El Resplandor Del Cuarzo (y III)

Es decir, que me quedé con el sambenito de boy scout -un poco crecidito- para los restos. Tuve que asumirlo con deportividad, poca alternativa tenía. Y burla, burlando como decía Lope, pasaron los días y las semanas, retornando a esa existencia apacible y vacía en la que me hallaba desde hacía demasiado tiempo. Nunca olvidé esos días, no soy tan canalla, pero a medida que se iban alejando en el tiempo, pude contener la multitud de recuerdos de aquellos días, construyendo una especie de mampara que los aislaba del resto de mi vida, en permanente cuarentena. (entrada anterior)

Sin estar completamente seguro, podría aseverar que todo habría seguido exactamente igual, con una inacción absoluta por mi parte, de no haber sido por la confluencia de dos acontecimientos fortuitos. Por un lado, la llamada de uno de los amigos de la adolescencia pertenecientes a la pandilla en la que militábamos tanto Elena como yo. Una llamada estrictamente profesional, necesitaba que le impulsara una solicitud de crédito en la entidad financiera en la que trabajaba. Mi función es exactamente la contraria, dificultar al máximo la concesión de los mismos, salvo que exista un grado de seguridad de retorno del capital, cercana al 100%.

En este caso, hice lo posible por orientar a nuestro común amigo, y gracias a esos consejos, obtuvo el ansiado crédito. Insistió en agradecer mi ayuda con una comida, y no tuve más remedio que aceptar. Mi aprecio personal por él era muy elevado, lo que pasa es que no me gusta mucho romper mi rutina cotidiana. Puede que en la aceptación influyera el hecho de que él vivía en ese pueblo serrano de marras, y que mantenía relación frecuente con todos nuestros amigos, pero tampoco lo juraría.

La comida transcurrió apaciblemente, muy agradable, de hecho. Me contó su proyecto, la apertura de un módulo de alojamientos rurales con cierta originalidad, sitos en la falda de una de las montañas del pueblo, con excelente habitabilidad, al juzgar por los planos y croquis. Al conocer todos los parajes en los que se situaba el proyecto, no tuve dificultad para hacerme una idea. Yo creo que le iría bien, y así se lo manifesté.

En la sobremesa, la vida y milagros de todos nuestros amigos fueron objeto de revisión exhaustiva. En líneas generales, todos marchaban bien. Muchos seguían en el pueblo, con diferentes trabajos o negocios; Algunos heredados de generaciones, otros de nueva creación. Unos pocos emigraron, alguno triunfó a lo grande. En resumen, excelentes noticias, podríamos decir.

Yo no le pregunté, por miedo a que mi visita hubiese trascendido nuestra discreción, y que los canales no oficiales de información del pueblo hubieran retransmitido nuestros encuentros. Pero él me informó, sin que me diese la impresión de tener alguna sospecha.

“Parece que Elena tiene alguna dificultad matrimonial. No es una novedad, pero desde hace varios meses se viene comentando en el pueblo la mala relación entre ellos. Tú ya conoces al marido, por lo que puedes hacerte a la idea”

“No, no tengo ni idea de quién es el marido” Me miró con cierta condescendencia, como reprochándome mi ausencia en el pueblo y en sus círculos sociales.

“Es un chico de Villanueva. Le llamaban el napias, por razones obvias. Jugamos contra él muchas veces. ¿Lo recuerdas?”

“Lo recuerdo” Tenía muy claro a quién se refería. Un tipo muy agradable de trato. Educado, correcto, noble en el fútbol. Divertido, dinámico, bebedor y juerguista. No mala persona. Alto y fuerte, con cierto atractivo físico, según decían las féminas. Ni pajolera idea de cómo diantres Elena había podido casarse con él. Que ahora fuese Vigilante de Seguridad me encajaba bien. Haría bien su trabajo.

