Restos Del Naufragio

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bitácora

Posiblemente era el primer fin de semana en muchos meses, que podría calificar dignamente como festivo. El plan previsto tampoco era como para considerarlo orgiástico. Un par de noches en la costa atlántica de la Galicia más sombría, en las proximidades de Finisterre, sin aspiraciones jacarandosas. Un par de buenos libros, unas fotografías antiguas, la gastronomía local y mucho senderismo anárquico.

El hospedaje, tan atípico como los anfitriones. Una pareja de portugueses de edad prejubilación tan generosos, amables, discretos y oscuros como el paisaje. La casona, distaba mucho de ser un pazo. Más bien una casita de pescadores reformada con cierto gusto y mimetizada con el entorno. La barquita con fueraborda que permitían usar a los huéspedes, compensaba parcialmente la ausencia de comodidades hoy en día casi irrenunciables.

Llegué por la noche, a la antigua usanza, tras múltiples horas de tren y taxi desde la estación. Mi maleta moderna y ligera desentonaba notoriamente con el equipaje del resto de los viajeros: Flores, tiestos, bolsas de grandes almacenes, cajas atadas con cordel de pita, lejos de considerarse herméticas, iban cayendo a toda prisa desde las puertas de los vagones. El protocolo ciudadano no parecía estar vigente entre estos indígenas recién llegados, pensé. Hasta que el tren hizo amago de arrancar a los quince segundos de su llegada y  mi maleta y yo tuvimos que hacer triple salto estación, so pena de acabar en el próximo pueblo. Después de todo, no era cuestión de buenas maneras, sino de supervivencia.

La mañana siguiente amaneció. Se supone. Porque el astro sol debió tomarse vacaciones, tanto por el este como por cualquier otro punto cardinal. Me levanté relativamente pronto, olvidé intencionadamente afeitarme, y bajé a desayunar. En el salón, un matrimonio de edad, visitantes habituales, a tenor de la facilidad con la que encontraban los cubiertos ausentes en los cajones de un aparador de roble macizo. Me saludaron con una mezcla de afabilidad y fastidio. Quizás no les gustase mucho la presencia de forasteros, quizás solo temían que se pusiera de moda su refugio. Al poco de llegar hizo su aparición una mujer de unos cincuenta y cinco años, muy bien llevados, con la que no me hubiese importado establecer conversación, de no haber sido por un mastín español que únicamente la dejaba sola en el interior de la casa. Más un escolta que un animal doméstico, creo yo. Ella no me saludó. En el mejor de los casos, quizá no me excluyó de una sonrisa forzada, panorámica a toda la habitación, que lanzó desde el último tramo de la escalera que conducía a las habitaciones.

Tras las presentaciones tácitas, decidí pedir consejo a los dueños al respecto de posibles puntos de interés. Me sedujo el itinerario previsto, hasta Finisterre y vuelta, todo ello por caminos rurales de interior. Posiblemente me mojaría, pero eso estaba en el guión. La mujer y el mastín me acompañaron un rato, a prudente distancia, pero al poco tiempo me encontré solo.

Hacia mitad de camino, me forcé a disfrutar del paisaje, la paz, la calma, la soledad e incluso el miedo. Hasta ese momento, los coletazos de mi vida urbanita, de mis responsabilidades y mis tensiones, se habían alzado por encima de cualesquiera otras ocupaciones de mis neuronas. Antes solía pensar que era una de mis cualidades, llevar el trabajo en la cabeza, lo que ingenuamente pensaba que podía ser muy positivo, y que demostraba mi implicación máxima. Honestamente, solo cambié de opinión cuando mi flamante BMW fue sustituido por un digno, pero usado, tanque japonés, y mi despacho de la Castellana, por un honesto centro de negocios en el barrio de Chamberí.

Como de aquello había escapado entero, honesto y orgulloso, a base de humildad, trabajo, amigos y familia, reconocía una recaída a distancia, por lo que modifiqué la posición del switch, y me centré en el ecosistema. Fauna ausente, flora de matojo bajo, verdor tristáceo. Pero el aroma inconfundible del salitre regateaba al resto de estímulos olfativos, y me proporcionaba un cierto grado de emoción colateral, aquel juego infantil que nos proponían: “a ver quién es el primero que ve el mar”, y que siempre ganaba aquel que primero lo decía, fuese cierto o no.

Yo desde luego, perdí. Porque me lo encontré de sopetón. Desde un acantilado esculpido por el experto cincel de la erosión, pude apreciar el mar en toda su extensión, el bien llamado “fin de la tierra”, desde el que los navegantes aventureros de la Edad Media oteaban los monstruos marinos del Atlántico, e incluso creían ver el fin de los mares.

