Ese Equilibrio Inestable

Este amigo mío no acepta un “no” por respuesta, pero se llevó unos cuantos. Yo trataba de explicarle la manifiesta imposibilidad de ponerme a su disposición durante una semana, por suculenta que fuese la recompensa. Está demasiado acostumbrado a ejecutar sin dilación cualquiera de esos planes locos que le surgen en la soledad de su dormitorio, en la compañia del café o en el trajín del gimnasio.

Es un tipo de posibles. Muy posibles. Quiero decir que no le faltará dinero para vicios en ningún momento de su vida. Es de estos a los que envidiamos con todas nuestras fuerzas, aunque los tratamos con fingida normalidad. En esas condiciones, cuesta trabajo traspasar sus meninges para que se pliegue a la cruda realidad de que las gentes normales tenemos nuestras vidas, y todo su dinero no es suficiente para abandonarlas por una idea disparatada de las suyas.

También es posible que no lo comprenda porque nunca le digan “no” a nada. Porque las gentes normales sean plenamente capaces de abandonar sus normales planes para compartir una excentricidad de las suyas. Especialmente si paga él.

En mi caso, y como de costumbre, consiguió convencerme con la propia naturaleza del proyecto: Pasar unos días en Portugal, en la costera zona de Aveiro, con el fin de revisar y catalogar una colección particular de libros y discos , procedentes de un particular que la había testamentado a favor de sus herederos, probablemente con el objetivo de que pudiera perdurar, corregida y aumentada, en el seno de su familia. Sus nietos, por el contrario, tenían una idea diferente. Expusieron el legado en ebay, y mi amigo Sinatra (le llamamos así por hacer siempre las cosas a su manera) le echó el ojo al instante.

Existían algunas incógnitas, algunos matices sobre la colección, que aconsejaban valorarlos in situ, antes de correr con los gastos de los portes y de que la operación estuviese oficialmente cerrada. Sinatra necesitaba manos y ojos para considerar con más detalle la composición de la colección, y por eso me llevaba con él. No le haría falta en condiciones normales, porque su conocimiento de estos asuntos es más que suficiente, y desde luego muy superior al mío, al menos en lo que a libros antiguos se refiere. En cuanto a música estábamos un poco a la par, ya que siendo mi amigo un consumado experto en música clásica, ópera y jazz, no tenía ni papa de rock and roll, pop o música disco, y el catálogo oficioso amenzaba con cierto grado de presencia en esos estilos.

Me presenté en el aeropuerto con un grueso maletón, repleto de ropa y enseres orientados a pasar la semana sin echar en falta nada. Sinatra se presentó con una mariconera y un portátil. “Ya compraré lo que sea allí”, dijo. El viaje, de una hora, se lo pasó consumiendo la oferta culinaria de la clase business, que no tenía mala pinta. A mí me daba cierto reparo, pero ante la insistencia de mi amigo, me decanté por un buen champán como todo desayuno.

Supongo que con la intención de coger ideas para decorar la estancia de la casa de la sierra donde alojaría la colección, decidió pasar por la Biblioteca de la Universidad de Coimbra. Algo así como acercarse al astillero donde hicieron el Queen Mary, como paso previo a comprarse una zodiac. Cosas de Sinatra.

Por si el amigo lector no ha podido conocerla, la Biblioteca de la Universidad de Coimbra es de aquellos sitios donde sabes de verdad donde te hallas. Si de niños nos hubieran pedido que dibujásemos una biblioteca, probablemente habríamos bosquejado algo muy parecido. Las maderas nobles, las alturas de los techos, las mesas de lectura, y sobre todo, las interminables estanterías de dimensiones celestiales, te retrotaen a aquellos escenarios que tan bien describe Umberto Eco en “El Nombre De La Rosa”

En realidad, la biblioteca es del siglo XVII, muy posterior a la época donde se desarrollan las correrías de Guillermo y Adso, pero su diseño arquitectónico, y esa atmósfera tan particular, te hace sentir como los monjes de entonces.

El recorrido duró todo lo que pude. Sinatra tomó una especie de boceto “al retu”, con un corvina negro de los que la tinta sobrepasa un ladrillo. No sea que diantres tenía pensado trasladar a su chalet serrano, que ideas esperaba que le inspirasen, pero el hombre se esforzó un montón. Por un momento me temí que solicitara una reunión con el Rector para comprar las estanterías, y así ahorrarse la visita a Ikea.

Hicimos noche en una pousada, algo parecido a nuestros Paradores Nacionales, degustamos las delicias gastronómicas locales y cerramos la noche con un coñac superior. El día siguiente aparecía intenso y emocionante. Estaba ansioso por echarle la vista y las manos a todos aquellos libros y discos, comprobar su calidad, sus acabados, sus contenidos, su magia. Y aún habría de esperar una noche entera.

