La Tienda De Elogios

Harto de no poder encontrar un alojamiento definitivo para mi cuerpo cansado y mi mente atormentada, decidí que era el momento oportuno para un cambio. No una reorientación, sino una modificación radical de mis principios y valores, que me permitiese una reconciliación completa conmigo mismo. Llevábamos un tiempo enfadados, yo y yo, y esa situación no podía ni debía prolongarse mucho más tiempo.

Y si buscas un cambio radical, nada mejor que adoptar pequeñas decisiones y otorgarles una importancia desproporcionada. Te engañas a tí mismo, eso sí, pero quién va a enterarse. Si acaso uno mismo, y siempre puedes disculparte y encontrar miles de atenuantes.

La primera decisión que tomé fue la de cambiar de trabajo. Esa fue muy fácil, porque no tenía. Eso me animó mucho. Porque decidir dedicarte a algo distinto de lo que no estabas haciendo, nunca es sencillo. Me enorgullecí de mí mismo, debo confesar.

La segunda decisión fue encontrar un trabajo. Recordad: había decidido cambiarlo, pero no tenía ninguno, luego el cambio implicaba encontrarlo.

La tercera decisión a adoptar fue elegir el oficio a desempeñar. Considerando mis capacidades, mi experiencia, mi particular idiosincrasia, mi edad, y todas esas cosas que deben tenerse en cuenta a la hora de venderse, opté por no buscar un trabajo, al menos uno en el que alguien tuviese que contratarme. Era una pérdida de tiempo. Nadie lo haría.

Por tanto, la siguiente decisión fue más sencilla. Crear mi propio negocio. Una cosa es segura: Me contrataría a mí mismo, por lo que sería innecesario todo el estrés relacionado con los procesos de selección, una gran ventaja. El reclutador me conocía de sobra y me aceptaba tal cual.

De todas las cosas que podría hacer, no logré concluir cuáles de ellas podrían llegar a financiarme los garbanzos, por lo que me decanté por una actividad nueva, en la que pudiera beneficiarme del factor sorpresa para que la gente, una vez noqueada por la novedad de mis servicios, optara por contratarme.

Rescaté la opción de ser Trovador de Oficina, una vieja aspiración desde niño. Creo firmemente que podría hacerlo muy bien, en el caso de que nadie tuviese en cuenta el factor de afinación musical. Lo demás lo tenía todo, pero mis neuronas se negaban inconscientemente a someterse a la dictadura del solfeo. Siempre me ha gustado ese punto rebelde que tienen, pero en ese caso, me ponían muy cuesta arriba el triunfo. Con mucho pesar descarté la idea, aún pensando que hubiera podido hacerlo bien, pero es que un Trovador de Oficina sin música, iba a resultar difícil de vender.

Desde ahí, buscando los caminos de menor dificultad, como el agua montañosa avanza hacia el mar, encontré el estuario, la zona de confort en la que podría establecerme y encontrarme a mí mismo como profesional y persona. Estaba decidido, iba a tener mi propia tienda: La Tienda De Elogios.

Seguramente el lector pensará con rabia e impotencia: “¿Cómo no se me habrá ocurrido a mí?” Lo entiendo, debe resultar frustrante, pero mi capacidad para encontrar soluciones geniales se encuentra muy por encima de la media, dicho sea con la máxima humildad de la que soy capaz, que no es mucha, francamente.

Tuve que salvar varios inconvenientes burocráticos antes de poder colocar el rótulo, es cierto. No fue nada fácil, lo reconozco. No conseguí que nadie me prestara un local para poder desarrollar mis actividades profesionales. Todo el mundo quería obtener de mí algo tan prosaico como el dinero. En un momento dado, tuve que ceder, y le propuse al propietario del local que participase en los beneficios que obtuviese, a cambio de cederme el local para la tienda. Un exceso de concesión por mi parte, estoy de acuerdo, pero soy tan humilde como generoso.

El propietario me preguntó cuál iba a ser el negocio que se implantara en el local, y yo le expliqué, solicitándole la máxima discreción, que ese local sin vida, sin sentimientos, sin pasión y sin belleza, podría llegar a ser la sede central de una futura multinacional dedicada a proporcionar elogios al cliente, bien para uso propio o para su empleo en terceras personas.

Desde luego, hay personas que tienen una visión de la vida extraordinariamente conservadora, en la que el mínimo grado de incertidumbre les atora la capacidad para detectar los grandes negocios. El propietario era de éstos, poca duda cabe. No consintió en cederme el local, resumo. En algún momento tuve la sensación de que podría llegar a apropiarse de mi idea y adelantarse a mí, abriendo el negocio en su local, pero para mi alivio, a las pocas semanas se abría una franquicia de 100 Montaditos.

