He Visto La Luz

Me gustó el sitio a primer vistazo. Una especie de Aparthotel de no más de diez habitaciones. La estructura perfilaba una suave concavidad similar a la de una cáscara de nuez, y la rugosidad de la fachada, enfoscada en piedra volcánica de la isla, contribuía a que lo pareciera de verdad.

En el seno de la cáscara estarían ubicados los apartamentos bajos, contentados con una pequeña porción de un jardín que aspiraba a ser tropical. Los pisos superiores dominaban completamente la escena y permitían una cierta sensación de superioridad, como la de un hermano mayor que no castiga, sino que corrige las travesuras del pequeño.

Como punto común, la piscina. Escueta, sobreelevada y curveada como un perfil femenino, modelo Rubens. Alguna hamaca de aparente solidez; Unas pocas sombrillas fijas y veteranas, dos flotadores y algunos juguetes playeros, probablemente olvido de huéspedes anteriores.

Se parecía bastante a los catálogos y desde luego reunía a la perfección los requisitos que había pedido. Tranquilidad, sosiego, luz, mar y ausencia de niños y perros. No es que tenga nada en contra, pero en ese viaje en concreto tenía el propósito de escribir, y para ello se necesitan ciertas condiciones. Seguramente el que escribe bien lo hará en cualquier circunstancia, pero yo precisaba calma chicha a mi alrededor.

No perdí mucho tiempo. Deshacer maletas, elegir las prendas más cómodas, conectar el portátil y abrir la puerta a las musas. De hecho, lo hice, nunca está de más. Escogí la terraza, coloqué la pantalla tapando la puesta de sol y solté los dedos. Alguna interrupción para el agua, para la copa, para el móvil.

Cuando la luz del sol me abandonó por completo, ya estaba completamente preparado. Una pequeña lámpara a mi lado me permitió seguir con la tarea, y de paso me hizo plenamente localizable en el complejo hotelero. Los vecinos, seguramente gente de cierta edad, habían ido apagando las luces de sus apartamentos, con una cadencia solo ligeramente más lenta que las velas de una tarta de cumpleaños.

Justamente en las antípodas de mi apartamento, atiné a observar otra luz que me hacía competencia. Parecía ser la de una de estas pequeñas lámparas LED que se conectan al puerto USB. En comparación con la mía, proporcionaba una luz mucho más tenue, pero seguramente eficaz para sus propósitos, fueran los que fuesen.

Con una soberbia injustificada por la ausencia de datos, atribuí la presencia de la luz a la mera consulta de redes sociales o cualquier otra rutinaria tarea. Podría haber pensado en temas de trabajo, sentencias por acabar, exámenes para corregir. Pero no, desprecié sus motivos sin base, y me regañé por ello.

Poco más tarde apareció el dueño de la luz. Mejor dicho, la dueña. Eso es todo lo que supe en ese momento, aunque no es mucho más lo que sé ahora. Parecía joven, y volví a rescatar la teoría de las redes sociales. Y nuevamente me reprendí por ello. “¿Porque sea una chica joven he de pensar que está levantada ante el ordenador solo por seguimiento de las redes sociales? No parece muy ecuánime ese pensamiento. Discúlpate de inmediato” Como no había ante quién hacerlo, decidí perdonarme el castigo por esa noche, y me fui a acostar, aunque severamente disgustado conmigo mismo.

La sala del desayuno se encontraba a escasos metros de nuestro complejo hotelero. No fui de los primeros ni de los últimos. Estuve particularmente pendiente de reconocer entre los comensales a la chica que vi por la noche, no tengo nada claro que fuera para disculparme. Más bien por simple y gratuita curiosidad. Pero unas por razones de edad, otras por la cohorte familiar (nuevamente los prejuicios), fui descartando candidatas, hasta quedarme sin ninguna. Supuse que llegaría más tarde, debido a haberse quedado trasnochando consultando las redes sociales. ¡Otra vez los prejuicios!

