El cuadro

Ya me pareció bastante pretencioso por mi parte intentar entenderlo. No tengo la más mínima noción artística. De hecho, he suspendido el dibujo toda mi vida. Ya sé que eso no quiere decir nada. Aunque jode. Pero en mi formación cartesiano-analítica, doy por hecho que todas las cosas de la vida pueden ser analizadas e interpretadas, utilizando la razón y el sentido común. Hombre, ya sé que es un error, no soy tan ingenuo. Digamos que utilizo mis recursos intelectuales para permanecer lo más asintótico posible a la verdad. A la verdad de las cosas, a la verdad de las personas. Hago esfuerzos extraordinarios para entenderlas. De esta manera, me engaño a mí mismo pensando que reduzco al mínimo la posibilidad de error. Desecho como hipótesis de trabajo los comportamientos caprichosos o erráticos, y desmenuzo y parcelo los comportamientos ajenos, para poder analizarlos con mayor facilidad.

Este posicionamiento intelectual me lleva a situaciones maravillosamente desquiciantes. Aún en el supuesto caso de que las personas siguieran comportamientos y esquemas de actuación sujetos a algún tipo de análisis, que ya es suponer, ¿qué puede hacer pensar que existe un único método de análisis para todos los individuos del planeta? No hay nada más que reflexionar entre nuestros amigos y conocidos. Hay alguno que es más raro que un perro verde. Y luego están las mujeres. Sin Freud no pudo entenderlas en treinta años de investigaciones, no voy yo a proponer una teoría definitiva al respecto. Haré lo que hago ahora. Disfrutar enormemente de su extraordinaria singularidad, y permitir que me manejen a su antojo. Desde luego, me parece lo más racional, y yo ya me he catalogado como un tipo racional.

La racionalidad de mis argumentos en contra de mis propios métodos de análisis de conducta nunca me ha detenido. No sé porqué iba a dejar de estudiar racionalmente los comportamientos de las personas, por el simple hecho de que no se pueda. Menuda chorrada. Si nos fuéramos a detener por este tipo de detalles, el mundo no avanzaría.

En esas estaba, cuando me invitaron a una exposición de pintura que se celebraba demasiado cerca y en un día demasiado festivo como para rechazar la invitación sin parecer un estirado. Pensé en un montón de peores opciones para pasar una tarde festiva, no se me ocurrió ninguna, pero seguí adelante; Por convencionalismo social, sin lógica alguna.

Toma contradicción.

Desde el pasillo de acceso a la Sala propiamente dicha, se veía que aquella no iba a ser una exposición convencional. La moqueta roja burdeos claveteada con chinchetas doradas de las de entonces, contrastaba con los entelados de las paredes, expresamente grafiteados para la ocasión con mensajes seleccionados del Che Guevara y Víctor Jara. Ecléctico es decir poco. Solo faltaba una imagen del Duce para despistar aún más al personal. Las azafatas, vestidas de azafata. Pero de las de Lufthansa. Traje sastre marino cantábrico. Bombín ribeteado con el mismo pantone. Pañuelos celestes al cuello. Suave carmín a juego con la moqueta. Y cava encopado a juego con las chinchetas. Empezábamos bien.

La invitación, absolutamente vintage, con una tipografía itálica en cursiva, y cumplimentada a Olivetti Lettera, fue recogida por las tripulantes con una sonrisa postmoderna. Moviendo el orbicular de los labios y paralizando el facial. Entre la boca de Uma Thurman y el careto de Stallone, para que nos entendamos. Ese era el salvoconducto. Hasta dentro.

La decoración de la Sala no defraudó. Los pasillos estaban delimitados por una especie de cortinilla de tubos de plástico, bañados por una luz indirecta de diferentes colores, supuestamente para sectorizar la exposición. En la práctica, si eres un rebelde irredento como una servidora, podías colarte de una zona a otra, con la única penitencia de la mirada aviesa de alguno de los comisarios o colaboradores del artista. Es una sensación similar a cuando vas en Ikea en sentido contrario. Te pierdes fijo, pero llevas la contraria, eso sí.

Tras un recorrido de compromiso, reparé en una obra muy especial. La ausencia de contornos reconocibles, de formas humanas, de objetos, de formas lineales, de cuerpos geométricos, me hizo reparar en ella. Desde luego, un banco de pruebas magnífico para mis teorías sobre la racionalización de los comportamientos humanos.Deseché la posibilidad de que el artista estuviera haciendo un simple ejercicio de técnicas cromáticas, y allí que me puse a encontrar el mensaje.

El mensaje central del cuadro debía venir encerrado en las formas de color negro que contrastaban con el fondo multicolorista, en el que predominaba un color ocre-amarillento salpicado por un rojo de sangre derramada y un azulado muy complementario.

Esos trazos negros, que formaban una especie de tenedor de ensalada, con sus tres puntas situadas hacia abajo, y del que solo se mostraba el mango. El más céntrico de ellos dejaba caer una especie de hemorragia sin fin, que llegaba hacia la parte inferior del cuadro.