Tras un corto viaje a Aveiro, dimos rápidamente con la casa que alojaba la colección. En primera línea de la ría, con sus amarres en la puerta, al estilo veneciano. Era, como otras muchas, un antiguo almacén de sal, reconvertido a vivienda-loft, donde el dueño destinaba las tres cuartas partes a dar alojamiento a su colección.

La estancia principal, una especie de sala de estar en la que cabría mi apartamento de Madrid y una parte del Retiro, proponía un estilo absolutamente ecléctico, con muebles directamente importados de los mejores anticuarios de Montmarte, enfrentados con una  barra de bar marinera, en la que Hemingway podría haber pasado largas temporadas. La esperada moqueta fue sustituida por una especie de madera de buque en la que las alfombras brillaban por su ausencia. A cambio, sacos de esparto abiertos en canal y enlazados en collage proporcionaban cierto ambiente doméstico, a caballo entre un albergue a pie de puerto y una sala de juegos infantiles.

La colección se hallaba repartida por todos y cada uno de los huecos libres de mobiliario, amontonadas en baúles de madera de barco, sin duda procedentes de un mercante de primeros de siglo, a tenor de las inscripciones laterales. Di por hecho que Sinatra las incorporaría al trato. El estado de conservación, con bisagras y cierres impecables, hacían de cada una de ellas un tesoro único, no solo por lo que contenían, sino por lo que despedían: Un aroma extraordinario, a envasar a ser posible; Una mezcla de salitre, humedad y recuerdos, que traspasa la estancia y nos permitía geolocalizarlos sin esfuerzo. Estuve tentado de clasificarlos por la estancia del barco de donde procedían, tan intenso era su olor.

No pudimos tocarlos de primeras. El ama de llaves que nos acompañaba, había decidido que no éramos dignos de la colección de su señor. Por tanto, cualquier mínimo movimiento por nuestra parte era anticipado por esta particular Rebeca, dispuesta a quemar Manderley a las primeras de cambio. Poco a poco fuimos consiguiendo que se relajase, en parte gracias a las exclamaciones de júbilo de Sinatra, al encontrar y ensalzar cada uno de los tesoros que íbamos divisando. Supongo que también influyó la exquisita delicadeza de nuestras aproximaciones y el hecho de compartir antepasados portugueses, aunque fuesen lisboetas. Ya se sabe la ancestral rivalidad entre los habitantes del Norte de Portugal con los de la capital. Duero contra Tajo, Sur contra Norte. La historia del mundo.

Nuestro trabajo comenzó en cuanto uno de los nietos le dio expresas instrucciones al ama de llaves para que nos permitiese revisar, tocar, leer o escuchar cada una de las piezas de la colección. Le advirtió con especial rudeza de que cualquier cosa que necesitásemos nos fuera facilitada. A nosotros nos dijo que podíamos tomarnos nuestro tiempo y quie podíamos preguntarle a él o al ama de llaves cualquier duda al respecto de la colección. Sinatra y yo nos miramos al unísono, y convinimos que con todo, preferíamos al ama de llaves.

El nieto desapareció de la estancia, arrancó un viejo Porsche 901 en un estado de conservación extraordinario, probablemente procedente de su parte de la herencia. No veía yo a un niñato como ese ser capaz de paladear las excelencias de ese modelo. Seguramente buscaría el bluetooth o la conexión para Iphone, y al no encontrarla, decidiría que sería el próximo objeto a vender.

Sinatra y yo habíamos acordado echar un vistazo preliminar a la colección y posteriormente distribuirla para un análisis pormenorizado. En su maletín del ordenador había colocado una impresora de etiquetas, que posteriormente nos serviría para clasificar los objetos, previo embolsado o encajado, en función de las características y estado de conservación del mismo. Así que nos otorgamos hasta la hora de comer para realizar ese promer filtro general.

El trabajo transcurrió en silencio, salvo por los gritos esporádicos que surgían al descubrir una pieza de cierta singularidad. La culpa fue mía. No pude reprimirme cuando cayó en mis manos un ejemplar impecable del primer single de Martha & The Vandellas, Come and Get These Memories, envuelto en su embalaje original, una funda de papel sepia, con un círculo en el centro para poder ver el nombre de la canción y del grupo. En España no creo que pudiera haber más de veinte ejemplares, y a saber su estado de conservación. Cogí el vinilo en mis manos, con extrema delicadeza, colocando las yemas de mis dedos entre el orificio interior y el borde exterior, y pude ver al trasluz que no existía ninguna imperfección. Debía sonar como el primer día. Anoté reproducirlo en cuanto acabásemos la primera fase.

