemé mis naves. “Lléveme al aeropuerto” “Los bares previos a la puerta de embarque están cerrados”, me informó una pizpireta señorita con chaqueta grana. Al parecer, de la puerta de embarque hacia afuera, seguían la huelga, pero hacia dentro, se consideraba como territorio comanche. Quiero decir, que el estatus de esos metros cuadrados era jurídicamente discutible. Benditas leyes.

Sin vacilar, enfoqué la puerta en mis pupilas, y haciendo uso de mis reservas energéticas, me dirigí concierta ligereza hacia el control de embarque. Fuí detenido en seco por una pareja de señoras de mediana edad, que explicaban no se qué de productos de aseo. “Yo solo quiero pasar a tomar café, respondí” Dios las bendiga, entendieron mi situación al instante, y me explicaron la mejor manera de resolverlo.

“Vaya usted a las taquillas, compre un billete para cualquier sitio, y venga otra vez. Le dejamos pasar, y usted puede ya tomar los cafés que quiera en los establecimientos del interior” Las lágrimas asomaron a mis ojos. No puedo dejar de pensar que en esa acción solidaria, me reconciliaron con el género humano.

Con la seguridad plena del que se sabe con la razón, la fuerza y la inteligencia, asomé por la ventanilla vacía de la primera aerolínea, la más cercana a la puerta de embarque. Solicité un billete. “A donde quiere volar, señor”, me dijo con inconfundible acento sudamericano. “Me da igual, señorita” No se alteró lo más mínimo, y me propuso un vuelo que salía en poco más de una hora hacia Barranquilla.

Creo que esa fue la señal definitiva. ¿Donde podría ir a tomar un café mejor que a Colombia? Pagué, sonreí y me dirigí despacio hacia el control de embarque. Allí pude exhibir mi billete en señal inequívoca de triunfo, agradecí de nuevo a las señoras que habían salvado mi existencia, y atravesé las horcas caudinas, sin el más mínimo reproche o protesta.

“Con leche en vaso, muy largo de café” “Enseguida, señor”

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9 Comments

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  1. Me he sentido tan reflejada…No valoramos suficiente la rutina hasta que nos quitan el café de mañana.#lovecoffee

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  2. Quizás yo hubiese hecho lo mismo…

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  3. El reto..perdón
    Aunque va para rato 😉

    Le gusta a 1 persona

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