Prisionero De Mis Gustos Ancestrales

Me sorprendió que la frase saliera de sus labios, porque mucho antes la había escuchado de labios de una criatura bastante menos deliciosa que ella. También porque la pronunció ante el resto de los alumnos, en voz alta y sin miramiento alguno. Uno está acostumbrado a que de cuando en cuando surja un alumno rebelde, y normalmente se celebra con alborozo, tanto por mi parte como por el resto de los compañeros, porque rompe la rutina y estimula el ingenio, la asistencia a clase y la participación.

“Mire, Claudia, yo puedo ser mayor, por la sencilla razón de que he nacido hace mucho más tiempo que usted, pero no debería descalificar mis preferencias por esa razón. ¿Quiere decir que si fuese más joven estaría más acertado? No creo que eso sea posible.”

Ella adoptó una expresión de hastío, como si hubiese escuchado ese argumento cientos de veces. Sus compañeros detectaron que la discusión iba a ser intensa, probablemente porque ella ya había organizado este tipo de revuelos en otras ocasiones, y empezaron a girarse en sus pupitres hasta colocarse en una línea paralela a la recta que nos uniría a ambos en el plano espacial, para no perderse nada.

“Profe, usted está pronunciando un silogismo.” Ahí empezaron los murmullos y abucheos sordos. “Un silogismo, por si no lo sabe…” La interrumpí porque el organigrama debía notarse en algún momento. “Sé perfectamente lo que es un silogismo. Se lo he escuchado a usted muchas veces en esta clase” Encajó el golpe con gallardía, pero le cortó el aire, como el boxeador que recibe el directo en el hígado. “Si dice que me lo ha escuchado a mí, entonces debería aclarar el término”, dijo ella “porque yo no propongo argumentos vacíos con apariencia de veracidad. A ver si usted los ha escuchado en algún otro sitio. En su casa ante el espejo, por ejemplo”

La cosa se ponía bonita. Yo no me había hecho profesor universitario de Filosofía para largar un rollo y volver a casa. Siempre había pensado en estimular, proponer, agitar, construir mentes analíticas, que pudieran argumentar con sentido común. Ciertamente a esta niña se le había ido la pinza, pero no conseguiría jamás alcanzar mis objetivos desaprovechando este tipo de situaciones.

” Bien, dado que indirectamente usted me acusa de realizar silogismos, deberíamos analizar donde fracasa mi argumento lógico, ¿no cree? Mi propuesta argumental se basa en que los usos y costumbres de los pueblos forman parte de la liturgia social, y que enriquecen a los mismos. Y usted me acusa de construir una argumentación falaz. Por tanto, deberá usted indicarme donde reside la falacia”

“La falacia consiste en que toda su propuesta es falaz, de principio a fin. No le acuso de que parte de su propuesta sea falaz, la enmienda es a la totalidad. Simplemente porque usted apela a unos usos y costumbres sociales, y los eleva a una dimensión de globalidad que es completamente falsa. No existen esos usos y costumbres sociales. Simplemente, determinados individuos de una sociedad, con influencias por razones de poder, de dinero, o por pura superchería, consiguen convencer o engañar a un número indeterminado de congéneres de que determinado catálogo de actuaciones es correcto, y que actuaciones alternativas no lo es, y de esa manera consiguen extenderlas en la sociedad, y además engañan a los pobres incautos haciéndoles creer que son usos y costumbres SUYAS y correctas”

” O sea, que según usted, la arraigada costumbre del matrimonio, forma parte de un conjunto de supercherías de una especie de secta, o influencers, como ustedes dicen ahora (risas del auditorio)”

“Profe, esfuércese más, porque con el matrimonio no tengo ni para empezar”

“Vaya, o sea que una costumbre ancestral, basada en el instinto de la conservación de la especie es , según usted, ¿algo reprobable?”

