Fiesta De Pijamas

Acudí con toda la ilusión. Hasta que me informaron de las reglas: “Es una fiesta de pijamas, pero sin pijamas” “Pero eso es…como una fiesta de cumpleaños, pero sin pastel y sin velas” “Bueno, podría decirse que va a haber pastel…o bollo. Y velas…suponemos que también habrá velas”

Se descojonaban de mí. Literalmente o metafóricamente, según el sexo. Y todo porque mi rostro debió adquirir ciertos pantones entre rojizos y paliduchos. Seguramente debí poner cara de poker y adoptar algún tipo de excusa, pero no estuve muy espabilado, y fui incluido en la lista, yo diría que por rebosamiento.

Los preparativos, milimétricos. Casa rural, habitaciones separadas por puertas correderas, expresamente abiertas para la ocasión. Colchones sin somier a lo largo y ancho del salón. Toda una barra de bar. Fuentes con chuches. Fuentes con preservativos. Estanterías con juguetes. No me refiero a puzzles. Mucha hidratación y lubricación.

Los asistentes fueron bajando de sus habitaciones con atuendos verdaderamente confortables. Escasos, pero confortables. Se distribuyeron al libre albedrío, ellos con ellas, ellas con ellas, ellos solos, en fin, variaciones, permutaciones, combinaciones.

Yo me quedé en un discreto segundo plano, para observar las normas del evento desde primera línea. No había. Entonces me aparté para identificar asistentes fuera de lugar, como yo. No había. Y ante la perspectiva de quedarme como único vouyer del grupo, busqué al menos, algún elemento cuyo ritmo de incorporación a la fiesta fuese tan lento como el mío. No había. Pues alguien aún vestido. No había.

Opté entre mantener a salvo mis costumbres, mis opiniones, mis principios, o dar rienda suelta al más primitivo de los instintos, en la convicción absoluta de que la ocasión no se repetiría jamás. Hasta que una de las asistentes se percató de que seguía medio vestido, me arrastró, me desnudó, y me ofreció al resto de las vestales.

Y es que, amigo lector, es muy complicado ser un virtuoso en estos procelosos días, pero lo que sería absolutamente inadmisible es ser grosero y maleducado.

Y menos aún, con señoritas.

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21 Comments

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  1. Alucinante Antonio. Ahora, estoy convencido de que para afrontar una situación de ese calibre hay que valer. Un abrazo.

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  2. Está visto que no supiste nadar y guardar la ropa…
    ¡Pobrecito, qué sacrificio más grande! y todo por ser educado. Me veo yo en una de esas y todavía estoy corriendo (corriendo… de correr, correr con las piernas, jeje. Vaya, me estoy metiendo en un “fregao”…) Mejor me callo.
    Un abrazo.

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  3. ¡Vaya con la testosterona, la culpable de todo…! ¿No hay ningún antídoto para que los efectos no sean tan graves?
    Me dáis una penita…

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  4. Esto sí que es para alucinar, Antonio.
    Ante todo un caballero. Me parece genial.

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  5. Comprendo tu enorme “esfuerzo” ya no quedan caballeros así 😉
    Un abrazo

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  6. Di que sí, Antonio, la educación ante todo, que lo cortés no quita lo valiente. Jajajaja, qué esfuerzo, qué sacrificio, de esta te hacen mártir…

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    • La maldición de la testosterona, Ana. Siempre se lo digo a Estrella, pero creo que no se hace cargo del calvario que nos hace pasar la dichosa hormona.
      Requiere un extraordinario esfuerzo de superación personal en cada momento.
      En este caso, si el protocolo no hubiese estado allí, presidiéndolo todo, las consecuencias hubiesen sido impredecibles.

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  7. No había opción más que el decoro propio de un caballero.

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