No soy un tipo cobarde ni pesimista, pero en algún momento llegué a plantearme la posibilidad de estar equivocado. Sé que es sonrojante y, a la vista del éxito actual, parece descabellado, pero así fue. Afortunadamente se me ocurrió la posibilidad de deslocalizar el negocio, y esa fue la decisión de mi vida. Me olvidé de locales caros, difíciles de mantener e impersonales, y diseñé un modelo de negocio itinerante, dinámico, flexible y próximo al cliente.

Supe que iba por buen camino, cuando mostré los bocetos de mi identidad corporativa en una tienda de coches de segunda mano. Analizando mi negocio, localizaron para mí todo un clásico de la automoción, que tenían a todas luces reservado para un cliente especial; Se encontraba estacionado fuera de las miradas indiscretas de los típicos compradores de vehículos impersonales, los que solo buscan potencia, confort y vistosidad.

Cuando me dieron las llaves de mi Simca 1200 ranchera, detecté una confianza extrema en mi proyecto por parte del vendedor. Aceptó los 50€ que tenía reservados como gastos de establecimiento inicial, y confió en mi palabra de acudir a pagar los otros 25€ restantes en cuanto el proyecto se consolidara.

Me uní a esos impresionantes Centros Comerciales Móviles, que la gente del pueblo llama con evidente ánimo jocoso “Mercadillos” Me ubiqué entre dos auténticos fenómenos comerciales; De un lado, Moha, un tipo con extraordinarios contactos entre los mejores fabricantes del mundo: relojes, bolsos, carteras, gafas de sol,…Era capaz de vender a unos precios increíbles. Obviamente debía camuflar su éxito comercial para que las envidias de sus competidores no pudieran perjudicarle, para lo cual dormía sobre una alfombrilla, embutido en un saco de dormir; Solía elegir los rellanos de las oficinas bancarias, supongo que le aportaba un grado de protección adicional.

Mi otro vecino de establecimiento, Florin, se dedicaba al sector de las telecomunicaciones (IT, para algunos) Su negocio consistía en la reparación, reacondicionamiento y compraventa de centrales de telecomunicación, de extraordinario parecido a los teléfonos móviles. Al igual que Moha, debía ser una especie de gurú de su segmento. Un poco celoso de sus cosas, no daba una explicación clara de quiénes eran sus proveedores (fabricantes alemanes, sin duda)  Pero es lógico, yo tampoco puedo contarlo todo de mi actividad, y ambos lo entendieron cuando así se lo expliqué.

Al principio estaba un poco nervioso por la acogida del producto, y posiblemente me excediera en la cantidad y calidad de mis primeros elogios, pero hay que pagar la novatada en cualquier actividad novedosa. Los adjetivos no son infinitos, eso es cierto, pero se puede lograr su reutilización si los combinas adecuadamente.

Recuerdo perfectamente mi primer cliente. Se trataba de un matrimonio mayor, que observó atentamente mi letrero anunciador, y se dirigió hacia mí con paso vacilante. Tomó la palabra el marido para preguntarme mis tarifas. Tras elegir el formato premium, me explicó que era su aniversario de boda y no habia podido comparle nada a su mujer, por lo que ambos habían acordado que él le regalaría unas bonitas palabras durante el día. Como no se le ocurrían muchas, decidió encomendarse a un profesional.

“Mire, yo no trabajo exactamente así. Es muy fácil escoger unas palabras genéricas, enlazarlas con cierta musicalidad, pronunciarlas con sentimiento y llegar a la persona que las recibe. Cualquier puede hacer eso. No es mi caso. Yo solo pronuncio los elogios cuando el receptor es verdaderamente acreedor de los mismos y para ello, necesito información que lo avale”

Se quedó mirándome con ojos preocupados, y pasó a darme sus argumentos

“Se trata de la mujer de mi vida, de la que me enamoré al primer golpe de vista, cuando éramos compañeros de clase en el colegio del pueblo. Juntos hemos cogido frutos, vadeado ríos, subido colinas, descubierto los besos, sufrido y disfrutado embarazos, educado a nuestros hijos y enterrado a nuestro padres. No se me ocurre pensar qué hubiese sido de mi vida sin ella. Pero no soy capaz de pronunciar las palabras bonitas que le prometí, porque mi formación literaria es nula, solo fuí al colegio y trabajé toda mi vida. A ver si usted puede ayudarme”

Dí por buenos aquellos argumentos, me parecieron suficientes para proporcionar unos elogios premium, y ya me disponía a recitarlos, cuando la mujer le cogió de ambas mejillas, le atrajo hacia ella, le abrazó, y se encadenó a su brazo enfilando el camino hacia su casa. No sé que pudo pasar, ni siquiera me dio tiempo a empezar. Tampoco me pagó, eso es cierto.

