Una Simple Confusión (II)

Y así nos quedamos. Ella de pie frente a mí, cegándome con los reflejos procedentes de sus ojitos peligrosos. Yo, sentado, apurando un espirituoso de marca, decidiendo si me levantaba y me sumergía en un túnel del tiempo sin salida posible, o protegía mi dignidad masculina intacta, con la que podría convivir a diario en las próximas décadas, aunque todos y cada uno de los días, tuviese que preguntarme si aún seguía vivo o simplemente me mantenía en el mundo.

Llegó un momento en el que no tenía objeto crear dudas artificiales. Era ella. Mi amor de juventud, la fuente de mis desdichas, el origen de mis inseguridades, la responsable de que no encontrase alternativas creíbles, la referencia insalvable. Y estaba delante de mí.

No recordé manual de protocolo que pudiese aconsejar ante una situación de estas características y variantes. Decidí ser natural, educado y maduro. Al menos esas cualidades debiera conservarlas. Todas las demás podrían ser debidamente pisoteadas por su presencia, pero ante todo, uno es un caballero.

Y procedí en consecuencia. Desvié inmediatamente la mirada hacia el horizonte, es decir, hacia la cabina del DJ, o la pista de baile, o cualquier otro sitio que no fueran sus ojos o sus piernas. No di muestras de reconocerla en ningún momento. Ella reaccionó como era de suponer: Con una media sonrisa sarcástica, en la que transmitía un claro mensaje “O eres idiota y no me has reconocido, o eres gay y no te has dado cuenta de lo buenísima que estoy” En cualquiera de las dos alternativas, estaba haciendo un papelón. Así que no tuve más remedio que exagerar una miopía que me acompañaba desde la juventud y realizar una excesiva acomodación de los músculos oculares, como si la cegadora luz de su presencia me hubiese impedido reconocerla.

Ella aceptó la comedia con paciencia y esperó a que me levantara de mi incómodo sillón envolvente para acercarme y buscar una manera adecuada de saludar a la persona que te ha hecho infeliz durante dos o tres décadas. No valía el abrazo porque, aunque pudiera hacerlo y fuese protocolariamente aceptable, no respondía de lo que pudiera pasar en el mismo instante que la tuviese entre mis brazos. Posiblemente la acogería como si fuese un valioso jarrón de la Dinastía Ming. Probablemente la mantendría unos instantes blindada a mi cuerpo, solo para percibir su calidez. Incluso podría achucharla con tal fuerza que su respiración se viese comprometida. Pero siempre estaba el riesgo de que detectase algún flanco débil, quizá un espacio libre en el contorno de su cuello, acaso una falta de ajuste entre su blusa de seda y la minifalda de cuero negro, que portaba con la soltura de una chiquilla y la elegancia de una diosa.

Ante tal acumulación de dudas, ocurrió lo inevitable. Quedé como un idiota. Ella cogió las riendas, me dio dos besos, recitó cientos de expresiones de alborozo, como si las estuviese leyendo de una chuleta, y manejó todas las variables imaginables de expresión de sus ojos. Y la muy meretriz, en un movimiento fugaz, con un solo dedo de su mano izquierda, liberó el único botón de su abrigo de paño, el que franqueaba la entrada al contacto casi directo con su cuerpo, para plantarme sus pechos en el mío, acoplar su cintura en la mía, y alinear mis deseos bajo su exclusivo control.

En ningún caso tuve la sensación de que sus expresiones, sus movimientos, sus golpes bajos y sus cariños, fuesen algo espontáneo. Llámenme desconfiado, antiguo, frío. Acúsenme de llevar los prejuicios más allá de lo imaginable. Apúntenme en la imaginaria lista de misóginos que cada una de ustedes lleva en su bolso. Pero, por mucho que disfrutase del momento, por muy agradables que fuesen las sensaciones, por muy esperanzador que fuese el reencuentro, en esos momentos, tuve la sensación de ser una polichinela. ¿Recuerdan ustedes? Siempre había una marioneta bella y peligrosa, un galán de cine que parecía dominar la escena, y una, con cara de panoli, que se llevaba todos los golpes y que acababa desapareciendo de la escena. Adivinen en cuál me consideraba mimetizado.

Una vez sobrepasados los momentos de supuesta euforia por el reencuentro, me fui tranquilizando progresivamente, en el convencimiento de que la escena no tardaría en diluirse con algún tipo de intercambio de teléfonos, recuerdos a las respectivas familias y promesas fervientes de organizar una comida o cena con los antiguos amigos y condiscípulos. Estaba convencido de que ella no querría más que finalizar el teatro y seguir su vida, y en esas condiciones, podría perfectamente aguantar el tipo para, con la ayuda de alguna copa más, sobreponerme a los fantasmas del pasado. Y en esa línea, la invité a sentarse, esperando su disculpa por estar acompañada, por llegar tarde a casa o por alguna educada excusa similar.

