Un Dilema Etico

Tras la decepción sufrida con la camarera del garito (véase El Aguafiestas), pese a invertir varios cientos de euros en salvar la noche, me hallaba en una situación sentimental/afectiva/sexual estable dentro de la gravedad. Cuando uno se halla en ese tipo de momentos, se agradece el aporte de los buenos amigos sensibles, románticos y cariñosos, que sean capaces de mitigar tu dolor con certeras palabras de ánimo.

Considerando que los míos son unos cabestros integrales, picaflores inveterados y menos románticos que una tarjeta regalo de Ikea en San Valentín, el tipo de soporte que se me ofrecía venía vinculado indefectiblemente a un extraordinario catálogo de espirituosos premium en no menos selectos garitos. El que se lo tomó con más interés me proporcionó una fotocopia digitalizada de su agenda de contactos, lo que en este tiempo viene a significar un buen montón de nada.No faltaron sugerencias de locales especializados en este tipo de momentos, discretos, serios, profesionales y con aceptyable relación calidad-precio, según me informaban.

Yo, agradecía, abrazaba, acompañaba y aguantaba la falta de sensibilidad de los merluzos de mis amigos, especialmente porque si se estaban volcando conmigo a pesar de lo considerablemente coñazo que debía estar poniéndome, había que considerar superada la prueba de la amistad.

Me sorprendió un tanto que Santi, motor del grupo, líder en todo tipo de situaciones complejas, no participaba en exceso de la euforia de este compacto grupo de machos alfa. De hecho le encontraba mucho más apagado de lo habitual. Solo se animaba si se le confiaba la organización de una cena, y por supuesto, vertía toda su intensidad en la crónica lucha contra el reggeaton, bachata y merengue. Lo consideraba una misión, y de las misiones no se dimite.

Uno de esos días en los que quedamos para mitigar dolores, observé con mucha curiosidad que Santi se estaba transpirando un Gin Tonic Pink, con abundancia de cardamomo y algún otro tipo de vegetales flotando en la superficie de la copa. Conociendo la teoría de Santi sobre la preparación de los Gin Tonic, que en resumen viene a decir que si le apeteciese tomar vegetales habría pedido una ensalada o una sopa juliana, aproveché para preguntarle si se encontraba bien, y dado que le había dado un repaso exhaustivo al catálogo de espirituosos, me contestó con gran sinceridad y extraordinaria dificultad que Maika le había dejado.

Para situaros, Maika es Santi y Santi es Maika. No recuerdo haberlos conocido por separado. Formaban la mejor pareja del mundo. Nadie podría disfrutar tanto de los posicionamientos vitales extremos, seña de identidad de mi amigo, tanto como Maika. Le jaleaba, le comprometía y se mondaba de risa con él. Al contrario, Santi bebía los vientos por ella. Aceptaba sus defectos con naturalidad. No debe ser fácil tener como novia a la mujer más perfecta que se pudiera idear con DNA. Su defecto más relevante era precisamente ese. Ser una mujer absolutamente extraordinaria en todos los aspectos. Solo Santi podía ser capaz de soportar ese grado de presión psicológica, por su confianza en sí mismo, por su arrolladora personalidad, por ese aderezo de chulería madrileña, por su capacidad de amar a las personas, de detectar su lágrima oculta, extraerla, compartirla y secarla.

Todos queríamos a Maika y Santi, y de haber sido capaces de dividirlos, los habríamos querido también por separado, desde luego. Pero no se había presentado la oportunidad, porque eran uno. Hasta ese día. El propio Santi tuvo que animarme, porque la noticia me dejó completamente impactado. Se me caían los mitos, los referentes. Ahora me podía explicar mi situación. Si ellos habían roto, a mí me podían pulverizar. Esa noche me fui a casa verdaderamente deshecho. Tuve que dejar a medias la séptima copa, tal era mi estado. Y solo eran las seis de la mañana cuando les dejé en el último local. Este tipo de noticias te arruinan la noche, como veis.