Esa noche estuve particularmente pendiente. Probablemente más que de mis propios escritos. No tardó en aparecer y tomar posiciones en su terraza, frente a mí, aunque a una cierta distancia. No podía observarla con precisión, aunque la silueta de sus movimientos hacían pensar en una escritura constante, relajada, sin prisa pero sin pausa.

No me parecía que consultara libros ni papeles, y el fantasma de las redes sociales revoloteó nuevamente sobre mi cabeza. Finalmente pude concentrarme en lo mío, y extraer una pequeña serie de buenas páginas, para variar. Cuando comencé a cerrar ventanas y apagar el ordenador, noté que ella estaba mirando en mi dirección. Seguramente le llamaba la atención la luz de mi lámpara. No pude discernir qué tipo de expresión dibujaba su rostro, pero quise engañarme aventurando una sonrisa.

En el desayuno me demoré a propósito para observar a los huéspedes rezagados, sin éxito alguno. Esta chica derribaba mitos. No era superficial, no era perezosa. Debía madrugar mucho más que yo, y se acostó más tarde. No observé nada parecido a una copa en su mesa. Ya de vuelta en mi apartamento, intenté saber algo más de ella, observando con la luz del día su terraza. No se veia movimiento alguno. Alguna toalla, bañador completo de estilo deportivo y una tabla de surf en posición vertical. Vale, parece una deportista. Ya sabemos algo.

En contra de mis principios, me dejé caer por la playa. En la playa hay arena, agua y olas. Aún así,  venciendo mi natural aversión a estos elementos, salvé el último tramo de escalones de madera y me dirigí al azar hacia una de las zonas, quizá la más próxima al apartamento. Aunque no llevaba más aparejos que el bañador puesto y la toalla al hombro, me dispuse a pasar un rato. Me bañé, me tumbé en la arena y comencé a enumerar las cosas que más me desagradan de la playa.Tardé un buen rato.

Ya me iba cuando hizo su aparición. No pude verla muy bien, porque accedió por un paso bastante alejado, pero la tabla y el bañador eran los mismos. Cabello rubio, no muy alta, fibrosa, unos treinta años como mucho. Saludó al camarero del chiringuito. Departió con otro surfero, aparentemente de temas comunes. Me levanté para verla un poco mejor. Acabé tomando posiciones en la barra del chiringuito. Parecía una carrera. Cuanto más me acercaba yo, más se aproximaba al agua. Cuando pedí el café, ya se había adentrado cincuenta metros. Ya volverá, pensé.

Hacia las dos de la tarde, considerando que era la hora de comer y que la misteriosa surfista debía estar en Hawaii por lo menos, dejé de hacer el ridículo, al menos de momento, y volví a mi apartamento. Cuando desperté de la siesta, me puse a escribir y repasé las tonterías que había hecho por la mañana, promesa incluida de no repetirse. Esa noche, seguí escribiendo en el interior del apartamento y me obligué a ignorar lo que se vivía en el apartamento de enfrente. Cuando me levanté a cerrar cortinas, creí verla de pie en la terraza, mirando en mi dirección.

A la mañana siguiente, el destino puso en mis manos la posibilidad de averiguar el nombre de la misteriosa vecina de enfrente. El listado de autorizados al desayuno se encontraba en el pupitre de acceso al comedor, y en una arriesgada maniobra sorpresa, le di la vuelta, y busqué rápidamente el número de su apartamento. No había duda porque era el último de enfrente. El 116. Katherina Müller Ferreiro. No me jodas. Anda que no tenía puntería. Alemana casi seguro. Y el Ferreiro, gallego fijo. Menuda mezcla.

