La Satisfacción Del Deber Cumplido

Trepé con cuidado a la banqueta situada en la parte estrecha de la barra, con el fin de mantener una perspectiva directa de la puerta del pub, a salvo de miradas indiscretas. A mi espalda, los reflejos de la noche en la ciudad se proyectaban en la clásica vidriera multicolor, característica de estos establecimientos, y que los diferencia de los típicos bares de barrio. Con una sonrisa irónica esbozada en mis labios, establecí un paralelismo directo con los rosetones de las catedrales antiguas. En aquel caso, buscando la luz. En éste, buscando el anonimato.

No estaba allí por negocios, por diversión, por vicio, ni siquiera por amor. Una simple gestión, rudimentaria, sencilla y vacía. Debía acabar con la vida de un hombre. Es ese tipo de situaciones que se dan en la vida, en la que uno debe hacer las cosas, aunque probablemente no quiera hacerlas. Pero si solo hiciéramos lo que quisiéramos, esto sería la anarquía; En cambio, si cada individuo hiciera lo que debe, construiríamos un mundo más fiable, más organizado, más limpio.

Los aspectos logísticos no suponían un problema trascendental. Había pensado en esperar a su llegada, dejarle que se aposentara, que pidiera le bebida, que iniciase el primer trago, el mejor, y al posar la copa en la mesa, acercarme con paso decidido, no apresurado, colocarme a su lado y, con la Glock que ocupaba el fondo de mi bolsillo, apuntar a unos treinta centímetros de su sien izquierda, procurando un tiro limpio, sin posibilidad de dañar a un tercero inocente, porque este tipo de irresponsabilidades son absolutamente inaceptables.

Existía una elevada posibilidad de que no pudiera salir del local, porque me detuvieran los clientes, o por algún otro tipo de circunstancias inesperadas. En el caso de salir libremente, otro tanto de que me detuvieran en las cercanías. Y en el hipotético caso de que no fuese así, con toda probabilidad lo harían en un par de días a lo sumo. Fundamentalmente, porque no tenía intención alguna de esconderme. Lo más probable es que el Juez me dejase libre, cuando acabase de contarle mi historia, pero si no sucedía así, si no podía convencerle, lo peor que podría ocurrir es que me llevasen a la cárcel. Nunca he visto grandes problemas en ese escenario. Dicen que pierdes la libertad, pero ya me gustaría saber qué tipo de libertad tenemos los seres humanos, especialmente si pasamos por los trances que yo he sufrido. Difícilmente puedes echar en falta algo que no eres consciente de poseer. Por tanto, el escenario pesimista, no lo era tanto.

Los aspectos éticos consumieron una buena parte de los meses en los que, simplemente, decidí hacer lo que debía. Tras muchas lecturas, conversaciones y reflexiones, llegué a la conclusión de que la ética era un valor consustancial al hombre, sin duda. Pero solo en el caso de que en nuestra vida no exista una fuerza tan dominante como el deber, que ocupa una posición jerárquica mucho más elevada, a mi criterio. Es decir, que podría pensar en la falta de ética de mis acciones, pero únicamente en el caso de que no debiese hacerlas. En esta situación, por tanto, la ética ocupaba el lugar de ese bolsillo secreto que todos tenemos en nuestro bolso, en nuestra mochila, en el cajón secreto del armario, como diría Manolo García, al que solo recurrimos cuando necesitamos un refugio, una guía, un estímulo, un referente.

Apuré el último sorbo de una bebida que desconocía haber solicitado, pero que me apetecía sinceramente. Admiré la destreza del barman. Ese es el tipo de profesionales que debían ocupar cargos de tanta responsabilidad. Observadores rayando en la nigromancia; Sensibles, en el borde de la psicoterapia; Empáticos, rozando la amistad. Podría esperarse de él que reaccionara con precisión quirúrgica ante la situación que estaba a punto de originarse en el establecimiento. Solicitaría a los clientes que se echasen al suelo, se refugiaría en la pequeña trastienda, donde llamaría a la policía en menos de quince segundos; Se aseguraría de que hubiese abandonado el local antes de socorrer a los heridos, colocaría varias copas de coñac en la barra, para que los clientes pudieran sobreponerse a la impresión. Me sentí muy reconfortado.