Hubiese preferido que el marido de Elena fuese un completo desconocido, la verdad. En todo caso, él hecho de que no fuera así, reforzaba mi posición inmovilista al respecto. Si hubiese sido un completo tirano, quizás hubiera considerado otra cosa. Quizás no.

La comida finalizó sin alteraciones. Unicamente me recordó que las fiestas eran en dos semanas, y que nunca se me veía por allí. Claro, como que no iba nunca. Y este año, probablemente con más razón. Pero me sorprendí a mí mismo diciendo que seguramente me acercaría. A él también le sorprendió, pero me propuso una especie de reencuentro, y también revisar sobre el terreno su nuevo proyecto. Abrazos, adioses, y no se habló nada más.

El otro acontecimiento fortuito al que hacía referencia, versaba en torno a la casa de mi tía. La inmobiliaria a la que le habíamos encargado la venta me llamó para que mantuviésemos un encuentro con un posible comprador. Al parecer había vistado la casa en un par de ocasiones y estaba realmente intyeresado. La oferta no era muy elevada, pero mi familia estaba por la labor, aunque respetaban mi criterio.

Cité al posible comprador en el fin de semana de fiestas. Solo un extraordinario masoquismo latente podría justificar que eligiese el momento en el que iba a encontrarme con Elena (en las Fiestas te encuentras con todo el mundo, te guste o no), para despachar de un plumazo el mayor manantial de vivencias y sentimientos que podría llegar a tener jamás. Un argumento de Hitchcock no hubiera resultado tan sádico.

Creo que confiaba ciegamente en el posicionamiento adoptado, en su firmeza, en el cúmulo de argumentos lógicos que me llevaron a él. Y pensé que tal convencimiento me haría inmune a cualquiera de los estímulos que pudieran llegarme en esos días de Fiestas. Visto en retrospectiva, es como si Ulises, en vez de atarse al mástil del barco para no verse atraído por los cantos de las sirenas, se hubiese agarrado con una sola mano, como cuando vamos en el bus. Lo más probable es que el barco hubiese acabado en el acantilado destrozado por las rocas. Básicamente, lo que al final ocurrió.

La noche anterior no dormí nada bien, sin saber porqué. Elegí una explicación al azar, y olvidé el asunto. Cargué el coche con lo necesario para dos noches y sus correspondientes días. Llegué hacia el mediodía, comí frugalmente y me eché la siesta. De nuevo me molestó ese resplandor atípico que no había podido identificar la otra vez. Esta vez tomé cartas en el asunto, me levanté de la cama y me dediqué a buscar la razón de tal reflejo o luz o lo que fuese.

Tras revolver media casa, con cuidado de dejarla presentable para la visita de los presuntos compradores, encontré la razón del misterioso resplandor. En una cajita de plástico, de escasamente tres centímetros de lado, había una pequeña porción de cuarzo transparente, con una perfecta delimitación de las caras. Lo había cogido de la mina donde Elena y yo estuvimos aquel día, cuando tenía trece o catorce años. Reflejaba cualquier pequeña luz, y me acompañaba en las noches de mi adolescencia. Lo consideraba un amuleto muy valioso, y desapareció de forma tan misteriosa como lo había recobrado. Recordé las palabras de Elena sobre el cuarzo:

…el cuarzo transparente ayuda a aclarar el pensamiento, a equilibrar la mente, y proporciona la energía necesaria para ello. Es algo más masculino, según se dice”

Hasta ese momento pensaba que tenía el pensamiento claro y la menta equilibrada. Incluso en exceso. Pero el hallazgo del cuarzo empezaba a perturbarme. De una forma completamente desproporcionada. Perdí una piedra, encontré una piedra, eso era todo. Entonces?

