La Apuesta

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No era sino otro más de los desplazamientos laborales en los que suelo verme implicado con cierta periodicidad. No me molestan, en realidad. Aún soy capaz de hallar cierto interés en el cambio de aires, y suelo conseguir añadir algunas guindas de nuevos conocimientos geográficos, históricos o artísticos, comprimiendo la agenda al máximo y evitando en lo posible las comidas o cenas de trabajo. Al final me encuentro con unos ratillos para mí, sin una excesiva carga de responsabilidad.

No es que haya encontrado la llave de la conciliación de la vida laboral con la otra. Con la importante, quería decir. Simplemente utilizo mi agenda como un boomerang. Lo que me quita por un lado me lo da por otro. Añado a la agenda las palabras “visita a…”, e inconscientemente ya no tengo la sensación de faltar a mis deberes, simplemente acudo a otro tipo de reuniones. Ya sé que está muy cogido por los pelos, pero funciona.

En ese espíritu de prensar al máximo el planning del día, normalmente aprovecho las primeras horas de la mañana para viajar, pero en aquella ocasión tomé el último tren de la noche, esa especie de AVE que de AVE solo tiene la V de Veloz, porque en cuanto a confort y agasajo está a años luz. Iba con tiempo; Me coloqué en un asiento de pasillo, con el equipo habitual en el asiento contiguo: Las novelas de Silva, Los videos de hazañas deportivas y algunos discos de Eagles convenientemente enlatados.

Los pasajeros fueron abordando los vagones, con mayor o menor premura. Colocando sus pertenencias en las bandejas o jaulas, revisando sus billetes, confundiéndose de coche, buscando el sentido de la marcha, en fin, lo habitual. Pocos niños, dada la hora. La mayoría ejecutivos en viaje de vuelta, soltando el nudo de corbata, colocando la chaqueta en cualquier saliente a modo de percha, oteando a la azafata en busca del periódico, el whisky o simplemente la propia azafata.

No haltaba mucho para salir, cuando la puerta de comunicación interior del vagón se abrió con estrépito, para acoger con prisas a cuatro veinteañeras un tanto alocadas, que ocuparon por la vía de los hechos consumados los asientos con mesaque quedaban a unas pocas filas del mío. Desconozco si les correspondían por derecho, o simplemente por asalto. Las observé con curiosidad durante algunos segundos. No llevaban mucho equipaje, algunas mochilas pseudodeportivas, algún bolso de alto volumen, incluso un maletín de portátil, con un contenido globuloso e irregular que podría corresponder a una muda, un pijama, o simplemente una rebeca, embutida a presión en tan improvisada maleta de viaje.

Como iban a ser tres horitas de viaje, decidí abordar el vagón restaurante antes de que se llenase del todo. Dejé mis cosas en su sitio, ante la evidencia de que el asiento contiguo no iba a ser ocupado. Solo alargué el brazo para capturar la tablet y una chaqueta ligera, en previsión del aire acondicionado, y comencé a sortear asientos y vagones para obtener un pequeño refrigerio que me permitiese un mínimo de sosiego gástrico.

Elegí lo que pude, y decidí quedarme allí para consumirlo. Enganché algún periódico huérfano y me puse manos a la obra. Como era previsible, el vagón comenzó a llenarse. Entre el aforo, las veinteañeras en bloque, blandiendo el menú y reclamando atención de la barra.

Ahora que las veía de cerca, me atrevería a decir que formaban un bloque homogéneo. No solo por el atuendo, bastante uniforme en calidad y coste. Su comportamiento, alborotado pero cortés, me hacían pensar en una buena educación de base. Seguramente eran compañeras o ex-compañeras de colegio, tenían tal familiaridad entre ellas que me hacía descartar amistades recientes.