Hizo su aparición con varios minutos de retraso. Si tenía algún tipo de dudas, se habían volatilizado. Es un detalle chabacano y de muy mal gusto, llegar tarde a la cita con la muerte. La muerte te está esperando. No va a aguardar al día siguiente. ¿A qué viene ser impuntual? La mala educación es uno de aquellos defectos de difícil erradicación, y de los más peligrosos, porque suelen dar paso a comportamientos antisociales, incívicos, lo que nos perjudica a todos. Y no benefician a uno mismo, hay que ser estúpido.

No obstante, reprimí mis lógicos deseos de poner en su sitio a ese tipo, y explicarle lo inadecuado de su comportamiento, en aras a realizar la tarea que me había llevado a ese lugar. Dejé el importe de la consumición y la generosa propina que se había ganado el barman, con creces. Tenté la Glock, solté el seguro, me deslicé hacia el suelo, coloqué mis ropas, mi mano al bolsillo, avancé siguiendo el ángulo de la barra, sorteando las banquetas mal alineadas, hasta ubicarme a su lado.

Hasta ese momento, mi actuación había sido mecánica, de tiralíneas, pero en el segundo previo a sacar la block del bolsillo derecho de la chaqueta, me asaltó una duda: ¿Exactamente por qué debía matarle? Lo que me hizo fue terrible, pero ya había pasado mucho tiempo. Décadas, de hecho. Seguramente había cambiado de vida, tendría un trabajo, una familia, unos amores, unos sueños. Y yo iba a truncar todo eso por algo antiguo, obsoleto, arcaico. ¿De verdad debía matarle?

Supongo que me demoré unos segundos en su proximidad. El se dio cuenta, y me dijo:

-“¿Y tú, qué coño estás mirando?”

Y de pronto lo recordé. La Glock ascendió posiciones a lo largo de mi cuerpo, en posición vertical. A la altura de mi cabeza inició un giro a la horizontalidad, alineándose en una imaginaria línea horizontal con el lateral izquierdo de su cráneo, hasta que éste perdió su posición merced a la fuerza del disparo.

El deber es el motor de nuestra existencia. Existen vacilaciones, dudas, consideraciones de todo tipo. Pero no existe una sensación más agradable que el cumplimiento del deber, por encima de convencionalismos, leyes, moralidad, humanidad o generosidad. Alguien podría alegar que el deber, como tal, puede ser un concepto subjetivo, opinable. Yo nunca me cierro a este tipo de reflexiones, y de hecho, estaban en mi mente cuando atravesé la puerta del pub, sin prisa pero sin pausa.

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15 Comments

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  1. Excelente descripción Antonio. Seguro que se lo había ganado a pulso el muy cerdo. Aunque prefiero hacer éstas tareas por encargo. Para el próximo salvo que seas zurdo, con una Glock conviene ser generoso. No menos de dos disparos en el centro de la espalda y dejar la cabeza completa para que luzca bien en el velorio. Cuando caiga al suelo, le largas otros dos en el centro del pecho. Aún quedan cinco para abrir paso. Un abrazo compañero!!

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  2. Yo me hago la misma pregunta… “¿Exactamente por qué debía matarle?” Qué fue lo qué había hecho? O tal vez eso, con el tiempo transcurrido, ya no tenía importancia….

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  3. ¿Qué le había hecho para sentirse obligado, por deber, a acabar con él? ¿también llegó tarde a la cita en el pasado? es que parece que la falta de puntualidad le pone muy nervioso…
    Me encanta, ya lo sabes, esa ambientación, ese suspense que se huele en el aire, el camarero, los vasos, la puerta que se abre… lo imagino todo. Eres un maestro, Antonio.
    Un abrazo.

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