El marchante

Pudo ser en el primer cruce de miradas; Desde luego, no mucho más tarde. No diría que fuese alta, aunque impulsada en esos tacones kilométricos, bien habría podido hacerse pasar por modelo de alta costura o pívot de primera división. Lamento reconocerlo, pero en esta ocasión comencé desde abajo. Me avergüenzo, desde luego. Pero es que me acababa de agachar a recoger mi invitación, y ni siquiera pude levantarme de golpe. Unos tobillos asombrosos adheridos a la más fina seda negra que os podríais imaginar. Igual eran de mercadillo, pero no me dió esa impresión. El resto del recorrido visual, ya tuvo que ser en dirección caudo-craneal. Repito mis disculpas, pero había que verla.

El resto del cuerpo se iba apareciendo en armoniosas proporciones, curveando en los lugares correctos, pero en la más correcta alineación antes vista. A la altura de la nuca, ya estaba enamorado y pensando en la belleza de nuestros hijos, siempre y cuando Mendel no estuviese en lo cierto, y la totalidad de los cromosomas los aportase ella.

En lugar de hacer lo correcto, golpear con el codo a mi acompañante, hacerle que se fijara en esa deidad, y dirigirme a la barra, alguna fuerza sobrenatural me impulsó en su dirección, y los frenazos imaginarios de mis mocasines, no pudieron evitar que en un momento dado, sus ojos y los míos iniciaran una silenciosa confrontación, en la que fuí estrepitosamente derrotado, como era de suponer.

Inesperadamente, cuando estaba a punto de iniciar la retirada más vergonzosa de la historia, ella decidió fulminarme sin piedad. Abrió la boca, me cegó con su laser ocular y se dirigió a mí en los siguientes términos:

“Hola, soy Sandra. ¿Cómo te llamas?”

De sus palabras y su mirada, solo podía esperarse un ataque nuclear, claro está. No es que me engañase, ya sabía que estaba jugando conmigo como el león con la gacela. En cualquier momento, abriría sus fauces, me devoraria y mi alma acabaría emigrando a algún planeta sin anillos, para vagar el resto de mi existencia. Yo me lo había buscado, desde luego. A quién se le ocurre.

Como ya estaba muerto, decidí jugar la baza de la resistencia numantina, a ver si con suerte le resultaba gracioso y me borraba del mapa sin sufrir en exceso. Algo rápido, indoloro no podría ser, en fin, lo que hubiese de ser, cuanto antes.

“Me llamo Jaime, ¿como estás?” Me eché hacia delante con la intención de darle dos besos, por lo menos eso me llevaría. Ella giró a la velocidad de vértigo y se alineó con la pared, aunque sin traslación espacial.

“Yo he venido a esta exposición simplemente por un favor personal, porque este tipo de arte me parece un coñazo. ¿Y tú?” Decidí jugarme el todo por el todo.

“Bueno, yo no tengo más remedio, es mi trabajo. Soy marchante de arte”

Pareció divertirle. Yo solo intentaba intentar salir con pocos daños, y se me había presentado una remota posibilidad. Desde luego, mis conocimientos de arte no son mejores que los de la fermentación de los quesos de cabrales, por lo que la cosa iba a resultar graciosa.

“Entonces, ya que eres marchante de arte (pronunción con acento y cierto retintín), ¿qué puedes decirme de este cuadro?”

Comencé a notar cómo comenzaba a secarse mi lengua, y un titubeo mental empezaba a recorrerme enterito. Pero no podía rendirme a la primera. Veamos. La exposición es de un tal Philippe Souto. Y se supone que está vivo aún. La sala es de cierta prestancia, en la mejor zona de Madrid. Eso no debe ser sencillo de conseguir. Por lo tanto, el tipo debía tener cierto renombre. Los cuadros que pude ver en la sala, eran todos de motivos bucólicos, sin ápice de realismo, y con tonos muy oscuros predominando en sus lienzos.