Todo esto no dejan de ser chorradas mías, pero teorizar al respecto era francamente barato, y muy poco trascendente. Sin duda, podrían haber sido colegas de barra, de Universidad, del barrio o de Pilates. La verdad es que estaba siendo bastante entretenido el análisis del grupo, aunque probablemente me fijé en ellas en exceso, porque alguna se volvió hacia mí con una mirada interrogante, como queriéndome preguntar la razón de mi inspección. Algo debieron de comentar entre ellas, porque acabaron mirándome con escaso disimulo .

Olvidé el asunto y me concentré en el periódico y el sandwich. Al terminar, me despedí del barman con normalidad y regresé a mi asiento. Recogí el ejemplar de “La Niebla Y La Doncella“, y reanudé su lectura en el punto en el que Bevilaqua pierde la cabeza por su ocasional compañera de trabajo, y a la sazón femme fatale de la novela. Por muchas veces que la lea, y van unas cuantas, nunca soy capaz de evitar el trágico final, y mucho menos puedo evitar quedarme tan jodido como el propio protagonista. Ya sabemos lo que pasa con esos romances laborales, pero uno siempre tiene su esperanza.

Acababa de dejar al protagonista en esa especie de monólogo de Segismundo, cuando regresaron las veinteañeras. Haciéndose notar, pero sin estrépito. Más alineadas que atropelladas. Alegres, cómplices. Desde luego lo habían pasado bien o estaban convencidas de hacerlo juntas. Quizá por eso me extrañó que una de ellas, la más bajita, la más rubia, la más payasa quizás, se acercara a mi asiento y me preguntara si el asiento contiguo estaba libre.

Obviamente no podía dejar de ver que lo tenía ocupado hasta arriba de los abalorios de viaje, por lo que la pregunta era completamente absurda. Libre, lo que se dice libre, no estaba. Ausente de pasajero, en todo caso. Eso fue lo que le dije, y debió hacerle gracia porque se rió. A mi me hizo menos que intentara ocuparlo, y menos aún que se ofreciera a colocar mis cosas en la bandeja portaequipajes. En ese punto, no tuve más remedio que desalojarlo y cederle el paso al asiento. Supuse que quería asiento de ventanilla o que era supersticiosa o algo así. Una vez colocado todo, recuperé el libro y la tablet, me coloqué los auriculares y empecé a sospechar que el viaje no iba a ser tan plácido como pensaba.

Mi nueva compañera de asiento no se presentó, ni me hizo ningún comentario. Subió la persiana del ventanal que yo había bajado, sacó su móvil, y puso banda sonora al viaje pulsando tecla aquí, tecla allá. A pesar de mis casos, oía perfectamente cómo masacraba el querty, y cómo miraba hacia sus ex-compañeras de viaje cada vez que lo hacía. Esporádicamente soltaba una risita, y vuelta al teclado.

Me costaba retomar la novela, y decidí olvidarlo para relajarme un poco en el asiento. Debí conseguirlo, porque a los pocos minutos, me zarandeó ligeramente el brazo, para comunicarme con más bien poca delicadeza, que estaba próximo al ronquido. Me molestó la falta de etiqueta, pero con quien de verdad estaba enfadado era conmigo mismo. No estaba planificado semejante desliz. Le pedí disculpas, e intenté volver a mi novela. Ella no parecía estar por la labor:

“A propósito, no me he presentado. Me llamo Dulce. Y puedo serlo”

“Antonio Agrio, un placer” Le respondí, siguiendo la broma. Me miró por un momento, para confirmar que ese no era el nombre que figuraba en el DNI. No creo que se quedara convencida inicialmente, pero al final, escuché una mezcla de sorpresa y alivio envueltos en una exclamación que venía a decir, “vaya, menos mal que es broma y que este tipo no es así de raro”

Me quedé un tanto expectante. No sabía si la broma tendría continuidad, si iba a ser una  mera anécdota, o simplemente, un viaje diferente. Desde luego, fue esto último.

Ella debía tener algún tipo de plan para entretener el viaje, por lo que decidí dejarla hacer. Supongo que por la inercia del trabajo. El responsable de proyecto marca las pautas, y los colaboradores las siguen. En este caso, mi papel podría oscilar entre víctima y colaborador, o al menos eso suponía en ese instante. Así que esperé su próximo movimiento.