Me habían hablado de naufragios en aquellas costas, y nada más creíble, a tenor de las afiladas guadañas que esperaban a las incautas embarcaciones que osaran aproximarse. Imaginé las oscuras noches tormentosas de la zona, la luna oculta entre las nubes, cómplice involuntaria de la emboscada. Los cálculos inexactos de los marinos de antaño, fatigados por el trabajo, por la ausencia de su hogar, por la inexistencia de comodidades. Naufragios? Desde luego; Probables, previsibles, explicables.

El viaje de retorno, en la leal compañía de la llovizna tradicional del lugar, se hizo largo en distancia y corto en pensamientos. Guarecerme, quitarme las ropas húmedas y remojar el gaznate. Esta última idea me quedó muy oportuna. Expresión marinera donde las haya. Mimetismo ambiental, sonreí para mis adentros. Al menos olvidé el trabajo por un buen rato.

Al llegar al hospedaje, fui recibido con una mezcla de cachondeo y ternura, y no a partes iguales. Los extremos, a cargo de las mujeres. La mujer del matrimonio prejubilable, insistía en la conveniencia de quitarme cuanto antes la ropa empapada. La madura de buen ver, preguntaba con sorna si había oído hablar de los impermeables. Bien podía haber sido al revés, medité con ánimo travieso. La verdad es que hice caso a ambas. Fui a cambiarme y prometí aceptar el préstamo de paraguas que me ofreció el dueño.

La cena, familiar, típica y educada, dio paso a una queimada casera, que fue muy celebrada por los comensales. Sin duda, hubiera preferido un bourbon, pero donde fueres…Tuve oportunidad de vengarme modestamente de la madurita, cuya tolerancia a la poción mágica de la tierra, parecía ser sumamente baja. Me ofrecí a acompañarla a su habitación, y no escuché su respuesta. En esos caso aplico cuidadosamente el celebrado “quién calla, otorga”, que en alguna ocasión me ha metido en problemas, y la cogí de la cintura, iniciando el ascenso. Ella hizo lo mismo, aunque mi cintura debía estar algo más baja, a tenor de la posición de su mano.

Llegué sano y salvo a su habitación, la deposité encima de su cama, y salí apresuradamente, por si acaso. Ya no bajé el salón, donde me esperaba algún brandy de solera, conversación convencional y cabezadas rítmicas en un sillón orejudo, que probablemente llevase mi nombre bordado. Lo cambié por la cama de dosel, estructura tubular repujada, colchón de lana de oveja, sábanas de tela blindada, y colcha de ganchillo. Enganché uno de los libros, encendí la lamparilla girando el interruptor, esculpí las almohadas y me dispuse a leer. A los tres o cuatro minutos, emprendí un dulce viaje a los brazos de Morfeo, del que regresé al filo del mediodía.

Avergonzado por la hora, no me atreví a reclamar el desayuno. Salvé el café in extremis y me dirigí hacia el pueblo en busca de un brunch, o cualquier cosa que pudiera parecérsele. Nuevamente se me aparecieron los dioses (o las meigas), y en una de esas cafeterías donde se reúnen las mujeres del lugar a tomar su café con leche, con sus mesas de madera, sus sillas tapizadas de skay verde y sus periódicos regionales cuidadosamente apilados con uno de esos artilugios que se supone evitan que se los lleven, me vieron cara de forastero, y me obsequiaron con dos tostadas de pan de hogaza, servidas en una fuente ovalada; Imagino que no querrían partirlas para que cupieran en un plato de los de toda la vida, por alguna superstición ancestral, porque no se les ocurrió, o simplemente porque no les dio la gana.

Durante mi estancia, pude conocer la existencia de un mercadillo que se hallaba instalado en las calles adyacentes a la Plaza de la Iglesia. Como en un pueblo español siempre hay Plaza de la Iglesia y Plaza del Ayuntamiento, y suelen estar situadas en el centro, deduje que no sería difícil dar con él.Pagué mucho menos que lo justo, pero no quise ir de forastero con la propina y me moderé bastante. Salí, dejando el tintineo de la campanilla reglamentaria y fui inmediatamente olvidado por el mesonero y los parroquianos presentes. C ést la vie.

El mercadillo ofertaba unos veinticinco puestos, de los cuales veinte vendían pescado y marisco de dudosa legalidad pero de frescura extraordinaria. Pensé en indignarme, pero cuando vi al Sargento de la Guardia Civil retirar medio cubo de percebes en uno de los puestos, comprobé que era inútil. Normas de facto, usos y costumbres, tienen más valor que los mandamientos esculpidos. Elegí otro cubito, con el fin de obsequiar a los huéspedes, y de paso paliar la mala imagen que adquirí entre ellos con mi ausencia al desayuno.