Con ese pensamiento bajé a dar una vuelta por el pueblo. Qué puedo contaros. Lo que es una Fiesta en cualquier pueblo. Mucha más gente en la calle que un día normal, y mucho más areglados. Las señoras lucían sus moldeados, sus faldas rectas, sus broches repujados, sus collares y pendientes de perlas, maquilladas como para ser las madrinas de todas las bodas del entorno, disfrutando de los escasos momentos de esparcimiento que ofreciá un pueblo serrano. Ellos con zapatos negros, calcetines absurdos, corbatas canallas, con la razonable incomodidad que proporciona la elegancia en los que no acostumbran. Ambos saludando, riendo, comparando atuendos y peinados; Citándose para los momentos grandes: Los toros, la misa, la procesión y el baile. Los niños, desatados. Arruinando el esmero de sus madres y abuelas para ponerlos guapos, lo fuesen o no, al subirse a los coches de choque, caballitos, norias y cualesquiera de las atracciones que les habían sido convenientemente prohibidas.

Y yo, intentando mimetizarme con la fauna local, procurando pasar inadvertido con mis vaqueros gastados, mi polo de marca y zapatos de montaña. Fuera de lugar, desde luego. En este tipo de eventos, solo cabe una posibilidad, la del viejo refrán castellano “donde fueres haz lo que vieres” Es decir, que te transformas en un lugareño más y disfrutas como un enano, o acabas criticando la calidad del aceite de los churros, la desviación, más que acusada, de las escopetas de perdigones con las que intentas conseguir pequeñas baratijas y el ataque inaceptable a los clásicos del rock and roll por parte de la Orquesta Maravilla. Normal. Si fuesen virtuosos, no amenizarán las Fiestas de pueblo. Eso se asume en el minuto uno.

De momento, me iba librando, incluso pensé en la posibilidad de tomar una cerveza, un pincho moruno y de regreso a la casa. No fue posible.

“Pero bueno, quién nos honra con su presencia. El afamado bancario madrileño.” Para situar al lector, encuádrese el comentario anterior en un tipo de ciento ochenta centimetros de altura, y otros tantos de hombro a hombro. Quizás exagere. Pero no mucho. Intenté darle réplica contundente, pero más contundente fue el manotazo que me atizó entre ambos omóplatos. Se le notaba contento de verme, pero hay cariños que matan. Me fue pasando uno a uno con todos los componentes de un pequeño grupo, que se hacían llamar “Los Bolingas“, en certera alusión a la soprendente cantidad de alcohol que pretendían ingerir, y a la no tan sorprendente consecuencia de la misma.

La costumbre de los pueblos de celebrar las Fiestas agrupándose con los amigos en pequeños colectivos con identidad estética propia, que recorrían el pueblo participando activamente en todas y cada una de las acciones programadas por el Concejal de Festejos, siempre me ha parecido una manera sencilla, barata y solidaria de disfrutar de ese tipo de eventos. Desde luego, la posibilidad de que un servidor formara parte de una de esas peñas era inexistente “Ad impossibilia nemo tenetur” Es decir, lo que no puede ser, no puede ser y es imposible. Salvo que te cojan entre tres o cuatro armarios con piernas, y te coloquen la correspondiente camiseta identificativa.

En resumen, acabé de bar en bar como cualquiera de ellos. A la fuerza. Pero mi formación debía servirme para algo. Calculé que si pedía mucho más hielo en cada copa, podría evitar el coma etílico con cierta probabilidad. Los de riesgos somos así. Nos emborracharemos, pero con clase.

No sé que llevaba el hielo, o cómo hice los ratios, el caso es que según avanzaba la noche, veía difícil acabarla en un estado aceptable. Preparé una estrategia de huida por la puerta trasera del cuarto garito que visitábamos. Estaba a unos metros de los aseos, y daba a un callejón relativamente próximo a la casa de Elena. Tenía que intentarlo.

Una vez en el callejón, enfilé una callejuela formada por el espacio que dejaban entre sí las vallas de piedras graníticas de sendos prados urbanos. De ahí a la Plaza, y de ahí a la libertad.

“¿Qué haces tú por aquí?”