El siguiente grito fue de Sinatra. Localizó una edición de “Os Lusiadas” de Camoes, impresa en 1798, con los grabados originales. Según él, unos cincuenta ejemplares en todo el mundo. Y con los grabados originales, no se atrevía a pronunciarse por el valor real del libro, pero él hubiera pagado cualquier cantidad por debajo de diez mil euros. Casi se me cae de las manos. Gracias a que Sinatra no había llegado a soltarlo. En ese momento, el ama de llaves entró con una jarra de café y una tetera, y casi se extiende por toda la estancia. Le caían sudores como cataratas. No éramos dignos de acercarnos a esos objetos extraordinarios, nos comunicó con una mirada dura, satinada de desprecio y tristeza.

Intentamos lanzar una disculpa sincera, que no conmovió a nuestra moderna Rebeca. No pudimos hacer otra cosa que concentrarnos en nuestro trabajo, asombrándonos y derritiéndonos con la posibilidad de que esos magníficos objetos pudieran acompañarnos de vuelta. Parece cierto aquel dicho de “dinero llama a dinero” Sinatra podría hacerse aún más rico simplemente revendiendo los objetos uno a uno. No creo que lo hiciese, pero financieramente hubiera sido una operación redonda.

Tras la comida, nos vimos en la obligación de preguntar al ama de llaves acerca de la procedencia de determinados objetos, con el fin de establecer fechas aproximadas de adquisición, o simplemente el lugar de origen. Ella nos fue explicando lo que sabía o parte de lo que sabía. No mostró el más mínimo interés por ensalzar algún libro o disco, simplemente describió datos, como lo podría hacer cualquier experto asalariado. Me extrañó un poco, porque defender la originalidad o particularidad de cualquiera de ellos, sería como ensalzar la calidad técnica, humana o ambas, de su antiguo propietario, al que aparentemente le unían un buen montón de años de convivencia.

Mientras ella nos recitaba detalles de los objetos, Sinatra revolvió en una de las cajas, desde donde extrajo un libro encuadernado en rústica, sin ningún detalle en particular, que se encontraba en el fondo de uno de los cofres, sin llamar la atención. Estaba protegido por una sobrecubierta cualquiera, que desde luego no correspondía al libro, lo cual era muy extraño, ya que la colección entera parecía mantener una especie de orden anárquico. Se vislumbraba cierta organización mental en la ubicación de cada objeto, pero ese en concreto no pegaba ni con cola. Sinatra le quitó la sobrecubierta, y el ama de llaves se abalanzó hacia él, con tan mala fortuna de que tropezó en esas supuestas alfombras de esparto, cayendo con estrépito.

Sinatra y yo nos precipitamos a ayudarla a levantarse, aunque la rotación de su pierna derecha, que hallábase mirando hacia España, me hizo pensar en la posibilidad de que se hubiese fracturado la cadera. Hubo que llamar al Servicio de Saude portugués, para que se la llevaran en ambulancia. Llamamos al nietísimo, y nos permitió quedarnos en la casa para proseguir nuestros quehaceres.

Examinando con calma el libro que había provocado el salto mortal con doble tirabuzón y cadera rota de nuestra ya famosa ama de llaves, pudimos averiguar cuál era el motivo de tanto interés. No tanto por el libro, una primera edición del “Poesía” de Rafael Alberti, publicado en 1934, sino por la dedicatoria de uno de sus poemas.

Perdón, mi amor, anoche….

Por ti, mi amor -¡perdón!-yo desvarío.
Sin ti, mi amor, no existe la mañana.
Por ti, mi amor, sin ti, me habla el vacío
precipitado desde mi ventana

De todo lo que tienes, nada es mío.
Tan lejos, en la noche, ¿qué me afana
el sueño, si amanece solo, frío,
mientras el tuyo en otro se devana?

Estoy maldito de verdad. ¡Qué pena
el maltratarte inútilmente, vida
tú que mereces la más alta almena
donde la luz del mar, estremecida,
te bañe y cante para siempre llena
de puro amor sin sombra, sin herida.

La dedicatoria rezaba así: “Para mi amor, mi compañera, mi doble, mi alma. Siempre juntos, riéndonos del mundo, celebrando nuestro amor”

Fue Sinatra el primero en darse cuenta. Y creo que le afectó sinceramente. Seguimos escarbando en silencio, encontrando joyas por doquier. En realidad ya solo buscábamos nuevos testimonios de ese amor apasionado y oculto, al que nos habíamos aproximado de rebote. No encontramos nada más, y bien que nos esforzamos. Ya, caída la noche, cerramos el portón decimonónico, utilizando una fuerza desmesurada, y nos fuimos al hotel.

