Las Margaritas Del Viaducto

Día tras día, al caer la tarde, la veía avanzar por la Calle Segovia, escalando hasta los pretiles que sujetan el viaducto, siempre con un pequeño ramo de flores, en el que destacaban unas sencillas margaritas. Y en contra de lo que apuntaría la lógica, parecía mucho más cansada y triste en el descenso que en el ascenso.

Desde mi atalaya, la terraza del pequeño kiosko del Parque de Atenas, donde disfruto de mi café de media tarde, contemplaba la confluencia de dos costumbres, la intersección de dos agendas. Sabía porqué estaba yo allí; Porque necesitaba una pausa en mi trabajo, estresante, pletórico de responsabilidad y tensión. Pero no sabía su parte. ¿Qué le hacía avanzar los cientos de metros que separaban el Barrio de Puerta Del Angel, presumible origen de su viaje, hasta su destino, a pie de viaducto? ¿Y porqué con las flores? Si se tratase de un simple paseo cardiovascular, mejor le iría con unos auriculares para escuchar las tertulias, la música de su elección, incluso las noticias del tiempo.

Un pequeño resbalón, casi a los pies de mi mesa, me ayudó a contactar con ella. Me levanté presto, tras dejar la taza de café en el platillo, y corrí a socorrerla. No parecía de consideración. Una pequeña erosión que debía ser desinfectada. Con su permiso, solicité el pequeño botiquín del local y procedí a la maniobra. La invité a un café que ella rehusó muy cortesmente. Se levantó, dispuesta a cruzar el Puente de Segovia, hacia su destino en el barrio de la ribera oeste del Manzanares. Me atreví a preguntarle por su destino, por sus flores, por su vida, por ella.

Me aceptó el café, pero en forma de infusión. Se sentó. En torno a los cincuenta. Guapa, pero no tanto como antes, seguro. Entrecana, sin esfuerzos de tinte vegetal. Coleta a la antigua usanza, de las que mucho antes lucía mi madre con orgullo. De las que te mandan un mensaje de independencia y fortaleza. Suaves pómulos, que solo ahora, con el esfuerzo, apuntaban tonalidades carmesí, muy leves, apenas una sombra. El mentón, muy redondeado, no se apreciaban angulaciones ni aristas, aunque me consta que las ha de tener. Los labios sonrosados, carnosos, de los que dejan marca indeleble en las mejillas de los niños. La nariz, esculpida, orgullosa, defensiva, le otorgaba una singularidad extrema, multiusos, apta para la protección tanto como para la agresión. Y en su mirada, esa calma. La que cabría esperar de ese Mar Pacífico, si hiciese honor a su nombre.

Me sentía cómodo a su lado, transmitía ese sosiego que solo recordamos en las meriendas de la infancia, donde todo parece estar en orden, donde sospechábamos que nuestra madre controlaba las invisibles coordenadas del universo, donde estábamos a salvo, donde solo parecía importar quién se comía esa última galleta. Y a la vez, también parecía haberme trasplantado un cargamento completo de una invencible melancolía. Una aleación de la morriña gallega con la nostalgia de los soldados en el frente; Una mezcla de aquello que sienten las madres primerizas cuando escuchan el llanto del recién nacido, esa desesperación controlada, con esa nochebuena en la que faltan algunos de nosotros, en la que la alegría del momento se ve salpicada con unos tropezones de añoranza de los propios.

Tardamos muchas lunas, muchas infusiones, muchos ramos de margaritas, hasta que me pudo contar su historia, salpicada por ayes, por llantos, por bruscas interrupciones generadas por el dolor del alma. Quise pensar que le ayudó compartirlo conmigo, pero sería más exacto decir que de nuestra relación solo se obtuvo una desesperación mutua, unos grandes éxitos de nuestras decepciones, nuestros fracasos y nuestras penas.

Y así, tarde tras tarde, nos encontramos uno frente al otro hasta que tácitamente, iniciamos juntos la ascensión a los pilares del Viaducto de la Calle Bailén, para colocar sendos ramos de flores a su pie. Allí, donde dicen que aparcaba su Dodge Joe Strummer, donde  cometían sus peripecias los famosos bandidos del Madrid del XIX, allí sellábamos tarde tras tarde nuestra Entente Cordiale, nuestra alianza para ofrecernos mutua cobertura ante nuestras historias, protección ante la terrible tentación de ganar la parte de arriba del viaducto, salvar la valla y poner fin a todo.

Eso me confesó ella. Que fue muy afortunada, porque tarde tras tarde utilizaba una de las margaritas que portaba en su ramo, para tomar una decisión al respecto. Y hasta la fecha, siempre había obtenido una negativa. Tomé una decisión radical que ella aceptó. Sustituir las margaritas por rosas que robaríamos en la Rosaleda del Campo del Moro. Y en los peores días, nos dejaríamos perforar por una de sus espinas, mutuamente, con el fin de sellar con nuestra sangre esa fusión de almas que habíamos forjado en tantas tardes.

By FouPic (Виадук) [CC BY 2.0], via Wikimedia Commons

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8 Comments

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  1. Enhorabuena Antonio, de nuevo has sabido conducirnos de la mano e introducirnos en la trama, ese viaducto contiene amargos recuerdos para muchos convecinos, porque era el lugar elegido por algunos para lo que ambos sabemos, creo que ahora unas vallas elevadas lo impiden. Un abrazo.

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  2. Un lugar emblemático de Madrid con historias tan originales como la que nos cuentas. Apenas hace unos día aparqué mi coche exactamente ahí, Me encanta ese barrio aunque no lo frecuento como debería. Lugar de visión y drama humano de aquellos que desde allí saltaron. Por fortuna los paneles de cristal hoy dificultan (que no impiden) el posible salto hacia la nada. Un abrazo Antonio.

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  3. Las anónimas historias de una gran ciudad… Me ha gustado mucho tu relato, Antonio!

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  4. Cada tarde iban deshojando la margarita de sus frustraciones, de sus amores fallidos, de sus sueños rotos.
    Cada tarde se acercaban el uno al otro por la intimidad que da la confianza, la empatía, la fácil comunicación con quien nos escucha y nos entiende.
    Cada tarde se ahogaban en la melancolía, en la nostalgia, en una soledad a dos que les iba cambiando la vida.
    Y una tarde se sonrieron, se miraron a los ojos y decidieron tirar los malos momentos al río. Ya no iban a deshojar más margaritas y las rosas reposaron en un jarrón mientras ellos…

    Me encanta, Antonio, ese toque de desesperanza, de melancolía, el encuentro de dos solitarios…
    Un abrazo.

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