Lágrimas Tras El Cristal

Siempre se ha dicho que se puede llorar por alegría o por tristeza; Por amor o desamor; Por impotencia o por rabia. Como si hubiera contraposición entre cada una de esas parejas de palabras. Esa noche lloraba por todos y cada uno de esos motivos, confundiendo cada una de esas gotas de secreción lagrimal con sus homólogas de la lluvia exterior.

El clima armonizaba a la perfección con mi estado de ánimo. Era una tarde plomiza, húmeda, grisácea y confusa. Más o menos como estaba yo. Próximo a la tormenta, probablemente como yo. Sumiendo todo en la oscuridad, como yo deseaba. Impulsando la vida hacia la noche; Como mi alma. Dormida, insensible y con pesadillas.

A veces se puede renunciar a participar en este mundo. De hecho, hay ocasiones en que la única fuerza que nos coloca en el engranaje de la vida colectiva, es la fuerza centrífuga. La revolución de nuestros pensamientos autodestructivos provoca un progresivo alojamiento del centro, del núcleo, del core. Y a fuerza de incrementar la velocidad de giro, de darle vueltas una y otra vez a las desgracias que nos ocurren, la fuerza centrífuga nos aleja del trayecto circular, con tanta fuerza que nos pone en circulación de forma totalmente involuntaria. Y una vez en el ruego, en la cadena de la vida, de la vida pública, de la vida social, paradójicamente existe una fuerza centrípeta, igual y de sentido contrario, que nos mantiene en el lío, en el enjambre de procesos y convenciones que usurpan los cimientos verdaderos. Los valores, la personalidad, las virtudes.

Es rara la ocasión en la que optamos por plantear una vida anárquica, desestructurada, diferente. Y muchas menos las que buscamos en ese planteamiento heterodoxo una vía de solución o de escape para las penurias mundanas. ¿Porqué? Porque la costumbre es más poderosa que el deseo, es mi tesis.

Y la costumbre, la tradición, el convencionalismonos hace plantearnos soluciones convencionales, que normalmente no resuelven el problema, pero que ayuda a compartirlo con nuestros semejantes. Es decir, que buscamos solución a un problema individual repartiéndolo de forma heterogénea entre los más próximos. De esa manera, no resolvemos nada, es obvio, pero hemos conseguido intoxicar con nuestra impotencia, nuestra desgracia o nuestra incapacidad, a mucha más gente. Y como la ecuación física demuestra que la presión es directamente proporcional a la fuerza, e inversa a la superficie, supongo que aumentando la superficie, o sea, el número de individuos afectados por el problema, la presión se reduce, a niveles de fuerzas similares.

¿Qué ocurriría si intentásemos buscar soluciones alternativas? Que violaríamos los mecanismos sociales, los individuos no soportarían su parte del problema que nos afecta, y la presión, al reducirse la superficie, nos aplastaría a nosotros. Por tanto, compartimos los problemas para que nos causen un menor grado de presión. O sea, que somos unos egoístas de tomo y lomo.

A modo de comprobación de la teoría, decidí enfocar mis problemas de forma totalmente diferente, sin compartirlos con nadie. Si exteriorizaba inadvertidamente mi confusión intelectual o mi descenso del ánimo, no negaba la existencia del problema, simplemente reconocía estar afectado por una serie de incidencias personales que modificaban mi estado de ánimo y mi habitual comportamiento, y agradecía su interés, para posteriormente evitar aclaraciones al respecto.

Posiblemente, seríamos tachados de la lista de individuos socialmente aceptados, pero el objetivo es de lo más noble. Y la incomprensión es una situación consustancial a la vida, por lo tanto, sin excesivo interés.

Hombre, esa noches estaba jodido. Pero yo solito. No metí a nadie por medio, no hice infeliz a ninguna otra persona. Debatí mis cuitas conmigo mismo, saliendo derrotado. Y mi penitencia, me acompañaba en ese rato. De repente caí en el hecho de que al mimetizar mis lágrimas con las de la lluvia exterior, estaba también aumentando la superficie de dolor. No lo había tenido en cuenta.

Se me fue un poco la mano, porque la presión me desbordó, mi comportamiento se alteró, y la vecindad se alarmó, con lo que sentí un cierto alivio, sin duda debido al hecho de que la superficie de damnificados por el problema se había incrementado. Pero ya no tenía más fuerzas para sostener mi teoría.

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8 Comments

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  1. Y por eso los hombres de ciencias no necesitan de un psicólogo…entienden la física como ninguno.

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  2. , Las penas entre dos (o más) son menos penas… va a resultar que todo se reduce a una ecuación y cuanto más repartido menos nos toca y que tienes razón, que somos unos egoístas de tomo y lomo.
    Yo intento lamerme las heridas yo sola, asi que cargo con toda la presión, hasta que ésta haga que un día estalle… ya ha pasado en alguna ocasión y mejor que no pille cerca a nadie, jeje.
    Los días de lluvia no me gustan nada, quizá porque me recuerdan demasiado a los días de lagrimas tras el cristal.
    Un abrazo.

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  3. Vamos por partes Antonio, en primer lugar no sabía que mi salida de casa por las mañanas para ir a trabajar tenía que ver con la fuerza centrífuga que me pone más o menos en órbita (tanto más si es después de un café cargado) en segundo lugar, eso de “buscamos solución a un problema individual repartiéndolo de forma heterogénea entre los más próximos” es lo que siempre se ha dicho como “mal de muchos consuelo de tontos” (yo me incluyo, que conste). En tercer lugar, debatir con uno mismo es peligroso como bien apuntas, y más aún de noche donde todos los gatos son pardos. A menudo la mejor terapia es que comience a amanecer. En cuarto lugar me han encantado la sucesión de comentarios entre Paula y tú y en quinto y último lugar (prometo terminar) me ha gustado mucho esta entrada que he saboreado tranquilamente y que me ha animado a dejarte este comentario “tocho”. Un abrazo

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    • Bueno, la fuerza centrífuga solo puede comenzar a actuar cuando se ha iniciado el movimiento. Desde ese punto de vista, yo diría que la fuerza que inicia el movimiento sería el pago mensual de la hipoteca (y otros pagos de su calaña), y la fuerza que sostiene el movimiento, la cafeina. La fuerza centrífuga comenzaría al cerrar la puerta de casa, empujándonos hacia el coche o el transporte público en vez de volver a la cama.
      Yo no diría tanto como el “mal de muchos…” Estoy en contra de la teoría de compartir los problemas de cada uno entre los amigos y seres queridos, causando su zozobra. Si ellos no van a poder resolverlo, para qué hacerles pasar un mal rato. Cada uno se digiere los suyos y listo. Es egoismo puro.
      En lo de la noche, de acuerdo por completo. La noche nos confunde, es un hecho. Lo que pasa es que la gente, en su confusión, suele hacer cosas mucho más divertidas que cuando mantiene activado el lóbulo frontal y su desagradable efecto represor.
      Los comentarios sucesivos entre Paula y yo, empiezan a ser un clásico, y ni ella ni yo somos quiénes para hurtar a tan ilustre público como tú, unos segundillos de humor fino o con aspiraciones a serlo.
      Y por último, muchísimas gracias. Sabes por experiencia lo que se agradece un comentario, y cuanto más tocho, más se agradece.
      Muchas, muchas gracias

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