Ya me dirigía hacia el hospedaje cuando reparé en un pequeño puesto de artículos náuticos. Llaveros, insignias, gorras, réplicas de nudos marineros. De entre el repertorio habitual, más propio de turistas ignorantes en las artes marítimas, reparé en un objeto voluminoso encerrado en una caja de madera de balsa, que exhibía unos herrajes dorados, de todo menos industriales. Por más que lo observaba desde todos los ángulos, no pude identificar qué era el objeto, qué contenía esa preciosa caja. Finalmente tuve que preguntarle al veterano de tantos y tantos mares o al impostor que regía el puestecillo, no tenía muy claro ante quién me hallaba.

Su respuesta fue la esperable, la de aquellas tierras. Es decir, podía llegar a ser una respuesta, pero desde luego no a la pregunta que yo le había formulado. Insistí. Nueva respuesta confusa.

“No, si yo le preguntaba qué era ese objeto”

“Y ya le contesté. Es una guía”

“Pero una guía de qué? Para qué?”

“Pues depende”

A la vista del cariz que tomaba la conversación, decidí atajar por lo sano.

“Está bien, cuánto cuesta”

Ya estaba esgrimiendo el poderío del forastero de ciudad, cuando su respuesta me dejó helado

“No está a la venta”

“Entonces, porqué la lleva con vd.?”

“Ya se lo dije, es una guía”

“Pero lleva vd. una guía en esa caja tan magnífica? Supongo que ocupará bastante menos que la caja”

“Así va protegida”

Desde luego. Si la caja medía setenta o setenta y cinco cm. de ancho, por 30 cm de fondo, una guía iba protegida. Y otras quince, también.

Dado el resultado de las negociaciones, decidí comprar alguna baratija, con el fin de ablandar a ese …genio de la intriga. En vano. Tras un par de intentos más, me rendí. No es propio de mí, pero tuve que tirar la toalla. El blindaje y la esquiva dialéctica de este individuo, me desarbolaron. Rescaté los percebes, regresé al hospedaje, y compartí la comida con más pena que gloria. Esquivé un par de roces, seguramente intencionados, de la maciza, y me eché la siesta.

Bajé poco antes de la cena. El salón estaba vacío, así que busqué un rincón discreto y me senté con la mirada perdida en la teórica ubicación de los acantilados. Al poco rato apareció el dueño. Me saludó, y se me quedó mirando. Me preguntó si iba todo bien. Yo entrené una sonrisa protocolaria, pero no debió de resultar muy convincente. Insistió en la pregunta y me decidí a contarle la anécdota en el puesto del mercadillo.

El dueño le conocía. Se trataba de un antiguo capitán de Marina Mercante, actualmente retirado. No era de muy lejos, pero sí lo suficiente como para que se le considerase una persona huraña, difícil e imprevisible. En cambio, el dueño tenía cierto grado de amistad con él. Me reveló que había tenido severos problemas con el alcohol, lo que le hizo ser despedido de algunos trabajos. No obstante, su capacidad técnica era muy reconocida. Se decía que era de los pocos capaces de atracar un ferry en malas condiciones meteorológicas, aparentemente con ayuda instrumental muy básica. No era muy partidario de GPS y otros sistemas modernos, y se fiaba de sus puntos de referencia, las cartas y la brújula.

Le pedí al dueño que intercediera por mí. Seguramente lo habría hecho, pero el mercadillo no volvía hasta la semana siguiente. Definitivamente perdido. Resignado, me dispuse a preparar las maletas, ya que mi tren  partiría a media mañana . Tras la cena, empecé a darle vueltas a una idea. La comenté con el dueño, no le pareció mal, y sin más planificación, decidí prolongar mi estancia durante otra semana, hasta que volviera el mercadillo.

Llamé a la oficina, escucharon el cambio de planes, seguramente se alegraron de no verme, pero se sorprendieron bastante. Mi argumento de que necesitaba un descanso fue aceptado y asumido. Pero que lo hubiera decidido espontáneamente, no coló. Al carajo. Soy el jefe y no tengo que dar explicaciones. Y nadie me las había pedido, eso es cierto.

Para mi sorpresa, la semana extra transcurrió de forma inesperadamente plácida, entretenida, interesante. Alguno de los huéspedes se quedaron unos días más, no se si planificados o animados por mi presencia. Tuve que acostarme un par de veces con la madurita, porque el acoso se estaba haciendo un poco insoportable. Se fue a los pocos días, espero que por agenda y no por mi bajo rendimiento.

El día D amaneció luminoso, ligeramente ventoso y fresco. El mercadillo se montaba en las primeras horas de la mañana. Tuve que contener mis impulsos de ayudar a instalar su puesto. Esperé a media mañana y, ya acompañado del dueño del hospedaje, asistí a la ceremonia de abrazos y parabienes entre ambos, todo ello en la lengua del lugar. Aguanté como pude, y al rato le hice una seña al dueño, para recordarle qué estábamos haciendo allí.