Tras la cena, totalmente silenciosa, nos medio obligamos a tomar una copa en el salón del hotel. No surgían temas de conversación, y permanecimos en silencio un buen rato. A los dos nos había quedado mal cuerpo, pero no lo reconocíamos. Sinatra rompió el hielo, para recalcar que el plan seguía en pie, y que muchas de las piezas de la colección eran magníficas y no se podían dejar en manos de unos incompetentes y desalmados, cuyo único mérito era el de haber sido hijos de los hijos de un gran tipo con una sensibilidad extraordinaria.

Yo no podía rebatirle. Su argumento era impecable, puesto en razón, considerado, ecuánime y justo. Unicamente, esa especie de remordimiento absurdo que traje conmigo al salir de aquella casa. Me decía a mí mismo que no era responsable de nada, que de serlo alguien sería Sinatra, ese millonario sin escrúpulos que vino a por la colección y que se la llevaría por encima de todo. O de esos nietos impertinentes, pero nunca sería culpa mía.

Y seguía pensando lo mismo cuando me acosté, e incluso cuando me desperté, tras una noche de dar vueltas y vueltas en la cama, sin motivo aparente. Seguía pensando lo mismo cuando llegamos a la casa, e incluso cuando terminamos el registro y procedimos a catalogar todas las piezas. Tampoco me opuse cuando Sinatra cerró el trato con el nieto, por una cantidad incluso menor a lo pactado. No era mi negocio, y no podía inmiscuirme.

Solo le pedí un pequeño favor que acabó concediéndome y que yo le agradecí efusivamente. Apenas terminamos de cerrar el último archivo y colocar la última etiqueta, hice un pequeño paquete que llevé conmigo al Hospital de Aveiro. Me costó mucho encontrar la habitación donde se hallaba ingresada el ama de llaves, pero merced a un médico español que me escuchó hablar en la recepción, pude dar con ella finalmente.

Llamé a la puerta muy quedamente, y recibí autorización muy bruscamente. Lo previsible. Entré, estaba sola. Formulé un saludo atropellado. Recibí una respuesta de cortesía. No sabía como seguir, así que saqué el paquete que portaba y se lo entregué. Lo abrió con extrañeza, pero sin prisa, con ademanes suaves pero firmes. Reconoció el tacto, pude notarlo en sus ojos. No sería la primera vez que lo acariciaba, estaba completamente seguro. Lo abrió por aquella página, por la del poema. leyó la dedicatoria, supongo que por enésima vez. Acabó, cerró el libro y me miró a los ojos, sin preámbulo alguno.

“Le agradezco enormemente este detalle” Yo le quité importancia, pero ella insistió. “Es usted una persona generosa. Cualquiera habría pasado por alto el detalle, porque no era asunto suyo. Usted ha venido” Le expliqué las circunstancias del trato entre Sinatra y el nieto, y solo pudo entristecerse. No sorprenderse, desde luego. Ya sabía lo que iba a contecer, por ello intentó torpemente proteger el libro. No pudo llevárselo por miedo a que fuera muy valioso y los nietos la despidieran.

“Estuvimos juntos treinta y cinco años, y si no llega a ser por usted, no tendría ni un recuerdo de él. Y tampoco nadie en el mundo sabría lo felices que fuimos, en esa relación clandestina. Porque puedo asegurarle que a los enamorados les sobra el mundo, se bastan con su propio mundo. Si usted nunca ha pensado eso, es que no ha conocido el amor, y eso es una gran noticia para usted. Porque empezará otra vida, la que se merece. Se merece usted ser feliz y hacer feliz”

Nos despedimos con un apretón de manos. Volví al hotel, preparé el maletón y lo dejé en la habitación. Me parecía que para ese viaje no necesitaba equipaje. Tenía la fuerza, la inspiración y la voluntad. Solo me faltaba lo más importante, pero por contra, tenía todo el tiempo del mundo. Toda la vida. Para hallarlo.

 

 

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4 Comments

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  1. Precios Antonio… Da igual lo que escribas!

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  2. Bonito detalle. No sé qué más decir, me has dejado un poco muda.

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  3. Caramba. Eso sí que me sorprende. Con esa ubicuidad mediática que ejerces, si te quedas sin palabras, igual tienes que hacer una mención en Fan Grrrl.
    En serio, muchas gracias. Siempre me comentas y siempre con mucho criterio. Espero que te haya gustado y/o sorprendido

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