Para mí, no podía ser más obvio. El mensaje se centraba en la figura de Jesucristo, crucificado, y los ladrones a ambos lados. La figura hemorrágica haría referencia a la sangre derramada por Jesucristo, como alegoría de las penurias que en este mundo sufre el ser humano. Los diferentes tipos de colores que formaban el fondo del cuadro, obviamente eran una metáfora de las cosas bellas de este mundo, las que nos permiten seguir adelante. El fondo ocre amarillento, naturalmente no era sino una referencia a que la vida no es lineal, sino sinusoidal, cíclica; Con sus buenas y malas épocas. Con sus sobresaltos y sus pausas. Con días tétricos y luminosos. Con lluvias y con primaveras.

Comprobé con satisfacción cómo mi teoría se cumplía una vez más. Utilizando la lógica, el sentido común y el raciocinio, se podría entender hasta una obra abstracta de estas características. Ya me iba cuando observé que una pareja se aproximaba hacia el mismo cuadro. Me eché a un lado, ya que mi objetivo estaba cumplido.

Teoría demostrada. Copa de cava.

Por las felicitaciones que iba recibiendo en su camino, deduje que era el autor el que se aproximaba, escoltado por una belleza femenina clásica. Quiero decir que era una mujer que le hubiera gustado hasta a los clásicos. Que pedazo de señora. Tipo Scarlette Johansson, pero del Barrio de Salamanca. O sea, más próxima.

“…Entonces, la figura central es un águila que desciende sobre su presa, por eso se sitúa en la zona más periférica del cuadro”, decía el bombón. Yo la miré con cierto grado de compasión, y mucho deseo. No había entendido nada del cuadro, desde luego, pero estaba tremenda. Mi sorpresa fue cuando escuché de labios del artista “En efecto. Mi idea al pintarlo era dejar constancia de la fragilidad de los seres humanos, de cómo estamos ahora en el mundo, pero las águilas, es decir, las grandes multinacionales, los millonarios, pueden con nosotros, que estamos íntegramente a su merced”

Estuve a punto de cortarle en seco, pero claro, considerando que el que lo había pintado era él, decidí dejarlo para mejor ocasión. Que se presentó enseguida. La maciza fue requerida por una amiga, y el artista se quedó solo. Me aproximé hacia él, me presenté educadamente, y le dí mi versión sobre el cuadro. No le dije que le había escuchado a él anteriormente.

Cuando acabé, me dijo, con todo el morro del mundo, “En efecto. Mi idea al pintarlo era exactamente la que que has descrito. Te felicito.”

Intenté dejarlo pasar, pero no podía. ¡Qué desfachatez! Y tuve que decírselo. “Oye, que a la rubia le has contado otra película totalmente distinta, y a mí me dices que yo estoy en lo cierto. ¿Me estás vacilando?”

Sinceramente, no creo que al tío le afectara lo más mínimo. Solo me miró con cierta condescendencia, se aproximó hasta estar casi en contacto, y me dijo: “Este cuadro ya no es mío. Dejó de serlo en el momento que puse la firma. Es tuyo, y de cualquier persona que lo vea. Para todos y cada uno de ellos. Lo importante es lo que quiere decir para cada uno de ellos. ¿Quién demonios sabe en lo que estaba pensando mi subconsciente cuando mi mano iba deslizándose por el lienzo?”

Estaba reflexionando sobre esta demoladora respuesta, que dinamitaba en la línea de flotación mi teoría racional sobre el comportamiento de las gentes, cuando remató su disertación con un argumento imbatible.

“Además, …¿Has visto lo buena que está? ¿Te crees que le voy a llevar la contraria?”

Sí, eso lo explicaba mucho mejor. No es que su argumento anterior fuera malo, pero éste tiene la ventaja de que rebajaba a simple mortal al artista. Por otro lado, confirmaba y apoyaba definitivamente mi teoría acerca de la explicación racional de los comportamientos humanos. A ver, lo del sexo no es estrictamente racional, pero puede explicar cualquier tipo de comportamiento. Es un comodín fabuloso para mi teoría.

Ver salir a los dos juntos no me sorprendió. Y me produjo envidia, claro. Pero me fortalece el hecho de saber que toda acción y comportamiento humano puede ser explicado por la racionalidad, la lógica y el sentido común. Por si alguien había pensado lo contrario.

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6 Comments

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  1. A mi también me pasa un poco eso de querer racionalizarlo todo. Por eso no suelo atender a exposiciones de arte, ¡qué agobio! Tener que ir descifrando uno q uno todos los cuadros…

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  2. muchas veces me siento igual respecto a algunas obras de arte, un saludo!

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  3. Y bueno, allamas2000, con los excelentes resultados que obtuvo el pintor con la Scarlett del barrio, quizás podrías explorar tu veta artística-visual…Buena historia, me has hecho reír!

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    • Mejor llámame antoniadis, o Antonio a secas.
      Me alegro que te haya gustado la historia. En realidad es una especie de segunda o tercera parte de “London Calling 2”. La idea principal parte de alguna visita que he podido hacer a la Tate Modern en Londres, que tiene cuadros increíbles, pero algunas piezas que no sabría poner al derecho o al revés.
      Lo cierto es que sí he suspendido el dibujo toda mi vida. Lo tengo difícil para atraer a las Scarlettes madrileñas. Al menos por esa vía…jajaja

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