El Trovador de Oficina

Normalmente se acercaba los viernes. Teníamos una cuadrícula apaisada en el panel de corcho de empleados donde figuraban los teléfonos del Telepizza, TeleTaxi, y otra serie de servicios telemáticos de público interés. En ella, se exponían los días de asistencia a la oficina de servicios complementarios, entre los que contábamos con el Trovador de Oficina.

Admito que puede parecer una idea inhabitual, aunque yo más bien lo clasificaría como un servicio indispensable, dada la crudeza de los tiempos en los que vivimos a los que, lógicamente, nuestra oficina no es ajena.

Nuestro medio ambiente laboral tiene algunas peculiaridades que debería comentar para situar al lector. Nos dedicamos a la elaboración de estudios de viabilidad de nuevas empresas, con el fin de valorar la conveniencia de apoyarlas con subvenciones públicas. Se trata por tanto, de facilitar o dificultar la conversión de sueños entrañables o pensamientos idilicos, en realidades palpables y tangibles. Ya podrá suponer el lector nuestro alto grado de responsabilidad.

El desarrollo normal de nuestro trabajo incluye discusiones, intercambio de pareceres e incluso peleas, normalmente entre la sección creativa y los financieros. Es lógico. Estos últimos intentan imponer la dictadura del excel y los primeros, la democracia de los anhelos más profunfos. El yin y el yan.

Lamentablemente, la última palabra la tiene el financiero. Es el cancerbero de esa Laguna Estigia donde se acumulan los billetes que podrían transformarse en la felicidad de las personas, de esos emprendedores ilusionados e ilusos que acuden a nuestras puertas en busca de comprensión, solidaridad y cercanía.

Los creativos, a la vista de las enormes tensiones que adornaban las mesas de trabajo, decidimos cambiar de estrategia y recurrir a nuestras armas: La imaginación, el disparate, la locura. Y se nos ocurrió que el antiguo dicho “la música amansa a las fieras”, podría tener una aplicabilidad práctica, previo a que las reuniones se transformasen en una especie de Trafalgar sin barcos.

Propusimos múltiples ideas: hilo musical con mensajes subliminales, galletas de la suerte chinas en la máquina del café, con mensajes lacrimógenos procedentes de canciones románticas, peticiones radiofónicas orientadas a su ablandamiento sentimental…Ya digo que somos los creativos, nos pueden acusar de otra cosa, pero ideas, lo que se dice ideas, tenemos para exportar.

La decisión final la tomamos en la fiesta sorpresa celebrada para festejar el cincuenta cumpleaños de un querido compañero. Comprendido en el catálogo de múltiples detalles que hicieron del evento una noche fabulosa, se encontraba una insuperable playlist ochentera, cuyo éxito desbordó las previsiones de bailes, abrazos y gozos. En esos momentos, el equipo de creativos, casi al unísono, decidimos que esa era la estrategia definitiva.

Propusimos darle un barniz que incrementase el romanticismo de la idea, puesto que el objetivo principal era ablandar el cuore de los tipos del excel, y para ello, precisábamos munición de primera. Dudo que solo con Spotify fuera suficiente. Por tanto, debíamos acudir a la esencia de la poesía musicalizada. Necesitábamos a la Tuna. Por encima de mi cadáver, dije. En todo caso, un trovador. “¿Y qué diferencia hay?”, dijo un becario. “Llevan guitarras, cantan y van vestidos con jubones medievales” Tuvieron que sujetarme, claro, porque iba a por él derechito. Me vieron enfadado, he de reconocerlo. Soy creativo, pero tengo mi corazoncito.

Afortunadamente, los cariños de mis compañeras consiguieron calmarme y pudimos centrarnos en el perfeccionamiento de la idea. Convinimos en su utilidad, en su aportación. La decisión estaba adoptada. Unicamente quedaba llevarla a la práctica. Utilizamos la vía más lógica: Búsqueda en internet y páginas amarillas. El capítulo “Trovadores”, “Poetas Musicales” e “Intermediadores Musicales” se encontraba sorprendentemente vacío. Cuestión de refinar la búsqueda, seguramente.

Finalmente pudimos escoger a varios candidatos al puesto, a través de un simple anuncio por palabras “Grupo empresarial, líder en su sector, precisa Trovador de Oficina. Salario a convenir” Lógicamente tuvimos que hacer un serio esfuerzo filtrador, ya que recibimos curriculum a centenares. Tal y como está el mercado de trabajo, las respuestas al anuncio no se acoplaban debidamente a los requisitos. Fíjese, amigo lector, que varios cantautores, con decenas de versiones de Aute, osaron optar al puesto. Es que la ignorancia es atrevida.

De la terna de candidatos que llegaron a ronda final, nos decidimos al instante por un candidato de mediana edad, mirada lánguida, ojos claros, nariz aguileña y aspecto enjuto. En fin, lo que viene siendo un trovador. A la entrevista acudió con el uniforme reglamentario: Jubón de raso negro adornado con plumas. Calzas listadas en gules y negro. Camisa abotonada en su parte delantera. Medias verde oliva y escarpines negros. Eso nos ganó en primera instancia. La prueba definitiva la superó al abrir una especie de funda rígida, desde la que emergió un auténtico laúd, genuinamente medieval, con el que conformaba la estampa perfecta del auténtico Trovador de Oficina. Ya tenía la plaza, cuando comenzó a hablar en un castellano adornado con un perfecto acento porteño. Estuvimos a punto de elegir a un Trovador argentino.