Un escalofrío me atravesó de parte a parte. Conocía la voz, conocía a la mujer que la emitía. Pero no me conocía a mí, por lo visto. Me di la vuelta casi fuera de mí, con la intención de echarme en sus brazos, sin demora, sin excusas, sin presiones. Solo dejarme llevar, pasión sin razón, sin temor, sin represión. La quería, debía haberla querido, y debía haberlo sabido. Pero nada de eso tenía gran importancia. Ella estaba allí, y yo había decidido estar con ella, durante el resto de mis días.

En las milésimas de segundo que tardé en darme la vuelta, se apelotonaron de forma absolutamente anárquica evocaciones, recuerdos, futuros, presentes. Una especie de Ebenezer Scrooge redimido por el espíritu navideño. Pensaba en vivir juntos, en nuestros trabajos, en nuestros hijos, y en esa noche, los abrazos, los besos, las caricias. Todas las que teníamos pendientes las agotaríamos esa noche, sin medio a la sequía, porque día a día nuestro almacén se renovaría.

En el último momento refrené mis impulsos, por instinto, por sexto sentido, por miedo, o porque ya estaba acostumbrado a mi vacía existencia. ¿Iba a ser tan afortunado de repente? ¿No habría nada que se opusiera? ¿Se puede ser feliz tan repentinamente después de tantos años de simple subsistencia?

La respuesta, obviamente es No. Elena se encontraba enfrente de mí. Con el napias, su marido. Con expresión alarmada. Aterrada, diría yo. Comprendía perfectamente la razón. A punto había estado de cargarme su matrimonio por un simple arrebato. Afortunadamente me recompuse, le dí dos besos y esperé a que me presentara a su marido. Choque de manos, neutral, educado, correcto sin más. Obvié decirle que le conocía, que tenía referencias suyas. El no pareció reconocerme y ahí dejé el asunto. Como manda el protocolo serrano, uno de los tres ofertó una cerveza en el bar más próximo. Desde luego no fui yo. Ni Elena, exactamente por los mismos motivos.

Me llamó la atención la exquisita deferencia con que el napias, quiero decir el marido de Elena, la trataba. Algo muy artificial o al menos ligeramente excesivo. Me preguntó qué quería tomar y le dije que cerveza sin alcohol. Trajo dos de esas y una normal para él. ¿Elena bebiendo una sin alcohol? Vaya sorpresa. Debía llevar muchas o… No sé, quizás estaba a dieta o había decidido moderarse en las fiestas.

La conversación duró unos quince minutos, al menos uno más de los que me hubiera gustado. Porque en el último minuto, sentí un vacío en mi estómago que se extendió por el resto de mi cuerpo y acabó resquebrajando el miocardio. Y no lo iban a arreglar los sanitarios, porque era un desgarro del alma.

“¿Ya sabes que Elena está embarazada? No lo sabe mucha gente. Ella lo ha preferido así”

El rostro de mi amada adoptó la tonalidad de pantones disponibles. Como si la enfocara directamente la vidriera de alguna majestuosa catedral gótica. El caleidoscopio en el que se convirtieron sus mejillas, me hizo sudar de pena. Estaba pasando por el peor trance posible. Desde luego, debía ser amor. Ella se moría por haberme destrozado, y yo me preocupaba por ella, porque estaba pasando sufriendo por mí. Tal para cual.

Una vez repuesto de la sorpresa, conseguí recobrar un mínimo decoro estético, hacerme el sorprendido, el alegre, el eufórico,…Interpreté todos los papeles disponibles en el libreto: El amigo, la familia, el hombre de bien,…Todos menos aquel en el que realmente podíaa considerarme protagonista. El hombre hundido por esa miseria en la que a veces puede convertirse la vida.

En cuanto pude me zafé de su compañía, no creo que nadie pudiera recriminármelo. Reencontré a los amigos, y ahí sí decidí disfrutar de las fiestas. Al menos de la parte enólica de las mismas. La noche acabó en la mañana, como era de prever. Me deslicé a la casa como pude, cerré cualquier posible fuente de luz, o eso creía cuando me acosté. La luz del cuarzo transparente seguía aportando ese misterioso halo de esperanza, o de realidad o de energía, no sabría decirlo. No tenía fuerzas para ocultarlo, así que lo dejé estar.