Como casi siempre, me equivoqué de medio a medio. La predicción del comportamiento femenino es improbable, como es bien sabido. Freud reconoció expresamente que treinta años de estudio del comportamiento humano no le habían facilitar una respuesta concluyente a dicha incógnita. Y de lo general, podemos deducir lo particular, que Estela podía presentar un comportamiento impredecible, como así sucedió. No solo se sentó, sino que pidió una copa, y solicitó que le facilitara un cronograma detallado de lo que había sido mi vida desde el Instituto hasta esa misma noche.

Aunque mi intención inicial era ejecutar una sencilla faena de aliño, realizando un microesquema de algunos de los episodios más confesables de mi vida, obviando detallarle mis muchas noches de sufrimiento al verla con otros, mi desazón por no haber podido mantener el contacto a la finalización del periodo escolar, y mi resignación ante la evidencia de que nunca estaría con ella. Me fue completamente imposible. La procesión de visitas de mis amigos a nuestra mesa, los múltiples intercambios de besos y abrazos de Estela con ellos, y ya sí, las promesas próximas a ser incumplidas de realizar encuentros vintage, me absolvió de la penitencia de relatarle cómo mi vida había resultado ser bastante mediocre e insípida, en o por su ausencia. Amagué en varias ocasiones con escabullirme del círculo de efusiones y largarme a mi casa, pero siempre me lo impedían entre todos, bien con gestos, bien colocándose estratégicamente para cortarme la ruta de escape, bien protestando ruidosamente cuando anunciaba mi marcha.

Tan corales comenzaron a resultar sus movimientos, sus acciones y sus protestas, que empecé a sospechar. ¿Sería posible que estos hijos de sus padres hubiesen planificado el encuentro como “fortuito y casual”, y en cambio todo obedeciera a una premeditada estrategia para que mi fiesta de cumpleaños resultase digamos, inolvidable? Y sobre ese pensamiento, empecé a analizar detalles, hechos, gestos y risas, para llegar a una imbatible conclusión: Que eran perfectamente capaces de hacerlo, desde el punto de vista ético y moral. Mejor dicho, que considerando la ausencia de ética y moral en esta pandilla de maleantes, la hipótesis era perfectamente plausible. Por otro lado, los aspectos logísticos no suponían una barrera infranqueable, cualquiera de ellos podrían haber llamado a Estela y hacerla cómplice de la broma, sin grandes dificultades. E incluso podrían haberla involucrado sin ella saberlo, aunque en ese caso, me habría saludado y poco más.

La razón lógica que se oponía a mi teoría conspirativa era la necesaria capacidad imaginativa para idear tan macabra puesta en escena. Y eso ya me costaba un poco más aceptarlo. Porque, aunque los quiero como si fueran mis hermanos, entre todos no serían capaces de dibujar un trébol de cuatro hojas. En las redacciones de EGB no conseguían sumar un cinco pelado entre todos ellos, aunque en Ciencias Exactas lo bordaban. Por otro lado, nunca exterioricé mi desamor con Estela, por lo que entendía muy difícil que ellos siquiera pudieran imaginarlo.

Resumiendo, o mis amigos eran unos desalmados con más imaginación de la que les atribuyo, y su cómplice una auténtica bruja de las de Salem, o esa noche podrían haber finalizado cuatro décadas de amor platónico. Y ante tal disyuntiva solo me pude plantear una duda:

¿Cuál de las dos hipótesis me parece más terrible?

 

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10 Comments

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  1. Ya me estoy enganchando como a las estrofas!
    Freud era Freud, pero tu te comportaste como un “ser natural, educado y maduro” 😊

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  2. Uno va dejando miguitas por donde pasa en la vida y es muy probable que algunos de los amigos las hubiese recogido. Y a partir de ahí una deducción tras otra, un atar cabos sueltos, hasta llegar a la verdad. Yo apunto a que son unos desalmados pero con buen corazón. Un abrazo.

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  3. La paciencia y la espera tienen premio, el mio será leer los dos capítulos seguidos. Un abrazo y me voy volando.

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  4. Bueno, la treta está en marcha y el anzuelo echado, a ver qué es lo que pasa… Creo que el cumpleaños va a ser memorable.
    Abrazos.

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