Nos decantamos por la segunda opción. Más joven, menos enjuto, pero con acento conquense. Obtuvo aprobación por unanimidad, tal vez para tapar el patinazo de nuestra anterior elección, tal vez por real convicción. Quedamos con él en que estaría a prueba durante cuatro semanas hasta que tomásemos una decisión definitiva.

Su debut se produjo enseguida. Teníamos una reunión programada dentro de cinco días, con un programa complicado. Debíamos intentar que los financieros aprobasen un proyecto centrado en proporcionar un entorno físico para el intercambio o trueque de artículos de decoración elaborados de forma artesanal. El objetivo no era otro sino evitar las terribles servidumbres de la burocracia: impuestos, autónomos, facturas, etc. Presumíamos una seria dificultad para convencerlos, tanto por la novedad de la idea, como por la aparente anarquía económica que aportaba. Era la prueba de fuego.

Mandamos al trovador en su debut, a intentar suavizar a los financieros. Les sorprendió un poco. También es cierto que venía debidamente pertrechado con un traje reglamentario, laúd medieval, y algunas partituras. Le habíamos facilitado la información necesaria para que pudiera inspirar sus poemas musicalizados. Afinó el laúd con parsimoniosa técnica y comenzó a recitar:

“En aquestas penas, en aquestas carencias,

llegannos al alma, el llanto nos embarga

Ayuda precisamos, para aliviar la tristeza

levantar el futuro, solo con esfuerzo”

Aunque yo no clasificaría estas frases como poesía, lo cierto es que acompañadas al laúd, sonaban bastante lastimeras, y nos proporcionó una primera victoria. Los financieros son contrincantes de primer nivel ante una batalla con armas convencionales, pero en estas guerras de guerrillas, se pierden bastante. La reunión transcurrió muy plácida, se aprobaron nuestras propuestas, y lo celebramos secretamente.

En esa línea, cuando la importancia del proyecto lo requería, avisábamos al Trovador, y éste preparaba una línea de poemas musicalizados, al estilo de la canción protesta de Paco Ibáñez, pero con acompañamiento de laúd, cuya combinación no podía ser neutralizada por los financieros, que se venían abajo estrepitosamente y aprobaban lo que les pusiéramos por delante.

Entretanto, el Trovador acudía a la oficina regularmente, para atender los múltiples encargos personalizados de cada uno de nosotros: Mediación en disputas de compañeros, asuntos amorosos de difícil viabilidad, cuadros depresivos por reveses familiares, regalos de cumpleaños originales,…No diría yo que fuese infalible, porque hay gente de miocardio granítico, pero el porcentaje de éxitos era considerable. Consiguió que las dos chicas de recepción se cambiasen turnos de trabajo, lo que pocos meses antes era misión imposible. Simplemente con dos estrofas:

“Vuesa merced, despliegue de virtudes inmensas

paradigma de la generosidad y el amor,

escuela de nobles damiselas…”

Claro, la otra se rindió al instante. Le cambió los turnos que fuesen precisos, y lo que hubiese sido menester. Hombre, es que un Trovador te está diciendo que eres una persona extraordinaria. ¿Quién podría resistirse? Vale que sabes que le han soltado pasta para eso, pero …

Un día, sin previo aviso, el Trovador nos reunió en el office, y nos dijo que se iba a trabajar a Noruega, porque él, en realidad, era Ingeniero Técnico Forestal, y le había salido trabajo de lo suyo. Me fastidió que no lo musicalizase. O en realidad, me fastidió que se fuese. No pudimos hacer contraoferta alguna, claro, porque la ausencia de bosques en el área urbanística donde se hallaba la oficina era evidente.

Le pedimos que recitase un último poema, pero comenzó con “cuando un amigo se va…” Hubo que pararle en seco, porque las lágrimas colectivas comenzaban a inundar la estancia. Una canción de Alberto Cortez, que ya es lánguido de por sí, recitada al laúd por un Trovador de Oficina, es algo insuperablemente triste. Se le despidió, se le lloró, y se le anhela.

A veces se conecta por skype, pero ha cambiado el jubón por un plumífero de diez centímetros de espesor, y no creo que use ya medias verdes. Le pedimos alguno de sus grandes éxitos, pero sin laúd, porque dice que se le hielan las manos. A nosotros se nos hiela el corazón, pero debemos seguir viviendo. Sin Trovador.

 

 

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8 Comments

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  1. Víctor Nanclares 29 diciembre, 2015 — 2:13 pm

    “A veces se conecta por skype, pero ha cambiado el jubón por un plumífero de diez centímetros de espesor, y no creo que use ya medias verdes.” Que grande…

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  2. Un trovador ingeniero… ¿A dónde vamos a ir a parar?

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  3. Que blandos son en la ofi.
    ¿ O quizá necesite yo un trovador?
    Ingeniero o lo que sea.
    Las galletas de la suerte no eran tan mala idea.😂

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  4. Jajajaj…Pero unos gramillos, y nada de lágrimas por Skype. Pobrecito. Las suyas serían cómo estalactitas.

    Le gusta a 1 persona

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