Por la tarde estaba citado con los posibles compradores. Recogí como pude, me duché durante muchos minutos y procedí a un regreso a la realidad mucho más duro y oscuro del que hubiera concebido y deseado. Los recibí con la cortesía justa, y no hice el más mínimo intento de destacarles las virtudes de la casa. La verdad es que me cayeron mal desde el principio. Era una pareja de treintañeros, pija, soberbia y con complejo de superioridad. El, moreno, con entradas, engominado, con polo de marca, mocasines de marca, y vaqueros de mucha marca. Ella, con vestido de gasa y botas camperas. Simplemente tenían la idea snob de rehabilitar la casa en una vivienda de una sola estancia, llenarla con miles de libros y discos, encender la chimenea y descansar los fines de semana invernales. Absurdo.

Aunque me hubiera ido a Madrid de buen grado, el cansancio de la noche anterior y la extraordinaria resaca que hizo su aparición con efectos retardados, aconsejaba lo contrario. Al fin y al cabo yo era de riesgos, así que decidí no correrlos. Descansar y al día siguiente vuelta a esa rutina, a esa vacía existencia. Casi me reconfortaba.

El sueño no me había vencido aún, solo vegetaba en la cama, viendo acordes y persiguiendo sombras. La canción de Nacha Pop no podía venir más al pelo : “nada me importa hoy, no se ni donde voy, persiguiendo sombras ” Me encontraba absolutamente a la deriva, diluido en alcohol, perdiendo el control, el equilibrio, la ruta y el rumbo. Volví a poner la canción, esperando encontrar alguna estrofa inspiradora, consoladora quizás. “Si ahora me voy, de quién serán las pisadas que oirás llegar…” Y en efecto, parecían oirse pisadas en el exterior. Efecto de la resaca, pensé, hasta que ella hizo su aparición en el dintel de la puerta del dormitorio. Pensé que era un holograma, una proyección, un espíritu. Nunca que fuera ella en persona.

Me levanté de golpe, y mi cabeza me recordó al instante que no debíoa haberlo hecho. Ni levantarme de golpe, ni beberme hasta el agua de los floreros. No se rió, y debía haberlo hecho. Me hubiera sentido mejor. Fui a abrazarla. No se me ocurrió otra cosa. Ella no me rechazó, necesitaba calor. Temblaba como un bebé febril. La atrape con todas mis fuerzas, hasta el límite de la respiración. Duraría segundos, minutos u horas, pero estaría integrada en mí, fusionada conmigo, formando un equipo imbatible. No la hice responsable de nada, no podría, no sería justo. Pero debía preguntarle, era irremediable.

“Elena…”

“No, no es tuyo.”

No, no tengo ni idea, no se si me hubiera importado. En ese momento, con ella adherida a mi piel, quise creer que no, que no solo no me hubiera importado, sino que probablemente daría sentido a mi vida. Pero no puedo engañaros ni engañarme. Quizás hubiera habido una lucha sin cuartel entre el hombre que era y el que quise ser; Y en ese tipo de luchas fratricidas, nadie sale vencedor. Todo son víctimas y pérdidas. Pero me hubiera gustado participar en esa pelea.

Me explicó lo que ya sabía. Desaparecí, debió seguir con su vida, y la naturaleza hizo el resto. No quise explicarle que llegué al pueblo sin una intención definida, o con una clara decisión de renunciar a lo único que he querido en mi vida, independientemente de que nunca antes lo había sabido. Entendió que lo único importante es, que en un momento dado, toda mi existencia era suya. Aceptó con generosidad y elegancia esa prueba de amor y, cito sus palabras, ella no albergaba espacio alguno en su corazón que no fuera para su futuro hijo y para mí.