A punto estuve de decirlo en voz alta. Afortunadamente la maitre me hizo pasar al comedor, y pude volver a la realidad. Tras dar buena cuenta del desayuno, me despedí de los camareros y me dirigí a la puerta para volver a mi apartamento. En el trayecto, Katherina (ya la podía llamar por su nombre) hacía su aparición en la terraza, hablando por el móvil en un idioma que podría ser alemán, o cualquier otro que yo no conociera. Ahí sí que me sonrió. Bien porque quería hacerlo, bien porque su conversación lo requería. Como no sé lo que estaba diciendo, no pude averiguarlo.

Elegí de nuevo trabajar en la terraza; La noche era magnífica, me sentía inspirado y quería volver a verla. No sé si era guapa o fea. Sé que tenía un pelo rubio trigueño aparentemente muy bien cuidado, y atractivo a la vista. Sé que su figura era muy estilizada, que era un poco más alta que yo, y que su voz sonaba bien, incluso en alemán. El resto, licencia poética o pura especulación, que para el caso es lo mismo.

Mientras pensaba eso mismo, debí quedarme extasiado mirando hacia ella, porque se levantó, y sin mucho disimulo me observó durante un buen rato. Sin gestos; Con curiosidad, supongo. Así estuvimos un tiempo, hasta que uno de los dos debió reflexionar al respecto de lo kafkiano de la situación, y creo que no fui yo. Volvimos al teclado, como si nos hubieran dado cuerda simultáneamente. Yo permanecí hasta el amanecer y ella, poco más o menos. Uno y otro apagamos luces, sin miradas ni gestos. Resignados, relajados o ignorados, no podría apostar. Pero mi estancia se acababa, y la misteriosa situación en la que nos hallábamos, tocaba a su fin.

Preparé las cosas para mi última noche, sin reproches, sin esperanzas, sin acciones. Aún tenía tiempo para escribir una noche más y decidí aprovecharla. Las luces se apagaron excepto en nuestros apartamentos, y en ese momento tuve una ocurrencia. Esas redes sociales, las que tanto había despreciado, podían darme algún tipo de información sobre la mujer que se había integrado en mis pensamientos.

No tuve que esperar mucho. Perfil de Linkedin a la primera. Profesora asociada en la Facultad de Filología de la Complutense de Madrid. Traductora jurada. Experiencia en empresas alemanas como intérprete de inglés y español. Acojonante.

Seguí investigando. Facebook escueto y muy cerrado al público. Twitter no encontré. Ya estaba pensando en abandonar cuando siguiendo un impulso busqué escritos en wordpress o blogger. Y ahí estaba. Hispanoalemana.com.

Entré con prisa y con vergüenza. Leí algunos de sus post, hablando de comidas, costumbres, sitios. Muchas fotos, buena prosa. Rebuscando encontré alguna reflexión. Pero su última entrada, titulada “El Escriba Sentado” llamó mi atención:

“En estas breves vacaciones insulares a las que os hacía mención en el último post, he encontrado una especie de alter ego en la terraza de enfrente. Un hombre que no cumplirá los cuarenta, y que todas las noches se enfrenta al teclado, a veces vacilante, otras decidido y las más, aparentemente confundido.

No tengo idea de lo que escribe. Podría ser notario, abogado o economista, desde luego. Pero yo me lo imagino como un poeta, un trovador moderno, un escritor fatalista, un guionista de cine. ¿Porqué? Porque su expresión es infeliz, tierna y sobria a la vez. Porque está solo, como yo. Porque no le he visto reír. Llorar tampoco, bien es cierto. Porque le he ofrecido con mi expresión un consuelo, un apoyo, una amiga, y la ha rechazado. No activamente, sino por omisión. No me saluda en la noche, cuando solo quedamos él y yo. No agita la gorra o silba o pone música para que yo la oiga. No ha hecho esfuerzo en buscarme, no ha preguntado por mí. No me ha dejado una nota. No ha sobornado a ningún camarero para que nos sentara a la misma mesa.