Captó la indirecta enseguida, cogió al hombre del puesto por el codo y se lo llevó hacia un lado, como para revelarle los más íntimos secretos. Durante esa reservada conversación, el marino levantaba la cabeza hacia mí, con expresión de cierto fastidio, pero no abandonaba su puesto. Finalmente, hizo un ademán de consentimiento, el dueño del hospedaje le dio las gracias de forma muy ostentosa, y ambos vinieron hacia mí.

Mientras esperaba el veredicto, el marino se desvió ligeramente hacia la caja, la sacó de debajo de la mesa, la limpió con un paño veterano, y buscó algo a tientas en los bolsillos. Finalmente, asomó un objeto dorado y brillante, que introdujo en uno de los huecos de la caja. Giró el objeto y la caja se abrió. Involuntariamente, hice un gesto respetuoso, como el que un devoto cristiano haría en la Basílica de San Pedro, me aproximé, y pude contemplarlo en toda su extensión.

Lo reconocí en el acto, claro está. No diré que me decepcionó, aunque probablemente esperaba otra cosa. Alguna prueba de vida de los extraterrestres, un ópalo de los mares del sur, la última piedra del Cabo de Buena Esperanza, unos doblones españoles de los que iban atestados los viejos galeones, qué se yo. Aún así, debía de reconocer que era un objeto singular, que infundía respeto y admiración, por lo que significaba, por su importancia histórica, y como tal, coloqué mis manos a ambos lados y lo icé con mucho cuidado.

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“Se trata de una brújula de bitácora de un viejo barco holandés del siglo XVIII, de los que hacían la Ruta De La Seda hacia las Indias Orientales. Llegó a mis manos en un lote que adquirí por subasta en un puerto de Macao. Su propietario afirmaba que era procedente de los restos de un naufragio. Personalmente, estoy convencido de que se lo robaron a alguien, pero no he querido saberlo. Desde que lo adquirí, ha venido conmigo, y siempre ha insistido en señalar el norte. Como sabe, las brújulas de bitácora, como ésta, se colocaban junto al timón, con el fin de marcar el rumbo correcto al timonel y al capitán. Lo que probablemente vd. no sepa, es que posee un sistema de transmisión que le permite marcar el rumbo correcto , independientemente de los vaivenes del oleaje. Una especie de conciencia perenne, que le indica el camino a seguir”

Esta última afirmación me hizo reflexionar muy seriamente, probablemente por sus implicaciones metafóricas. Cierto que enseguida se me pasó el ensoñamiento, cuando el capitán me comunicó la valoración económica que hacía del cacharro. Pagué sin rechistar, en metálico, sin factura, sin reproches. Cogí la caja que contenía la brújula, me despedí del marino, sin obtener excesiva reciprocidad, y acompañé al dueño del hospedaje hacia su coche. Allí deposité ceremoniosamente la caja, me coloqué en el asiento y me dispuse a regresar el hospedaje.

Una vez listo el equipaje, embalada la caja como si fuera una ojiva nuclear, y acompañado de un aurea de omnipotencia,  o al menos eso me parecía, me despedí calurosamente de los dueños, especialmente de él. No pude por menos que preguntarle cómo había conseguido convencerle de que me vendiera la bitácora. Aunque inicialmente estuvo reticente, me confesó la estrategia seguida.

“Solo le dije que tus antepasados eran  oriundos de esta aldea, y que parte de tu familia pereció ahogada intentando recuperar mercancías de un barco naufragado. Automáticamente sintió cierta solidaridad marina y accedió, aunque ya has visto el dineral que te ha sacado por una simple brújula. Considerando que ahora mismo colocas un GPS en el móvil, no estoy muy seguro de la bondad de la transacción”

No me importó en absoluto. Lo importante no era el objeto en sí, sino la extraordinaria lección de vida, que ya nunca me abandonaría. Esa caja encerraba todos los males o todas las bondades del mundo. Si sigues el rumbo, independientemente de los avatares de la navegación, llegarás a tu puerto de destino, más tarde o más temprano. Si te apartas ligeramente, la bitácora guiará tus pasos de vuelta. Si lo haces definitivamente, la bitácora siempre te recordará que lo hiciste, como la más implacable de las conciencias imaginables.

Al llegar a casa, decidí cuál era el mejor de los emplazamientos posibles. La coloqué en mi despacho, a la vista desde mi mesa, en lo alto de un poste de madera que pedí que me hicieran, a semejanza de la bitácora de un navío real. Los visitantes no podían verla con nitidez, pero desde cualquier posición de mi mesa, yo la tenía a la vista, reprochándome tal o cual decisión, machacando mi conciencia y orientándome hacia el camino de vuelta.

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Bitácora original de un barco mercante de mediados del siglo XX.

 

 

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