Y esto debía haber sido todo. Se fue, volvió a una existencia vacía. Porque ella sabía ahora lo que es la completa felicidad, la suma de nuestros días juntos y la experiencia de ser madre. No cabe concebir mayor alegría salvo, quizás, que ambas cosas pudieran coincidir en las mismas coordenadas espacio-temporales.

Pero es bien sabido que nunca se puede tener todo lo que uno desea. Y con ese pensamiento, coloqué mi equipaje, y partí hacia Madrid esa misma noche, mientras que mi felicidad quedaba recostada al abrigo de esa inmensa mole granítica, que protegía al pueblo y a mi amada. Estaba en las mejores manos.

Lo que ocurrió desde ese día, podía ser de lo más previsible. Volver a la rutina, a mis riesgos, a mis amantes de una noche, a las veladas sociales de escasa relevancia, a las agendas milimetradas, a la ablación de los impulsos. A mi vida, en suma.

El problema es que ahora tenía pleno conocimiento de la distancia existente entre lo que tenía y lo que podía haber tenido. Excesiva, sin duda. Yo no me tenía por un tipo excepcionalmente inteligente, pero sí con cierta organización neuronal. Paulatinamente, una idea se fue forjando en mi interior: Enfoquemos este problema desde una perspectiva diferente. Podemos intentar despojarle de cualquier consideración afectiva y analizarlo como un problema de riesgos. De los míos. Me dedico a eso. ¿Porqué no tomar ventaja de mi conocimiento en ese campo?

Dada la envergadura del problema, había que recurrir a todas las herramientas disponibles para intentar resolver el dilema. Cogí algunas fotos de las de entonces, los cuadernos de las carreras ciclistas de chapas y mucho rock and roll. Solo faltaba una cosa, pero debía desplazarme a por ella.

No tardé en exceso. Sin tráfico es casi un paseo. Busqué la llave bajo el tiesto. Agarré la pequeña mochila con lo necesario y mucho café. Desplegué el cuaderno, la musica, y las fotos en la mesa del comedor, y me fui en busca de la piedra angular, la que me ayudaría a resolver el problema. La piedra Rosetta, me dije con cierta chanza. Empezó a brillar como en pocas ocasiones. Lo alineé frente a la puesta de sol.

Tras muchas deliberaciones internas, el dilema estaba prácticamente resuelto, pero siempre hace falta un pequeño empujoncito.

“Sí, dígame”

“Soy Borja, el comprador de la casa de su tía. Le llamo para decirle que la escritura de compraventa la haremos con un amigo Notario, en la calle Goya. Estaba previsto que fuera el de la inmobiliaria, pero tiene la oficina en Getafe, y no pensamos desplazarnos tan lejos”

Esa fue la espoleta. Simulé que estaba en una reunión y colgué el teléfono con prisa. Hice tres llamadas. A mis dos primos, herederos de mi tía como yo. La tercera, a mi compañero Vicente, de una entidad bancaria de la competencia, con el que tenía buena relación profesional. Me garantizó la viabilidad de la operación, aunque me pidió todo tipo de garantías. Los de Riesgos, ya se sabe. Llamé al comprador y le hice ver que la casa ya tenía dueño. No le hizo ni pizca de gracia. Amenazó con no se cuantos abogados o seres mitológicos; Me dio exactamente igual. Soy de Riesgos, estoy acostumbrado a que se cabreen conmigo. Di por finalizada la Fase I.

La Fase II consistía en una interminable retahíla de cartas a proveedores de luz, agua, teléfono, etc, papeleos municipales, escritos a Recursos Humanos, y este tipo de cosas necesarias e importantes a las que la gente suele tener cierta repugnancia. Pero es mi terreno, y se me da muy bien. En menos de un mes, todo organizado.