El mismo día acudió a mí una adolescente con crisis de imagen. Se veía fea, sosa y con exceso de peso. Su vida no parecía estar sobrada de elogios; Ni sus padres, excesivamente ocupados, ni sus maestros, ni sus amigos (no tenía muchos) En efecto, los necesitaba.

Mi ética de trabajo no me permite mentir, así que estuve un tiempo estudiando sus rasgos, y charlando con ella, para poder detectar los puntos dignos de alabanza. Cuando le preguntaba por sus pretendientes, esbozó una sonrisa de sorna. No los tenía, no los había tenido y no esperaba tenerlos. Pude reparar en la sonrisa y fue más que suficiente. El óvalo perfecto de sus labios dejaba traslucir unos dientes marmóreos que resplandecían al contacto con la luz del sol. Simultáneamente, sus párpados desaparecían sincrónicamente para ofertar los ojos más grandes que había visto nunca. Las pupilas parecían dos túneles sin salida, que podrían engullirte sin piedad y sin miedo. Las pestañas se alineaban a ambos polos, cayendo como las almenas de los castillos, advirtiendo al espectador de los tesoros que se encerraban tras ellas.

Con esos elementos, y mi profesionalidad, pude elegir los adjetivos proporcionales a la tarifa elegida, y me gané mi primer cliente. Volvimos a vernos meses más tarde, pero no precisó de mis servicios, acaso por vergüenza, ya que iba acompañada de un jovencito de su edad, en actitud muy mimosa.

No todo fueron días felices, también tuve que renunciar a elogiar a un personaje que contrató mis servicios con el simple argumento de un fajo de billetes. Cuanto más iba preguntando, más convencido estaba de que no era un adecuado receptor de elogios. Y mi negocio no es el de generar insultos, aunque podría hacerlo, porque para eso ya hay mucha competencia. No se lo tomó a bien, pero mi ética de trabajo es bastante inflexible.

Poco a poco, fuí perfeccionando el negocio. No solo proporcionaba elogios en directo, sino por mensaje de texto, correo electrónico, correo postal (con suplemento) Desarrollé una técnica para que los más jóvenes pudieran elogiar con clase, fundamento y sentido, sin sobrepasar el límite de tarifa de datos. A veces me quedaban excesivamente encriptados, pero al parecer, ellos se entendían.

A veces, anhelo esas épocas de mis comienzos, donde todo lo hacía por mí mismo, en directo, sin intermediarios. Me azora un poco explicar que ahora disponemos de sistemas más automatizados, con rastreo automático de redes sociales, fotografías, curriculum, y otras muchas técnicas que sin duda facilitan mi trabajo. Incluso tenemos un servicio (que me niego a proporcionar personalmente, pero que es muy demandado), basado en algoritmos automatizados que contemplan variables tan prosaicas como la edad, el estado civil, signo del zodiaco y check list de gustos personales, con el fin de redactar elogios estandarizados. No me siento orgulloso, pero a veces hay que rendirse a la evidencia. Mucha gente necesita muchos elogios, y probablemente no haya otra forma. La gente no sabe alabar, y probablemente no quiere hacerlo.

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6 Comments

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  1. ¡Genial! (Y yo no soy de ese gremio, así que no es un elogió profesional, sino meramente aficionado).
    Además, es cierto que mucha gente resiste el reconocer las bondades ajenas. Pero yo creo que cuesta bien poco, aunque si se le puede sacar partido…
    Original, fresco y con “moraleja”, muy de mi gusto!:)

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  2. Gran artículo Antonio…como siempre.

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  3. Gran artículo Antonio…una vez más.

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  4. Algo así me ocurrió desde pequeña, y a falta de recibir elogios, me dediqué a crearlos para mí, y una vez que empezaron a sobrarme, empecé a regalarlos, a cambio de sentimientos, que esos, no podrán comprarse ni venderse nunca, porque nacen en un lugar intangible, a medio camino entre el corazón y el alma!

    Gracias Antonio, me ha gustado muchísimo

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