Cuando desperté, sin dejar de darle vueltas a la cabeza, recordé todo lo que Santi había hecho por mí, por todos nosotros, en el pasado, y me invadió una sensación de impotencia y responsabilidad a partes iguales. ¿No debería hacer algo al respecto? ¿Pero qué podía hacer yo? Hablar con Maika, solo se me ocurrió eso. Ya, y decirle ¿qué? Me mandaría a paseo, me diría que me metiese en mis asuntos, me retiraría la amistad, pensaría que me mandaba Santi. ¿Y Santi? Se enfadaría muchísimo, sin duda. Claro que si consiguiese algo, eso no importaría mucho, él lo olvidaría rápidamente, no como aquella vez que le cambiamos la memoria USB que lleva en el coche por los grandes éxitos de Romeo Santos, eso sí que fue grave.

Maika estaba absolutamente localizada en horario de oficina. Lo que pasa es que abordarla en su lugar de trabajo tenía sus consideraciones. Regentaba una de las franquicias más exitosas de una reconocida marca de ropa interior femenina. En el centro de uno de los Centros Comerciales más frecuentados de Madrid. Una visita a su lugar de trabajo conllevaba el riesgo cierto de que las clientes te mirasen con cierta curiosidad, especialmente si te aproximabas a la zona de probadores, lo que resultaba extraordinariamente probable dadas las dimensiones de la tienda.

Me recibió con una expresión de sorpresa, que mutó inmediatamente en una mirada picarona. Me abrazó ligeramente, me estampó los dos besos reglamentarios, e inmediatamente me interrogó sobre la supuesta beneficiaria del regalo que iba a adquirir en su tienda. Iba a corregirla sobre el verdadero motivo de mi visita, cuando súbitamente decidí seguirle la corriente. Ya tendría tiempo de orientar la conversación hacia lo que me interesaba en realidad, su relación con Santi, y más en concreto, la absoluta conveniencia de su reconciliación.

Inventé un supuesto amor de juventud, casualmente reencontrada con los años, y fingí no poder darle muchos detalles debido a lo incipiente de nuestra relación. Me preguntó si no sería muy precipitado regalarle algo tan íntimo si estábamos en fase tan inicial, y yo fingí pensármelo, para reafirmar mi deseo, con el objetivo de acelerar las cosas, le dije. No sé si me consideró un deprabado o un ceporro, pero se enfundó su papel de comercial y respetó los deseos del cliente , por muy nauseabundos que le pareciesen.

Y de aquí en adelante, tropezón tras tropezón, inconsistencia tras inconsistencia. Las tallas que le solicitaba de las diferentes prendas femeninas, describían a mi supuesta novia como una especie de ecce homo, capaz de regentar una talla 100 con copas ultrarresistentes, y poseer una cinturilla de avispa que requería una XS. Sus gustos para las prendas oscilaban desde el tanga atrevido tipo hilo brasileño, hasta en coulotte más deportivo de la tienda. Maika simplemente alucinaba, hasta que se dio cuenta de que había gato encerrado. Esperó hasta que me dejase la VISA tiritando(al fin y al cabo era vendedora), y me dijo:

“Toni, ¿estás completamente seguro de que has venido a comprar todas estas cosas?”

Y yo hice lo que se debe hacer en estos casos. Mentir, pero con absoluta convicción.

(Continuará)

 

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17 Comments

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  1. No sé como me había perdido la entrada “El Aguafiestas”, pero ya al día, ambas dos geniales.
    Leerlos ha sido como saborear un Lemon Pie, un toque ácido pero dulce al final, y sobre todo fácil de digerir (original,¿verdad?).
    ¡Muerte a la bachata y todos sus derivados!

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  2. Dos tengo en el armario, conjuntos no, consejos de ropa: Ir por lana y salir trasquilado y Meterse en camisas de once varas. Espero la próxima entrega. Un abrazo.

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  3. Maika es nuestro mito. Sin embargo, nos apasiona imaginar que aún podemos conseguir que cambie a su picaflores por un Cisne (aunque sea Negro).

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  4. No tardes en escribir la segunda parte, que ya me ha picado el gusanillo, jjj

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  5. Muy bueno, Antonio, pareces tener una extraordinaria facilidad para urdir historias, me parece una suerte muy grande.
    Ha sido un placer leer las dos entradas de la historia, espero que no tardes mucho en continuarla, nos vas a tener a todos en ascuas hasta entonces…
    Un abrazo.

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