Sin duda eso quiere decir que es su deseo la soledad permanente, o al menos durante su estancia. He de respetarlo, no hay duda. Pero ha llegado a compungirme. Tengo la sensación de que nos hubiéramos podido …no sé. Conocer al menos. Y lo ha evitado con su carencia, con su omisión, con su falta de voluntad.

Me he quedado muy triste, más por él que por mí. Aunque bien mirado, él podría pensar lo mismo”

 

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26 Comments

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  1. Buena historia!!!! No imaginé la resolución. Solo falta la segunda parte

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  2. No soy buena halagando, pero tampoco creo que entiendas como me compenetro con tus relatos. Tienes tanto talento que me fastidia jajaja (con la mejor de las intenciones por supuesto, y lo aclaro porque en realidad no me conoces y ésta es mi forma de demostrar respeto). Un abrazo.

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  3. Woooooo estupendo relato !!! 🙂 besos enormes.

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  4. Muy buen relato,hay que joderse,(con perdón)toda la vida conociéndote o casi,y en cuatro blogs¿se dice así?me parece conocerte mucho mejor. No nos hagas esperar tanto.

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  5. Genial nuevamente! Me recordó un libro de Paul Auster.

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  6. Un relato excelente, ¡cuántas buenas ocasiones dejamos escapar por prejuicios e inacción!
    La imaginación trabaja por nosotros y nos hace imaginar historias que, la mayoría de las veces, no tienen nada que ver con la realidad.

    Supongo que ahora, roto el misterio, un buen comentario en el blog y a conocerse, jeje.
    Un abrazo.

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    • No estoy muy seguro. Si no fue capaz de comentarle nada en persona, quizá el anonimato de la red no sea suficiente para provocar su acción. Y recuerda los prejuicios que tiene hacia las redes sociales. Seguro que considera el blog una de ellas.
      Fuera de broma, me alegro muchísimo de que ye haya gustado el relato. Lo estuve escribiendo anoche hasta tarde, porque tenía la sensación de tener algo entre manos, y ha gustado bastante.
      Gracias por seguirme y especialmente por comentar

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      • Me encantan los relatos, la puesta en escena, la trama, el desenlace… a mí no se me dan muy bien, no tengo imaginación.

        Siempre escribo sobre sentimientos propios, no lo sé hacer de otra manera, así que nunca llegaré a la posteridad, jeje.

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      • Yo siempre pensé que el día de reparto de cerebros, la imaginación se subió a uno distinto del mío, y me quedé sin ella. Ahora me esfuerzo lo que puedo, pero no siempre acierto. Por eso escribo cada bastante tiempo. Por eso y porque soy perezoso, claro está

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  7. Me gustó mucho la forma en que vas llevando el relato, te hace compenetrarte con él y el final sorpresivo le pone el broche de oro. Un abrazo, feliz fin de semana

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  8. He llegado a tu blog de “rebote” y me ha encantado este relato, por su naturalidad, cierta intriga y porque a más de uno nos ha pasado alguna vez algo parecido. No nos atrevemos a dar un paso y a veces la vida o la casualidad lo da por nosotros. Saludos.

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    • Muchas gracias por leer y comentar. Y bienvenido, aunque sea de rebote, o precisamente por eso. Ya me dirás cómo ha sido, para fomentar esa vía de difusión, jajaja.
      En efecto, hay veces que el destino, el azar, los hados, e incluso Cupido, impiden el desastre que pudiera ser el no conocer a esa persona especial que podría convertir una simple existencia en una vida plena.
      Otras en cambio, somos completamente ignorantes de las oportunidades perdidas por una simple ausencia de valor o arrojo.
      Un ejemplo de lo contrario lo puedes tener en el relato “Como El Perro Del Hortelano”antoniadis9.blogspot.com/2016/08/como-el-perro-del-hortelano.html
      Me atrevo a sugerírtelo, porque es muy cortito y ha tenido buena acogida.
      De nuevo gracias por leer y comentar. Ya nos estamos siguiendo
      Saludos

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