“Yo no diría reprobable, no iría tan lejos. Hay gente que tiene ideas completamente disparatadas, y no por ello hay que criminalizarles, antes bien, compadecerles, apoyarles, consolarles, porque tarde o temprano sufrirán las consecuencias de sus actos, y necesitarán apoyo”

“Deduzco entonces, que sus padres, sus hermanos, sus amigos, no están casados, o que por el contrario, tiene su agenda repleta de citas para consolarlos a todos”

“Soy huérfana, no tengo hermanos ni amigos casados, así que no se aplica su expositivo anterior”

Tuve que morderme la lengua, porque tenía absoluta certeza de que me estaba engañando, pero sería una discusión en las que llevaba todas las de perder, así que derivé la conversación hacia otro extremo, para evitar que horadara la línea de flotación de mi navío argumental.

“O sea, que en su vida personal, ¿usted prevé unos años de soltería absoluta, en la que además no participará en cumpleaños, comuniones, despedida de soltera, cruceros, quedadas, simposium, conciertos de rock, etc.?”

“Deje usted al rock and roll en paz, yo no me he metido con Sócrates…aún”

Su salida de pata de banco fue tan inteligente como la mía, pero mucho más divertida, así que la partida se quedó en tablas por apuros de tiempo, como dicen en el ajedrez profesional, ya que el timbre tocó a rebato y desalojó el aula mucho más rápido que si hubiese habido amenaza de bomba.

Era la última clase de la tarde, por lo que recogí mi cartera de cuero, embutí sin orden ni concierto los apuntes y los manuales, esbozando una sonrisa de soslayo. El objetivo del día, se había alcanzado, a través de los famosos renglones torcidos de Dios, como diría Luca De Tena, y yo podía irme a descansar con la satisfacción del deber cumplido. Aún me quedaba una pequeña caminata hasta el metro de Moncloa, y una media horita más hasta mi estudio de la Calle Noviciado.

El giro de la antigua llave de hierro forjado impedía un acceso con sigilo, por lo que mi llegada fue inmediatamente anunciada a mi pareja, que pronunció el consabido “Eres tú, cariño”, innecesario por habitual, como innecesaria era mi respuesta “Sí, soy yo”

Dadas las reducidas dimensiones del estudio, era completamente imposible que no coincidiésemos físicamente en menos de doce segundos; Me besó, me mostró la cocina, mi puesto de trabajo real, y un paquete de champiñones como su única aportación a la cena. No se me ocurrió gran cosa para combinarlos, y opté por cocinar un poco de pasta para acompañarlos.

Degustamos los manjares en silencio, hasta chocar nuestras copas, mediadas de vino de uva carmenere, que a ella le entusiasmaba, y a mí un poco menos.

“Anda que no te lo has pasado bien en el curro hoy”

“Cállate, Claudia, que me metes en cada lío…”

 

 

Fotografía By Max Alexander / PromoMadrid [CC BY-SA 2.0], via Wikimedia Commons

 

El título del post está tomado de la letra de una canción de Barón Rojo “Con Las Botas Sucias”

https://youtu.be/-j2K7R-uLiI

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18 Comments

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  1. Yo diría que se complementan muy bien.

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  2. Es muy bueno Antonio. vaya una larga cambiada que me has dado. Un abrazo.

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  3. Para mantener la llama viva, es buena cualquier estrategia… y el enfrentamiento dialéctico va caldeando el ambiente, aunque dicen que no es bueno llevarse el trabajo a casa, jeje.
    Me gusta mucho, como siempre, Antonio. Un abrazo.

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  4. Muy bueno. He llegado a tu relato de casualidad y me ha encantado.
    Felicidades!

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  5. No te sabría decir. Hay a veces que un blog me lleva a otro

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  6. Buenisimo! Me ha sacado una sonrisa.

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  7. Siempre me sacas sonrisas (¿ya lo he dicho, verdad? ¡qué cansina!).
    Inesperado final que me ha encantado. 🙂

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