La Fase III. Madre de mi alma. Eso iba a ser harina de otro costal. Tampoco había atajos, requiebros ni celadas. A las bravas. Calculé los riesgos. Lo peor que podría ocurrirme ta me había ocurrido. En este caso concreto, la situación no era susceptible de empeorar mucho más, por lo que me encontraba en una situación de “estrategia dominante” según la teoría de juegos. Para que digan que los de Riesgos somos aburridos.

Llegó el día. Esperé el momento, sabía que no tardaría en producirse, el pueblo no es tan grande. Me preocupó un poco causarle una severa conmoción emocional, por lo que decidí explicarle mi plan de una manera absolutamente objetiva, sin recurrir a los viejos trucos del amor, la pasión , etc. Se trata de una situación de toma de decisiones sin información perfecta. Un problema de segundo de carrera. Una simple estimación de probabilidad.

“Vamos a tener que dejar de vernos así”, me dijo cuando la abordé en el callejón. “Anda, tira para casa de tu tía, yo voy allí por mi cuenta” Cuando llegó, me dijo que estaba completamente loco. No es que estuviese en completo desacuerdo, pero ya iba a protestar cuando me cerró los labios con un simple movimiento del índice.”Cállate y bésame” Desde luego, desde luego, pero déjame que te explique. Bueno, no llegué a decirlo.

Más tarde pude explicarle lo de la casa. Alucinaba. Reía, gesticulaba, se asombraba, y todo a la vez. ¿Cómo pueden hacerlo? Procedí a explicarle mi plan.

“Elena, estoy completamente loco por tí. Imaginar una existencia sin verte me parece completamente demencial. No concibo posibilidad alguna de volver a estar separado de tí. Soy plenamente consciente de que ese niño va a necesitar a un padre y una madre, y te conozco lo suficiente para saber que pondrás por delante su felicidad a cualquier otra cosa, incluyendo la tuya y la mía. Y así debe ser. Si eso es lo que piensas que debes hacer, no solo no te pondré inconvenientes, sino que te animo a llevarlo a cabo. Pero yo debo estar aquí. No aspiro a tener una relación paralela, no quiero ser tu amante, porque sé que tú no puedes correr el riesgo de perjudicar a tu hijo. Nunca voy a incomodarte acechándote en los parques, en las esquinas o los bares. No te pondría en peligro aunque de eso dependiera mi vida.”

“Pero, Elena, debo pensar en mí. No puedo condenar mi existencia futura viviendo una vida totalmente carente de sentido, y hacia allí es donde me estaba precipitando. He visto una luz, el resplandor del cuarzo, que marca la ruta hacia mi felicidad, y de momento me posiciona en esta casa, en este pueblo, y aquí estaré, tan cerca y tan lejos de tí. Saldré por las noches, al amparo de la luna, buscando los lugares de paso donde pudiera permanecer tu olor, seleccionando tus huellas de entre todas las demás, adivinando las flores ante las que te detuviste, porque serán las más hermosas de todas ellas. Y esa será mi felicidad, la más pura y bella de todas las posibles. Desinteresada, esperanzada, generosa. Lo que hasta hoy nunca había tenido.”

“Y por si estabas pensando que mis expectativas son desinteresadas, no me tengas en tan alta estima. Todo es egoísmo, puro egocentrismo, porque solo estoy pensando en mi bienestar; Lo he calculado, he aplicado las fórmulas, los ratios y las progresiones, y todo me lleva a tí, a estar próximo a tí, a saber de tí, a verte en lontananza al atardecer. Porque he calculado que de esa fórmula, diferenciales, integrales y polinomos, el único resultado obtenido será mi felicidad.”

No hubo mucho que añadir. Nada podía hacer ella para evitarlo. Estaba todo calculado. Soy de Riesgos.

 

 

 

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20 Comments

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  1. Un final digno para un personaje con tendencias obsesivas. Encontró “su felicidad” y supo que hacer con ella.