“Bueno, como ya sabes, el autor es uno de los más pujantes exponentes de la escuela francesa de pintura paisajística, que como sabes, se encuentran muy influidos por la creciente corriente de sostenibilidad del planeta. En este cuadro en concreto, podemos apreciar la visión del autor sobre la fuerza del mar, como elemento indispensable de vida en el planeta, y cómo es capaz de atacar las construcciones del hombre, fíjate en ese rompeolas que a duras penas puede sostener su empuje. Probablemente esté inspirado en sus orígenes españoles, en concreto, de su infancia en Galicia.”

En realidad, en el cuadro no había narices a saber qué se representaba. Una mancha azul y blanco, pasando por encima de otra marrón, bien podría ser cualquier cosa. De hecho, incluso podría ser lo que yo le había dicho.

Ella debió pensar poco más o menos lo mismo, porque siguió andando hacia la sala contigua, donde se exponían elementos de escultura, o al menos eso decía el rótulo.

Se adelantó unos metros, se colocó en una especie de cercado que se delimitaba en el suelo y señaló hacia tres tuberías rectangulares, huecas en su interior, con rejillas visibles. Luego se giró en redondo, apoyada en los tacones que la sostenían al suelo, y me lanzó una mirada desafiante:

“¿Y esto? ¿ Qué crees que simboliza?”

Para ganar tiempo, me coloqué por delante de ella, luego retrocedí para alcanzar un ángulo correcto, desde el que pudiera observar claramente qué no tenía ni idea de lo que simbolizaba el conjunto, y seguí con el teatro:

“Bueno, se trata de un conjunto escultórico de tres elementos trabajados en chapa fina y remates de puntos de soldadura. Incuestionablemente interpreta la famosa teoría de los cuatro elementos de los filósofos clásicos de la antigua Grecia. La que esbozaron Tales y otros, pero que fué finalmente aprobada por Aristóteles. Es decir, Agua, Aire, Fuego y Tierra. Sabes que Aristóteles promulgó un quinto elemento, el éter, que rellenaba el espacio, para que no se produjera ningún vacío.”

“Tú has dicho cuatro elementos, pero aquí solo hay tres elementos. ¿Entonces?”

Como ya iba lanzado, decidí no pararme en barras. De perdidos, al río.

“El elemento que falta es el fuego. Es una clara alegoría contra los incendios forestales, y por tanto, contra la mano del hombre, que va a acabar con el planeta, por falta de prevención y por provocar los fuegos que acaban con los otros elementos”

Ya en este punto, comencé a detectar que su resistencia se debilitaba, bien porque reconocía mi supuesta superioridad técnica en ese campo, bien porque me había dejado por imposible.

Enlacé las dos primeras copas de champagne que por allí desfilaron, y me lancé a un ataque tan violento como elegante y desesperado. La invité a venir a mi casa y ella solo puedo oponer que prefería que fuésemos a la suya.

Ya en el taxi que nos llevaba, y tras las primeras caricias y besos, mis remordimientos no me dejaron continuar más allá. Tuve que decirle la verdad, que no era marchante de arte, sino un humilde escritor, y que todo lo que le había dicho era una completa patraña.

Se lanzó a mi boca como una posesa, se cercioró que no existiese ningún punto de no adherencia entre nuestros labios, y consiguió que no pudiera pensar más en ello, ni en ninguna otra cosa.

Una vez llegado a su portal, le agradecí que tuviera la amabilidad de tranquilizarme por mi pequeña travesura.

“Mira, en realidad soy la dueña de la Galería. Te ví entrar mucho antes, y me pareciste un tipo de lo más atractivo. Si no te hubieses aproximado, hubiera pedido que nos presentaran, te hubiera tirado una copa encima, o hubiera buscado tu nombre entre los invitados. En cualquier caso, de allí no hubieses salido vivo”

P.D. Inspirado en el post London Calling (two)

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4 Comments

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  1. Ah, mujeres de ideas claras. Y aún piensa alguno que “nos convence” de algo… Jajajajajaja

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  2. Me encantó el relato Antonio!

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