Como El Perro Del Hortelano

Ocupaba la fila ocho, más o menos. Yo no lo llamaría teatro. Le faltaba moqueta, butacas, lámparas de araña, y muchos metros cuadrados. Pero es cierto que se representaba una obra. De las más celebradas del teatro clásico español. Y quizá por esa razón, no esperaba grandes sorpresas.

Pero a fe mía que las tuve. Y no fueron pocas. El montaje, ingenioso hasta decir basta. El vestuario, muy ambientado y coherente con la época del texto. Los actores, soberbios. Sin fallo, con actitud, con energía, con brío. Desde luego, disfruté como pocas veces. Desde la primera frase, hasta la despedida. Se hubieran pedido bises, sin duda.

A la salida, pude departir brevemente con alguno de los actores, simplemente felicitarlos y animarlos en futuras representaciones. Quizá un tanto protocolario. En realidad, hasta mi atuendo lo era. Directo del trabajo, con chaqueta, corbata y maletín. Para matarme, pero fue la única manera de encajar la agenda.

Ya me iba, en parte para descansar, en parte para no acaparar a los artistas, cuando escuché una voz rítmica , que me resultó familiar. Una de las actrices, la más caracterizada, estaba a mi espalda. Sin preámbulos, me preguntó exactamente por qué me había gustado la obra. Así, con esa construcción gramatical tan precisa e imperativa.

Intenté frenar con una fórmula rutinaria, pero me detuve a la mitad. Mi interlocutora me lo impidió con su gesto. No estaba dispuesta a escuchar cualquier cosa. Quería verdades profundas. O eso decía su rostro.

Tampoco estaba yo para muchos juegos florales, así que decidí atajar por lo sano. “Me ha gustado el arrojo y la convicción de la representación. La imaginación de la escenografía, y la inocente energía de los actores”. Así le dije. Y sin esperar respuesta. Al pan, pan y al vino, vino.

A punto de darme la vuelta y coger mi coche, me hizo reducir la velocidad. “Sabes que vamos a quedar dentro de un rato en la propia sala, para celebrar el éxito de la obra”. “No, no tenía ni idea”. “Creo que podrías pasarte, puede estar bien”. Desde luego, te lo agradezco infinito, pero he de irme a acostar, pensé en el acto. “Me encantaría”, respondí en cambio. “Pues vamos a cenar algo y luego venimos”. “De acuerdo, luego te veo”. “No, no me has entendido. Tú y yo nos vamos a cenar, y luego si acaso, volvemos”.

Desde luego, ni era mi plan original, ni tampoco el alternativo que me había hecho llegar. O sea, una improvisación, en toda regla. Claro, ahí me llevaba ventaja. Ella actriz, y con pinta de convertirse en una de las buenas. Yo espectador, y de los malos. No hay color.

Nuevamente fallé en mis pronósticos. No me llevó a su cama nada más cenar, ni tampoco a la fiesta de la obra. Me fue introduciendo en todos y cada uno de los locales underground que encontró a su paso. Sospecho que quería avergonzarme, exprimiendo para ello mi atuendo desconcertante. Pero le fui pillando el truco. Que había que beber, se bebía. Que había que bailar, pues corbata al cuello, modalidad lazo. No me iba a enganchar con el asunto de la guerra de clases.

Y paulatinamente, la más desconcertada, ella. Supongo que tenía planeada una noche loca con un ejecutivo al que llevarse a la cama tras avergonzarle por los garitos del submundo madrileño; En cambio, se encontró con un cuarentón que le seguía el juego. El cazador, cazado.

Se quedó bien jodida. Le compré una rosa de estas baqueteadas en muchas noches de juerga. La acoplé en un taxi rumbo a su casa. Pagué al taxista. Le dejé mi tarjeta y le di dos besos.

Ciertamente me perdí una buena noche de sexo, pero mi dignidad quedó  intacta. Estaba representando a todos los cuarentones de este mundo que son seducidos por una criatura extraordinaria en todos los sentidos.

A quién no le ha pasado.

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16 Comments

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  1. jaja a eso yo le llamo Actitud!!! Un grande, te aplaudo. Abrazo.

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  2. Otra historia genial. Me haz hecho reír nuevamente. Gracias!

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  3. Muy buen relato, si es real o ficticio no importa demasiado, lo que importa es la actitud de cada uno ante un suceso inesperado.
    Me ha gustado tu reacción, quizá porque no sería la que tendría la gran mayoría de los hombres, supiste nadar y guardar la ropa, un tira y afloja, diversión dentro del límite de la cortesía, un no dicho sin palabras y con educación… Supongo que no fue fácil resistir la tentación.

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