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  2. No se si el personaje es muy cartesiano pero desde luego se arriesgó en la búsqueda de su propia felicidad y eso no lo decide cualquiera. Decidir no es sencillo pero no decidir es en si mismo una decisión, algo que la gente no suele entender. Brillante final y añado que un tanto inesperado para mí. Excelente relato. Un placer leerte.

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    • Muchas gracias por los comentarios. En ajedrez existe una situación llamada “zugwang”, en la que el jugador que le toca mover pierde indefectiblemente.
      En este caso, esa formación cartesiana le ha permitido encontrar una solución que le permite armonizar las cosas de la cabeza, con las del corazón, para nula o plena satisfacción de la una o la otra.
      El final podría haber sido cualquier otro, estoy de acuerdo. Pero he intentado ponerme en su piel, y cualquier otro final hubiera derribado sus principios vitales, pero no creo que un tipo tan rígido lo hubiera permitido.
      ¿Qué final esperabas?

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  3. Tu final me parece excelente, me refería a que siempre puede haber otras posibilidades. A menudo me sucede en mi propio blog que se me ocurren finales diferentes ante historias comunes. Por cierto gracias por tu detallada respuesta, ignoraba lo que es un zugwang. Un abrazo

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  4. El amor tiene razones que la razón no entiende, dice el refrán y es bastante acertado, creo yo. A menudo nos encontramos con personas que por amor han hecho locuras y pensamos “con lo lista que parecía”… y sé un poco de lo que hablo, cuando tenía diecisiete años cogí un tren sin billete y con la ropa que llevaba puesta y me escapé rompiendo totalmente con mi vida anterior. Fue por amor, aunque con los años surgen dudas de si aquel amor juvenil era el verdadero amor… Pero duró muchos años, hasta que el cáncer se cruzó en el camino.

    El relato me ha gustado mucho, desde el principio hasta el final, todo el problema es enamorarse a destiempo, como si fuera en otra dimensión, en otro espacio… yo seguramente, haría lo que el protagonista, agarrarme a ese amor y soñar.
    Un abrazo.

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    • Muchas gracias por tus palabras.
      Yo creo que el amor verdadero no existe en momentos transversales, sino en la perspectiva longitudinal. Lo que estoy de acuerdo es que pasa por fases, a veces proporcionales a la maduración de cada uno de los individuos de la pareja, y otros a la situacion anímica de los mismos.
      El prota es un poco cobardica. Se mantiene cerca porque no quiere renunciar al amor verdadero, pero no se plantea simplemente hablar con ella y averiguar si tiene la misma percepción, y en caso afirmativo, agarrar el toro por los cuernos. Solo se queda por allí, para estar seguro de que si cambian las circunstancias, no vuela a quedarse en fuera de juego.
      Pero es lo único que veo razonable, en el contexto del personaje.
      Me ha gustado escribirlo y que os haya gustado.

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      • Sí, es cobardica, pero es que no es él el único que tiene que elegir, aunque si fuera valiente tendría que intentar llevarla a su terreno y si no fuera así desaparecer… pero parece que le queda la esperanza de que ella algún día mire y le vea de verdad.
        El amor es muy complicado y hay mucha variedad de situaciones como para intentar comprenderlas todas, cada vez estoy más de acuerdo con ese refrán que te decía en mi comentario anterior.
        Pero tu relato me ha gustado mucho.

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      • Y yo con la necesaria alineaciñon espacio-temporal

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  5. David Blasco Sandino 26 septiembre, 2016 — 8:06 am

    Difícil conjugación, el cálculo diferencial y los sentimientos crudos. Valiente a la par que analítico.

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  6. Mola
    Diver
    Buen ritmo
    Gran elección ‘persiguiendo sombras’
    El personaje puede hacer una adaptación de la canción con ‘ calculando riesgos’ jajjaa
    Salud

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  7. Muy bueno lo de los calcetines absurdos jajaja
    Aunque para mí es la etiqueta la que incomoda. La elegancia se tiene o no incluso con un tanga de leopardo 😀
    Grande Antonio 🙂

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