Me considero un tipo normal, clásico, convencional, pero con algo de experiencia en las cosas de la vida. Desde ese punto de vista, tenía sólidas razones para poder esperar cualquier cosa de cualquier persona en cualquier momento. Por tanto, no me extrañó lo más mínimo que me acercara su boca a mi oreja y que pronunciara las siguientes palabras:

“Antonio. Tengo que pedirte un favor. Ya se que no nos conocemos y que te he asaltado tu espacio vital. Pero necesitaré que me des un beso en la boca antes de que lleguemos a destino. ¿Serías tan amable de ayudarme?”

Respuestas posibles que pasaron por mi cabeza:

  • “Por favor, espera un momento a que te eche un vistazo, porque aún no sé si eres una preciosidad o una belleza picassiana”
  • “Si quieres vamos empezando ahora mismo, no sea que se nos eche el tiempo encima”
  • “Mira bonita, ¿porqué no te largas a tu asiento y dejas de vacilarme?

Respuesta finalista:

“Perdona, no sé si te he entendido bien. ¿Quieres darme un beso en la boca antes de que lleguemos a nuestro destino?”

“Pues claro, eso es lo que te acabo de decir”

En efecto, le estaba repitiendo sus propias palabras, y por tanto, estaba quedando como un perfecto imbécil. Encima me ponía cara de no entederme, cuando parece bastante obvio que lo inexplicable era su petición. O su orden, porque aunque envuelta en la traicionera fórmula del “por favor”, me estaba dando una orden encubierta. Me explico. ¿Qué clase de varón heterosexual ibérico sería yo de rechazar su …digamos …petición?

La única escapatoria posible para no acceder a su comanda era transformarme momentáneamente en una especie de alter ego metrosexual moderno. De esos que mantienen una relación igualitaria con las mujeres, que comparten sus inquietudes, comentan exposiciones o novelas, recetas de cocina y cremas hidratantes. De los que recibirían este tipo de peticiones, y que las filtrarían con normalidaz y delicadeza. “Disculpa, amore, pero no estoy en ese momento, prefiero permanecer al margen de relaciones por ahora”

Como es lógico, antes muerto que sencillo. Debía obtener una explicación, tipo Pepe Isbert en Bienvenido Mr. Marshall.”Como alcalde vuestro que soy…” Y la solicité por la vía más directa.

” Si no te importa, ¿podrías explicarme porqué necesitas que te bese? Entenderás que no voy besando a desconocidas por las buenas”, me hice el digno

“Ya, pero a tí que más te da. Es un beso, no es el fin del mundo. Y no estoy tan mal como para ponerme tantas pegas, creo yo”

Ahí ya tuve que mirarla. Y claro, tenía toda la razón. Bajita y rubia. Natural, creo yo. Tez bastante pálida. Color marfileño, sin vetas. Sin una arruga, claro. Alguna espinilla muy bien disimulada con maquillaje. Nariz fina, muy fina. La boca extraordinaria, no me extraña que fuera ofertando besos. Labios carnosos, dientes perlados. La comisura de sus labios, en el extranjero, muy lejos. Daba para varios besos, es de justicia reconocerlo. Los ojos grandes. No, enormes, es más realista. Marrones y extremadamente brillantes. Pícaros, burlones y saltimbanquis. Era una chica muy atractiva, pero con ese atractivo peligroso que la vida me ha enseñado a esquivar. Por tanto, coloqué el dedo pulgar y el índice a modo de gancho, me acerqué a su mentón, lo envolví y traccioné hacia mí.

Esa fue la única acción voluntaria por mi parte. Lo demás lo puso ella. Me besó, me atrapó, me rodeó, me traspasó, se coló en mi interior. El tiempo que quiso.

Antes de destino.

 

Epílogo

Supongo que el lector se preguntará porqué, como lo hice yo. Había una razón, desde luego. Y ella seguramente la conoce.

 

 

 

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